Hola.

Sigo aquí.

No me he muerto.

No me he ido a ninguna parte.

No ha pasado nada especial, ni interesante. Solo pequeños cambios, cambios lentos sin demasiada importancia.

O quizás sí, quizás sean importantes, pero yo no les doy la suficiente importancia precisamente porque son pequeños y lentos.

Solemos dar poca importancia a las cosas que pasan despacio. Nos olvidamos tan a menudo de las cositas dulces que pasan por nuestra vida...

Cosas que solo recordamos cuando todo se vuelve amargo.

Oh, no. No hay nada amargo en mi vida. No demasiado. No más que otras veces. El trabajo se está haciendo duro, este curso. Cuesta encontrarle el lado bueno, aunque tengo por compañeras a un puñado de buenas personas. Pero se hace difícil.

Algunas veces más que otras.

Y cuesta escribir.

Eso es lo que más me fastidia. La falta de tiempo, o la falta de ganas, o el cansancio. O las excusas tontas.

Simplemente, cuesta. Aunque lo intento. Hoy quiero empezar un cuento.

Pero ya veremos.

Desde que no ando por aquí me ha dado por hacer algunas cosas raras.

(Siempre he sido un bicho raro)

Aunque a lo mejor no es tan raro que me de por las labores. También el ganchillo tiene su lado creativo. Un punto artístico.

Fue mi abuela quién me enseñó ganchillo, cuando era pequeña, y no lo había vuelto a recordar hasta que no se murió. Y de repente, mis manos decidieron por su cuenta que querían tejer. Crear algo de colores vivos, algo que me evitase pensar demasiado, algo que me recordase la parte buena de esta historia triste que ha sido mi familia ultimamente. Algo que me hiciese pensar en infancias lejanas, y en mi abuela, que ya no está, pero nunca dejará de estar.

Mi abuela cuando era así, y yo era una pequeña missdelirio en sus brazos:

Hice una bufanda de cuadros con los colores del otoño. Luego descubrí que esos cuadros de ganchillo en inglés se llaman "granny squares", los cuadros de la abuela, y me pareció una casualidad muy apropiada.

Y luego un gorro con flores para llevar un poco de primavera al invierno, que es muy frío, y muy largo...

Y muy gris. El invierno necesita color, pero en las tiendas solo encuentras negro, gris, pálidos y tristes colores que no saben alegrar los días cortos y helados, que no saben que la lluvia necesita un poco de luz para ser más hermosa.

Así que también me hice unos mitones de muchos colores, para combatir el frío y la tristeza. Cositas alegres con nombre anticuado, que me hacen pensar en un poema que me sabía de pequeña, sobre unos gatitos que perdieron sus mitones...

En medio de tanto color, también he tenido tiempo para un poco de blanco y negro. Pero blanco y negro alegre. El blanco y el negro de un amigo pequeño y suave.

Mi pingüino piloto. O eso dice una amiga. Mi hermano dice que tiene cara de Benito. Aunque para él, todos los pingüinos tienen cara de Benito, no preguntéis porqué...

O sea que esta pequeña tontería es Benito, el pingüino piloto.

Y ahora estoy liada con algo grande y cálido, una colcha de rayas de colores (me gustan mucho las rayas, me gustan mucho los colores) que solo lleva un palmo de vida, pero que cada vez que la cojo, y la acaricio despacio antes de empezar a tejer me hace pensar en Tita, la protagonista de "Como Agua Para Chocolate", que tenía un gran agujero negro en el alma por el que entraba todo el frío del mundo, y empezó a tejer una colcha de rayas, como la mía, para evitar el frío. Y tejió, y tejió, y tejió, hasta que la colcha la cubrió entera, y aún más y más, una colcha interminable para tapar un frío que no se acababa nunca.

A veces también yo siento mucho frío. Pero no creo que necesite una colcha interminable como la de Tita para taparlo. A veces, basta con un abrazo.

Y un poco de color...