En un tren pueden pasar muchas cosas. Cosas grandes y cosas pequeñas. Cosas importantes y cosas sin ninguna importáncia.
En un tren te puede cambiar la vida o simplemente, bajarte en la próxima estación.
A mi también me pasan cosas en los trenes.
Cosas tontas, pequeñas, sin importáncia. Pero a veces, esas cosas son las que te hacen sentir un poco mejor.
Para que quede claro antes de empezar con esta historia sin importancia: no soy guapa. Nunca lo he sido. Nunca lo seré. Tampoco es que sea fea feísima, supongo, aunque tengo tendencia a salir con caras raras en las fotos. Pero el caso es que nunca he resultado sexi, llamativa, espectacular.
Punto aclarado.
Aunque supongo que hará falta aclarar otra cosa. Precisamente por lo dicho antes, no estoy muy acostumbrada a que me miren. Antes, incluso me hacía sentir mal. No me gustaba que me mirasen, ni bien ni mal. Prefería pasar desapercibida.
Bueno, quien me conoce sabe lo mucho que he cambiado últimamente...
Pero ahora subamos al tren.
El tren del sábado, camino de Barcelona (una mañana divertida, por cierto, ya la explicaré en otro momento...)
Un tren diferente al que siempre cojo. Un camino diferente, más verde, más alegre. A lo mejor soy yo la que es diferente.
Las mismas cosas se pueden ver de maneras tan distintas. Y siempre depende, únicamente, de tí.
El tren también.
Y la gente.
Sube un hombre, joven. Ojos oscuros. Barba. Ropa de trabajo.
Bonita sonrisa.
Se sienta delante de mí.
Voy despistada (siempre con la cabeza en las nubes). No le hago mucho caso.
Pero lo siento, de pronto. Los ojos fijos en mí.
Me mira. A los ojos, primero. La mirada oscura se desliza suavemente. El pañuelo rojo, las letras de la camiseta. No es una mirada molesta, es suave, como una carícia. Se detiene un poco más de la cuenta en el escote, y sonríe, un poco. Una media sonrisa traviesa. No le importa que yo me haya dado cuenta. No deja de mirar, de acariciar. No deja de sonreir.
Y, curiosamente, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta. Me gusta que me mire de esa manera. Me gusta la sonrisa traviesa, los ojos oscuros como una caricia.
Un escalofrío.
El tren llega a la última estación.
Voy hacia el metro. Él viene detrás, a unos centimetros.
Me sostiene la puerta para dejarme salir.
"Grácias".
Sonrisa traviesa.
Sigo hacia el metro.
Sale de la estación.
Que lástima...
Pero son esas cosas las que hacen que el día sea un poco más luminoso.
Inyecciones de autoestima. Que buena falta me hacen...




La primavera tienes estas cosas,..... jajaja
Por cierto, el post, precioso ¡como siempre!
Un beso.
Ya se sabe, la primavera, que la sangre altera...
Yo adoro los trenes y sus historias...
¿Has visto "Antes del amanecer"? Si no es así, que lo dudo, te la recomiendo!
Mariquilla, que te comes el mundo.... ;) Eso está bien, un bocadito de vez en cuando, que ni pasemos hambre ni nos empachemos...
(las miradas como caricias es raro que molesten, ni las traviesas, juguetonas. Es más, son una invitación a acariciar, a jugar. Las que están llenas de babas son de las que huímos todas las mujeres)
Un besazo, primavera!! Que cada día estás más guapa, no lo puedes evitar! ;)
Tú, que me ves con buenos ojos...