Dublín es una puerta.
Fue en Dublin donde empezó el viaje al Otro Lado de las cosas, en un jueves lluvioso de agosto, y fue allí también donde volví a cruzar a este lado de la vida en la madrugada de otro jueves.
Supongo que su condición de portal es algo involuntario. Pero lo es. No está Aquí, ni Allí. Tiene un pie en cada lado, y eso produce una curiosa sensación de vértigo. En Dublín es donde dejas atrás la realidad y empiezas a entrar en la isla verde que hay al Otro Lado.
Porque toda Irlanda está ya del Otro Lado. Toda ella es un Lugar Blando, y hay que andarse con cuidado, vigilar donde pones los pies, porque corres el riesgo de perderte para siempre.
Menudo riesgo. Quedarse para siempre en Irlanda...
Dublín es una ciudad grande. Tiene sus más y sus menos, como todas las ciudades. Pero es una puerta, y eso se nota. Tiene sus pedazos de Otro Lado, mezclados con los de este triste lado de la realidad.
Del Otro Lado está el Half Penny Bridge, aunque él mismo sea un lugar de paso sobre el río Liffey (que también, en parte, está al Otro Lado)


Del Otro Lado está el Trinity College, aunque sea un templo del saber. O precisamente por eso...

Y también está del Otro Lado todo el barrio de Temple Bar, con sus pubs, sus flores, su música y sus besos...

Y sus palmeras, claro...

(También hay palmeras, del Otro Lado. Y tán útiles como esta, que además es un banco para los caminantes cansados de viajar entre mundos)
Llegamos a Dublín un jueves lluvioso. Lo dejamos un jueves de madrugada. No hay duda de que Dublín es una puerta.
La puerta al Otro Lado.
El que os enseñaré durante los próximos días.
Allí, donde está mi Irlanda...