Aquí estoy, despés de tantos días.

Aislada.

No nieva, es más que eso. Hace tanto frío que la nieve se ha convertido en pedacitos de hielo que crujen y chisporrotean contra los cristales. Llegar andando hasta el coche ha sido toda una odisea, esta mañana (una odisea sobre patines, para que os hagáis una idea). Abrir la puerta de la calle, ni os cuento. El cerrojo se había quedado pegado a si mismo a base de hielo y no había manera de moverlo. Y luego, descongelar el coche. Misión imposible. Descongelaba un cristal, y cuando me iba al siguiente, la señora Escarcha se entretenía dibujando flores heladas en el primero. Muy bonito, pero muy poco práctico. Y cuando he visto como los coches se iban quedando parados al lado del camino y la gente volvía a sus casas andando, he decidido que prefería quedarme aislada en mi casita que en el colegio.

Así que aquí estoy, después de tantos días.

Aislada.

La verdad es que tiene su encanto, eso de quedarse aislada, aunque sea por el hielo.  Ver el frío por la ventana, mientras tú estas en casa, bien calentita. Ver el cielo gris tras los cristarles escarchados, mientras dentro parpadean silenciosamente las luces del árbol del solsticio.

Aprovechar el tiempo haciendo cosas tontas y felices, como envolver los regalos, o dar los últimos toques a la decoración invernal, o inventarse postales para los amigos. Dibujar. Escribir. Soñar un rato con paisajes helados y con las navidades de la infancia...

Pensar en diciembre.

Un mes tan frío, tan gris, y que, sin embargo, siempre ha estado lleno de colores.

Imagino que esa idea me ha llegado por los colores infantiles de las decoraciones de navidad. Por las luces que alegran las calles que el invierno había vuelto tan tristes.

Suelen ser colores cálidos. Verdes brillantes, rojos ardientes, dorados solares. No me gusta, nunca me ha gustado, cuando se intenta poner de moda un nuevo color para la navidad. Que tontería. Pero es que no soporto esos preciosos arbolitos monocolores que no tienen nada de infantil, ni de soñador, ni de alegre, ni de fantasioso. Este año he visto muchas cosas en lila. El lila es un color precioso, color de primavera, pero no tiene ni una pizca de diciembre en él. Otro año se puso de moda la combinación naranja-negro, en plan Halloween. No he visto árboles más siniestros que aquellos. Como mucho, soporto los árboles blancos y translúcidos, porque parecen cubiertos de nieve y hielo como el que ahora me mantiene aquí aislada, escribiendo tonterías.

Tonterías de diciembre.

Tonterías de colores.

Me gustan los colores. Si por mi fuese, no habría nada gris, beige o marrón en mi casa, excepto Potter y Vito, claro. Si pudiese, me vestiría cada día de un color distinto. Los lunes, azul turquesa, los martes, verde esmeralda, los miercoles, rojo pasión...

Es difícil encontrar ropa de los colores que a mi me gustan. Y hay que reconocer que el negro es muy socorrido. Y además, adelgaza. Pero aún así, que bonito sería un mundo en que cada uno se vistiese del color que le apeteciera, sin importarle las modas, ni el qué dirán.

Buesno, por degracia aún estamos sujetos a un millón de absurdas convenciones sociales. Si eres adulto, olvidate de la alegría de los colores. Pero como a mi no me da la gana crecer, de vez en cuando me revelo y me pongo un jersey verde con mis mitones de colores.

Os acordáis de ellos ¿verdad?

Y pinto las ventanas de mi casa de un azul griego, color de verano y de mar...

Y uso colgantes canadienses que incluyen todos los colores del mundo.

Me dedico a fotografiar los colores de las cosas (el verde de la hierba, el amarillo y el rojo de las hojas, el color jugoso de las naranjas, el blanco imposible de una flor de cristal...)

Me gusta llenar mi casa de colores. Paredes azules, estrellas cálidas del ganchillo de la abuela, cristal rosa par ver mejor el mundo. Libretas, juguetes, cortinas, lunas.

Y mientras tanto, voy tejiendo mi propia versión del arcoiris...

Una manera como cualquier otra de darle color al invierno.

Felices colores a todos...