Está en la parte de atrás.
La parte de atrás de los sitios es como la parte de atrás de las personas, donde están las cosas ocultas, nuestros cuartos trasteros llenos de recuerdos, de ideas perdidas, de cuentos por escribir.
La parte de atrás siempre está un poco desordenada. Las cosas se acumulan sin orden ni concierto, las hierbas crecen salvajes, y hay flores que no veiamos desde que eramos pequeños.
En la parte de atrás de mi casa crece la encina de tres troncos.
Al lado del columpio oxidado, el que solo se usa en verano.
Es verdad. Miradla.
No son tres árboles creciendo juntos. Es uno solo. Cuando yo tenía cuatro años, esto era solo un barranco, y tuvimos que rellenar con tierra para poder hacer algo más que andar a cuatro patas.
Recuerdo las raices de la encina, cómo se retorcían sobre la roca, y como los tres troncos subían en busca del sol.
Era mucho más pequeña, entonces.
Bueno, yo también lo era.
Me gustaba jugar a los náufragos en la encina de tres troncos. Estaba rodeada de hierba verde, que era la tierra firme. La tierra era el mar. Y la encina de tres troncos, mi casa de Robinsona de los Mares del Sur. Nadie más que yo podía entrar en aquella isla encantada de la parte de atrás de mi casa...
Antes de tener el columpio oxidado, colgamos una cuerda con un cojín viejo de una de sus ramas. Más tarde, mi padre me construyó una cabaña sin paredes en otra de las ramas, donde me gustaba sentarme a leer en las tardes eternas de verano.
La encina de tres troncos se convirtió en mi compañera de juegos y aventuras. Un personaje más de los cuentos que me contaba a mi misma, o a mis hermanos, cuando querían escucharme...
A pesar de las heridas, a pesar de las ramas rotas por el peso de la nieve o por algún gusano impertinente, siempre ha estado ahí, en la parte de atrás...
Todas las heridas acaban por cicatrizar.
Eso me lo enseñó ella, la encina de tres troncos.
Me sigue enseñando cosas, cada día. Aunque ya no juegue a su sombra, allí sigo soñando. Leyendo, escribiendo, dibujando.
Me da paz.
Me da cobijo. Hay algo paciente y tranquilo en ella.
He conocido árboles nerviosos, vivaces, tristes, incluso enfadados.
La encina de tres troncos solo me transmite calma. Ensueño. Seguridad.
Es una amiga firme, y fuerte. Es acogedora, mi isla, mi aventura, mi tronco al que agarrarme cuando todo tiembla.
Uno de los tres troncos de la encina está inclinado de manera que resulta perfecto para apoyarse en él, abrazando y sintiendo a la encina, su vida, y las de las muchas criaturas que viven en ella.
Las hormigas y los pájaros, las ardillas y las arañas.
Y ella.
Muchas veces, aún, me apoyo en el tronco inclinado, solo a sentir su aura...
Y miro las hormigas que lo recorren en fila, o los petirrojos que anidan arriba, o, simplemente, dejo que mis pensamientos se vayan volando, hacia arriba, sobre las ramas, persiguiendo a una pareja de cuervos o a aquellas mariposas amarillas...
Arriba. Más arriba. Perdida en el laberinto de las ramas de la encina de tres troncos...


Solo soy yo.
Soy Maria.
Soy como soy.
Soy como no soy.
Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta.
Soy lo que quiero, y lo que odio.
Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras.
Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo.
Escribiendo desde el cielo de mi boca...
Y desde mi casa en el árbol.




missdelirio
21 mar 2008 | 08:11 PM
Ahora que lo pienso, me encantaría saber si vosotros tambié conocéis algún árbol especial. Ya sabéis, como la encina de tres troncos. No un árbol monumental o magnífico (que también), si no uno que os haga recordar, un poco cuando erais niños. O donde os enamorasteis por primera vez. O donde os dieron calabazas. Un árbol con una personalidad tan acusada como mi encina, un árbol alegre, o triste, o cansado, o herido, o viejo, o joven, o...
Dicen que hay un árbol en el centro de todas las historias.
Me encantaría conocer las vuestras...
diasazules
22 mar 2008 | 09:22 PM
En el jardín de mi casa tambien
hemos enterrado parte del tronco
de una Sabina, las ramas que eran
altas quedaron a una altura
fantastica para que mis hijas cuando
eran pequeñas jugaran en ese arbol.
un beso
Marilia
23 mar 2008 | 12:06 PM
Preciosa esa última imagen. A veces miramos demasiado hacia abajo...
Dicen que abrazar a los árboles da energía positiva...? Abrazar a esa encina debe ser algo así, además de positivismo, calma. Lo has transmitido bien. Lo has hecho sentir.
No recuerdo un árbol especial, uno sólo en concreto. Desde pequeña me gustaban mucho los sauces llorones. No sé si es porque tenía ya el alma con toques melancólicos, pero me llamaba muchísimo la atención esa forma nostálgica que tenían.
Recuerdo un árbol que me dejó cicatriz, literalmente. Habían talado unos cuantos en el patio del recreo, si se le podía llamar patio a esa zona tan extensa (en los pueblos había sitio para eso y más) Nos subíamos a las ramas, jugábamos, como tú, a náufragos y a mil cosas más. Sonó la sirena del final del recreo y quise salir corriendo para no llegar tarde. Me arañé el brazo con una rama, una pequeña herida que dejó una gran cicatriz. Aunque no suele ser así, en este caso sí.
Es el primer recuerdo que me ha venido hablando de árboles...
Un besito, Mery