¿Sabéis que os digo?
Que no vale la pena preocuparse.
Que fuera hace sol, una esplendida tarde de verano.
Que por la ventana se cuela una brisa perfumada de pinos y romero.
Que en la calle revolotean pequeñas libélulas de color cobre junto a una planta seca.
Que a la sombra del cerezo se está demasiado bien para pensar en nada más que en que no hacer después.
No preocuparse por el futuro.
No moverse demasiado.
No fregar los platos.
No pensar en niños ni en escuelas.
No coger el coche para nada.
No hacer nada coherente.
Así que ahí os quedáis.
Me voy a la calle, a no hacer nada.