Este es un cuento carta.

O una carta cuento.

La escribí hace tiempo, y la he recordado ahora. Porque tengo ganas de mar, y de viajes. Tengo ganas de irme.

(Siempre tengo ganas de irme)

Espero que os guste.

No os lo toméis demasiado en serio. A él no le gustaría.

Una carta de amor a un marino maltés.

 

Nunca te fíes de un marinero.

Ya me lo dijo mi madre.

Niña, no te enamores nunca de un marinero, que no son de fiar.

Viven entre mundos, ni aquí ni allí, siempre en medio, siempre solos, siempre yéndose...

Niña, nunca, nunca te enamores de un marinero.

Y miraba por la ventana, al mar interminable, con los ojos cargados de recuerdos, de sal, de otros puertos,...

Luego nos fuimos tierra adentro, huyendo de algo que nunca supe que era, pero mi madre me siguió advirtiendo:

Niña, nunca te fíes de un marinero.

Que viven entre mundos. Que nunca acaban de estar aquí del todo.

Sobre todo los de ojos oscuros, niña.

Que se van y te dejan sola, solita,....

Pero una no puede evitar esas cosas ¿verdad, marinero?

Cuando te encontré, yo navegaba por un mar de tejados y antenas. Tú, en cambio, buscabas tesoros en una isla escondida del Pacífico.

Tan lejos...

Pero aún así, me enamoré de ti.

De tus ojos oscuros de tinta y océanos.

De tus besos de papel.

Ahora se que entonces yo no te quería.

Porque, a pesar de todo, siempre supe que no eras verdad, mi marinero maltés de papel y tinta y mares lejanos...

Y, aún sabiéndolo, fui a buscarte.

Cuando mi madre se murió de pena, la dejé en un cementerio pequeño,  en la ladera de una colina, lejos del mar. Sola, solita...

Y me fui llevándome solo su advertencia.

Niña, no te enamores nunca de un marinero.

Ya sabes que no le hice caso. Nunca hacemos caso de las madres, en las cosas del amor.

Desde ese día, te busqué en todos los hombres. En uno, la sonrisa irónica. En otro, la piel dorada por el sol. Otro (al que quise más que a muchos) tenía tus ojos oscuros de tinta y océanos.

Pero no eran tú. Ninguno de ellos fue nunca un marinero.

Sabía que no existías.

Sabía que nunca te encontraría.

Porque no eres verdad, marinero.

Solo papel y tinta.

Y aún sabiéndolo, partí siguiendo tus pasos hasta Venecia.

Por primera vez en mucho tiempo, volví al mar. Gracias a ti.

Y caminé los callejones ocultos, los puentes de piedra, los pozos y patios secretos, tras tu sombra, sin esperanza de encontrarte, sin dejar de buscarte.

Pero todo eso tú ya lo sabes. Sabes que te encontré, al fin, una silueta alta y delgada envuelta en un gabán de marinero, un hombre con ojos de tinta y aroma de mar que explicaba cuentos a los gatos de la Serenísima.

Y les hablabas de tu infancia en la Valetta, de cómo trazaste tu propio destino con una navaja en la palma de la mano, de cómo aún no habías decidido el momento de tu muerte.

Te fuiste otra vez, claro.

Ya me lo dijo mi madre.

Nunca te enamores de un marinero.

Demasiado tarde...

Te he vuelto a encontrar mil veces más, marinero. En muchas islas, en muchos mares.

Te he seguido buscando, siempre.

Perdí mis raíces por ti.

Dejé la seguridad de un hogar anclado tierra adentro, solo por seguirte, por buscarte.

Por no hacerle caso a mi madre.

Por enamorarme de un marinero.

Porque ahora ya se que es verdad.

Y he descubierto la razón.

Y ya no es por tus ojos de tinta y océanos, marinero.

Ni por el perfume salvaje de tu piel.

No es tu sonrisa burlona, ni la manera en que se te vuelve dulce la voz cuando explicas cuentos a los gatos.

No es porque seas inalcanzable, el sueño de un marinero, siempre escondiéndote justo al borde de la vista, una sombra en el rabillo del ojo.

Tampoco es el tacto de tus manos, que adivino áspero y dulce a la vez.

Ni tan solo porque seas un romántico incurable, el último pirata...

Aunque seguramente si que hay un poquito de todo eso, si yo te quiero ahora es por lo que me dijo mi madre:

Que los marineros viven entre mundos, niña.

Que pertenecen a los lugares intermedios.

Que si te enamoras de un marinero te pasarás la vida soñando con una música de jueves por la tarde, discreta y misteriosa...

Y es que tú fuiste mi puerta, marinero.

Mi puerta a la libertad.

Mi puerta a la aventura.

Me diste raíces aéreas y un alma barca, me diste velas blancas, y vientos favorables,  y una bandera pirata.

Y es por ti, por tu culpa, marinero, que nunca más he vuelto a descansar tranquila en tierra, que solo puedo dormir si me balancea la inmensa cuna azul del mar.

Y precisamente por eso te quiero.

Por lo que me has dado y lo que me has quitado.

Por las raíces aéreas, y el alma barca, y las velas blancas.

Por los tesoros de los piratas, y las islas misteriosas, por la aventura.

Y, aunque no existas, nunca te amaré lo suficiente por todo eso.

Si es que ya me lo decía mi madre.

Nunca te enamores de un marinero, niña.

Sobre todo si tiene los ojos oscuros.

No te fíes, niña.

Que si te enamoras de un marinero, nunca más volverá a descansar tu alma en tierra...