Empezar un viaje siempre da miedo.

Partir, dejar atrás lo conocido, moverse, irse a otro sitio.

Por más que tengas espíritu de gitana, alma barca de nómada, sueños recurrentes de vajera decimonónica...

Estoy deseando partir y, sin embargo, hay algo que me estruja el pecho, que me tiene hecha un guiñapo desde hace unos días.

En realidad, llevo todo el año hecha un guiñapo. Así que mejor no echarle las culpas al viaje que está por venir.

Se que una vez esté allí, no querré volver. Se que lo pasaré bien, que durante catorce días seré feliz y me olvidaré de los problemas, y seré un poco menos guiñapo que ahora...

Pero mientras tanto, lo sigo siendo.

Me entusiasmo y me angustio a partes iguales. Tan pronto estoy revisando las guías y haciendo planes, como me siento en el sofá incapaz de hacer nada más, de pensar nada más.

Y eso que este año me voy en busca de la luz griega...

Repito Grecia, pero no repito viaje.

Empezaré en Corfú, en el Jardín de los Dioses, en la Isla Inesperada. Me supo tan a poco el único día en el que estuve allí que he reservado hotel para seis noches, tres antes del crucero y otras tres después. Y en medio, a recorrer el azul, a poner rumbo a Itaca por entre calas blancas y playas secretas, en las minúsculas Islas Jónicas.

Tenía ganas de un viaje así. Un viaje tranquilo y luminoso. Un viaje que me haga olvidar problemas, penas y guiñapos.

Quería ir a America ¿lo recordáis? Pero no se apuntó suficiente gente.

La alternativa no está mal.

La que está mal soy yo, no el viaje. No puedo evitar la angustia repentina. No puedo evitar sentirme un guiñapo.

Espero que el mar griego me ayude a alisar las arrugas del alma guiñapo en que se ha convertido esta vez el alma barca. Espero que le de una buena capa de azul luminoso al casco, y un lavado de blanco resplandeciente a las velas.

Espero encontrar un poco de paz, y un poco de olvido, y un poco de felicidad...

Dicen que no es tán complicado encontrarla, en Corfú. Eso opinaba la familia Durrell.

Y Spiro, y Teodoro, que no querían ser otra cosa más que corfiotas.

Se debe vivir de una manera muy especial, en una isla griega. A veces me gustaría probarlo. Vivir junto al mar, en medio del azul, y de la luz...

Me gusta mi casa blanca al lado del bosque. Me gusta ver la montaña mágica cada vez que me asomo a la ventana, y estar rodeada de colinas verdes, y dormirme arrullada por la canción de cuna de los grillos y las ranas del barranco. Me gusta sorprender a las luciernagas entre las piedras que hay al pie de los rosales, y a la ardilla que vive en el pino delante de la cocina, y a los pájaros que anidan en los aleros...

Pero echo de menos el mar. Lo único que le falta a mi casa es un mar azul nomeolvides, un mar pirata, un mar griego.

Iré a buscarlo, entonces.

Robaré un pedacito de Grecia para colgarlo en mi ventana. Un pedacito de Corfú para alisar mis guiñapos durante el largo invierno...