Supongo que todas las casas tienen un alma.

La mía tal vez no sea la más limpia, ni la más ordenada, ni la mejor decorada, pero no se puede negar que tiene un alma grande y acogedora.

La tiene dentro, junto al fuego del hogar, y fuera, en los árboles, y entra por las ventanas a raudales, como la luz brillante de una tarde de verano, o la luz pálida de una mañana de invierno, o la luz líquida de la primavera, o la luz dorada de estas horas otoñales.

El alma de mi casa está hecha de luz y de libros. Hay más libros aquí que en la biblioteca municipal (lo cual tampoco tiene mucho mérito, porque la biblioteca municipal es bastante pequeñita)

El caso es que los libros nos están empezando a desbordar. Y en esta casa entran muchos libros, pero no sale ni uno (esas cosas no se tiran, niña, ¿como puedes tirar a un amigo?)

Así que ahora tenemos una habitación nueva, una habitación con el alma repleta de luz y de libros.

Antes era una despensa, aunque ahora ya solo almacena hileras de cuentos y palabras.

Tal vez se la podría llamar despacho, pero no me gusta esa palabra, me suena a trabajo y a tristeza, a cosas grises y aburridas. La habitación nueva no es gris ni aburrida ¿Cómo lo va a ser, repleta de historias?

Me gusta más la palabra "estudio", que aunque venga de estudiar, a mi me suena un poco bohemia, a artistas locos, a buhardilla parisina. Me huele a tinta y a pinturas al oleo, me sabe a absenta y a besos de las musas.

Claro que mi pequeña habitación nueva no llega a tanto, pero es acogedora y agradable, y un poco dorada, con las estanterías de color miel que forran las paredes.

También está el ordenador (estos artistas de hoy en día...) con la foto de un Vito chiquitín y desvalido de fondo de escritorio, para recordarnos que todos hemos sido pequeños alguna vez, incluido mi perro malo.

A mano derecha, vista desde la puerta, está la mesa. Me gusta pensar en ella como en la mesa de un artista, aunque yo no lo sea. Es de madera rústica, un poco manchada y rallada por el uso (de nueva nada), y da a la ventana.

La ventana da a la parte de atrás de mi casa, la parte secreta, el jardín trasero que no es un jardín, si no un trocito de bosque. Desde la ventana no se ve el huerto, ni los árboles frutales. Cuando corres la cortina de ganchillo (la de los pájaros, la que hizo mi abuela) te encuentras con el tronco grueso de un pino por el que trepan las ardillas, y con las ramas colgantes del sauce, como la cabellera verde de un hada, y al fondo, la encina de tres troncos, recordandome la infancia.

Y ahora que hablo de hadas, también hay alguna aquí dentro.

Se posan en las estanterías, entre los libros, y fingen ser figuritas, pero yo se que no es verdad.

Hay una muy seria entre los libros de viajes (debe de ser una aventurera).

Otra, pequeñita, con alas de mariposa, ha escogido la estantería de los libros de cuentos.

Y una más, entre las novelas.

También hay una casa, en otra de las estanterías, que se vino de Corfú, y que tiene aire veneciano, y arcos, y ropa tendida, y gente pequeña viviendo en ella.

Y está Gizmo, mi regalo, que se ha hecho amigo del monstruo de Frankenstein.

Y en la pared, fotos de Praga e Irlanda (el Reloj Astronómico, marionetas, un mar de plata) y las instrucciones para sobrevivir a un cuento de hadas...