Me gusta como empieza.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo."

Me gustan los cien años que hay en medio, desde la inauguración hasta la destrucción del mítico Macondo, arrasado por el viento de la realidad. Me gusta el fantasma de Jose Arcadio Buendía atado en el roble, y los animalitos de caramelo y la tozudez perseverante de Úrsula. Me gusta la región encantada con el esqueleto del barco en medio de la selva. Me gusta la tristeza bélica del coronel Aureliano, y el misterio de Rebeca, y las cartas proféticas de Pilar Ternera, y el silencio de Santa Sofía de La Piedad, y la ascensión a los cielos, en cuerpo y alma , de Remedios la Bella. Y las parrandas de Aureliano Segundo, y la locura renovada de Jose Arcadio Segundo, y la rebeldía de Meme, y la fertilidad contagiosa de Petra Cotes, y la modernidad casi liberadora de Amaranta Úrsula, que parece ser la única capaz de librarse de la maldición de la soledad.
Me gusta su amor desaforado con su sobrino,el Aureliano antropófago, encerrado en el cuarto de Melquíades, y que el fruto de ese amor tenga rabo de cerdo y que esté "predispuesto para empezar la estirpe otra vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria, porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor". Aunque luego no le dejen las hormigas rojas.
Y me gusta mucho el final. Me gusta presenciar el fin de Macondo, la ciudad de los espejismos, antes mítica y ahora olvidada, mientras Aureliano Babilonia lee su propio fin en los pergaminos de Melquíades:

"Pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."