Ha sido un sueño raro. Todos los sueños lo son, claro. Pero este tenía algo que lo hacía diferente. Algo que sonaba un poco a verdad. Como un sonido de fondo. Algo que palpitaba detrás del cuento que era mi sueño, como palpita detrás de todos los cuentos verdaderos. Los mitos, las leyendas, los cuentos de hadas, resuenan, de alguna manera, con verdades. Las historias, por extrañas que sean, por raras e imposibles que parezcan, suelen tener algo escondido, un secreto, un tesoro, una verdad. Los primeros cuenta cuentos lo sabían. Cada vez que alguien explicaba una historia junto al fuego, estaba mostrando a los demás parte de ese secreto. Por eso aún nos atraen los cuentos de esa manera hipnótica. Por eso nos gusta que nos cuenten historias. Y por eso, también, sabemos que las viejas y aterradoras versiones originales están mucho más cerca de la verdad que esos cuentecillos azucarados con haditas cantarinas de colores pastel que conocemos ahora. Mi sueño era de ese estilo. Con resonancias míticas de cuento antiguo. Con una parte del secreto escondida en alguna parte... Ahora, como siempre, apenas quedan ya algunos retazos sueltos de sueño, hilos brillantes, restos de un tejido maravilloso. Pero ahí están, aún. Brillando como luciérnagas en la noche. Estaba encerrada en lo alto de una torre. Solo que no era una torre, si no una montaña alta y pelada, una montaña de piedrecitas redondas, cantos rodados, restos de naufragios. No esperaba que nadie viniese a rescatarme. No esperaba a ningún príncipe azul. No había príncipe azul. Es absurdo esperar a un príncipe azul en medio de un páramo reseco, en una montaña de piedras, sin hacer nada más que esperar... Así que me iba. Me escapaba. Pero la montaña, que tampoco era una montaña, si no una ogresa, venía a buscarme mientras yo corría por el páramo, y me cogía con delicadeza, y me volvía a subir a su espalda pedregosa. Es curioso, pero la montaña me cuidaba como a una criatura indefensa. Al cabo de un tiempo de estar allí, me construía una protección contra el viento reseco del páramo, un muro de piedras en forma de media luna, abierto por delante, para poder ver el paisaje vacío. Y más cosas. Algo parecido a muebles de roca, o a restos de construcciones antiguas, tan gastadas por el viento y el tiempo que no se parecían ya a nada, ni volverían a servir nunca para aquello por lo que fueron creadas. Creo que la montaña no era mala, en realidad. Intentaba cuidarme, a su manera. Solo que alguien le había ordenado mantenerme allí, y eso es lo que hacía. La Madrastra Malvada tal vez. O la Bruja. Aunque, ahora que lo pienso, me parece que fue un rey... Pero aunque la montaña me cuidase, yo tenía que irme... Hacía calor. Mi piel, mi pelo, estaban resecos y agrietados, y cubiertos por el polvo del páramo. Me senté en la ladera pedregosa a buscar una solución, a hundir las manos en los restos del naufragio en busca de algo que me ayudase a salir de allí. Y encontré algo. Parecía una piedra de color ladrillo, retorcida y gastada por el paso de los siglos, de las mareas y de los vientos resecos. Solo que no era una piedra. Nada era lo que parecía a simple vista, en mi sueño. La piedra retorcida era, en realidad, lo que quedaba del cuerno de un unicornio. Lo supe nada más tocarlo. Era el cuerno de un unicornio real, no de esa criatura pálida y débil que se deja llevar a la muerte por doncellas vírgenes, no del dibujo rosa y azul pastando placidamente en un campo florido. Era de verdad. Como todo en mi sueño. Noté su poder. Noté la fuerza salvaje del unicornio auténtico, la magia indomable y aterradora. Supe que me salvaría. Y luego el sueño cambió de repente, como cambian las cosas en los sueños, y se convirtió en una de esas mentiras que nos adormecen y nos engañan cada noche. Así que no se si conseguí escapar de la montaña y del páramo. Quiero creer que lo hice, de alguna manera. Por lo menos, conseguí la llave...