Que tristeza más tonta...
Tristeza San Juanera, tristeza de verano.
Que tontería se tristeza, a estas horas de la noche (noche recién llegada, la segunda noche más corta del año).
Me he acordado de las hogueras, del fuego naranja brillante con las puntas azules que iluminaba los solsticios de mi infancia.



Ahora apenas hay hogueras.
Aquí, donde vivo ahora, ni una. Es el precio a pagar por vivir al lado del bosque, y por eso no me importa.
Pero anoche me pasé por el viejo barrio, y no había hogueras.
De pequeña, los niños de la escuela nos peleabamos por ver de quién era la hoguera más grande.
Mi colegio estaba en medio de un descampado. Había más descampados parecidos, en el viejo barrio, y en cada uno aparecían en los días previos a San Juan pequeñas montañas de desechos, muebles viejos, trastos inútiles queen la noche del solsticiose convertirían en mágicas flores de fuego.
Hasta los tristes e insalubres descampados parecían otra cosa. Durante el resto del año estaban sembrados de jeringuillas usadas, de excrementos de perro, de hierbajos tristes. Poco antes de San Juan se limpiaban, para los niños y las hogueras. Y por la noche descubrías que el reseco descampado de alrededor de la escuela se había convertido en algo parecido al país de las hadas.
Ahora algunos de esos descampados se han convertido en preciosos parques. Otros se han usado para construir equipamientos para el barrio. Un centro cívico, un casal para la tercera edad, una biblioteca. No sabéis lo que ha cambiado mi viejo barrio desde que yo era pequeña (habrán sido los sociatas rojos y masones que nos gobiernan desde hace tantos años).
Está muy bien.
Pero ya no se pueden hacer hogueras. Queda muy poco descampado, y creo que los padres de los niños que ahora deberían amontonar trastos viejos tienen un poco de miedo. Aunque no se de qué concretamente...
Siguen ahbiendo petardos y cohetes. Sigue oliendo a pólvora. Siempre me ha gustado ese olor. Me hace pensar en muchos otros principios de verano. En la promesa de unas vacaciones eternas.
Y eso que a mí no me gustaban los petardos, de pequeña. Nunca me han gustado los ruidos fuertes, no les veía la gracia por ninguna parte. Pero me encantaban las bengalas que me encendía mi padre, hacer dibujos con ellas en el aire. Y las fuentes luminosas de chispas doradas, que iluminaban la cara de la gente de una forma extraña y cambiante. Y aquellos cohetes altos, como flores, como palmeras, como lágrimas en el cielo nocturno.
Igual que los de la fiesta mayor. El anuncio del verano...
Pero ahora me ha agarrado esta tonta tristeza, y no se que hacer con ella. Ni con ese puñado de recuerdos con olor a pólvora.
Así que me limito a escribirlo aquí. Y mañana será otro día...