Intentando escalar mi pequeño monte de sinsabores, me encuentro de pronto, otra vez, con el Otro Lado, y me doy cuenta que apenas ando por el cuarto día en Irlanda.
Así que, intentando salir, intentando recomponerme, vuelvo a la isla verde que hay del Otro Lado de la realidad.
Y recuerdo que el cuarto día paró de llover. Y que subimos al norte, muy al norte, y que durante todo el día nos acompañó un viento frío que nos trastocó las ideas, nos cambió los peinados y hasta la manera de ver las cosas.
Porque ya era el viento del Otro Lado...
Primero, de camino al norte, encontramos el castillo.

Ruínas grises, cuatro piedras al borde de un acantilado, tan típico irlandés que me hizo pensar en un decorado...

Solo que en los decorados no sopla el viento del Otro Lado.
Así que me dediqué a buscar flores entre las grietas, porque eso es lo que hacen las Mariadelirios cuando van de viaje al Otro Lado, o al fin del mundo.

Y una vez encontradas las flores de las grietas, ya se puede contemplar tranquilamente el paisaje verde y gris, que se aleja en las alas del viento del Otro Lado.

Seguimos subiendo, después. Trepando Irlanda arriba hasta llegar al norte más lejano, acurrucada en una bufanda roja para protegerme de las embestidas del viento loco de las alturas.

Igual que se protegen las campanillas azules y el brezo rosa acurrucandose entre las hierbas altas de la Calzada de los Gigantes.

Aquí, el principio de la Calzada que construyó el gigante para alcanzar la isla escocesa dónde le esperaba su mayor enemigo (dicen que la otra punta está allí, en Escócia, que también está del Otro Lado)

Cuando la Calzada estuvo acabada, el gigante irlandés se dirigió hacia Escócia, con ganas de pelea, pero al ver el tamaño de su adversario, dio media vuelta y se volvió a casa.

Cuando le explicó sus miedos a su mujer, esta lo vistió de bebé y lo puso a dormir en una cuna gigantesca (no se si eso serán los restos, lo que es seguro es que no había tánta gente).

El gigante escocés, entonces, se dirigió a Irlanda, armando mucho ruido, bramando y golpeando las piedras con su maza. Entonces, la mujer del gigante irlandés salió a la puerta de casa (con los brazos en jarras y cara de mal humor, supongo) y le pidió al gigantón que no armase tánto escándalo, que el bebé estaba durmiendo. Cuando el escocés vio el tamaño del "bebé", hizo unos rápidos cálculos sobre el tamaño que debía tener el padre, dio media vuelta y volvió a Escocia con el rabo entre las piernas...

No sin antes convertir la hermosa Calzada en un montón de piedras bastante inútil, por supuesto...
Después de las leyendas, salió el sol.
Y llegamos a un trozo de realidad, que también tiene su espacio al Otro Lado.
En Derry.

Un paseo por las murallas de la ciudad dividida, la de los dos nombres. Derry para los irlandeses católicos, Londonderry para los ingleses protestantes y dominadores.
Y he aquí el resultado de la división de la ciudad...

El enorme cementerio junto al barrio católico.

Y los alambres espinosos en las casas cercanas a la muralla que separaba los humildes barrios católicos de los protestantes.
Por suerte, parece que la paz también ha llegado aquí. O al menos, así lo parecía, bajo el sol radiante y el cielo azul del Otro Lado.

Un lugar tranquilo, sencillo, claro. Un buen lugar donde vivir.
También fue un buen lugar donde morir, no hace mucho.
La última víctima, una colegiala en un fuego cruzado. Mereció el honor de ser la protagonista de uno de los famosos murales del lado católico. Uno de los últimos. Menudo honor...
Hasta hace poco, el mural estuvo sin acabar. Una mariposa, en un círculo junto a la niña, se dejó deliberadamente a medias, con la promesa de no acabarla hasta que no llegase la paz definitiva a Irlanda.

Y, un día, alguien pintó la mariposa...