Os voy a explicar una historia.
Una historia que es verdad.
Al principio, Dios era Diosa. No estoy hablando de ningún dios pagano, ni de una religión desconocida. Me refiero al dios semita. Al de los cristianos, al de los musulmanes, al de los judíos.
Era Diosa, y era la misma para todos.
Si lo pensáis es lógico. Dios era el creador del universo, de todo lo vivo. Y, a los ojos de nuestros antepasados, las mujers eramos las principales creadoras de vida. Sobre todo al principio, cuando aún no entendían muy bien de que iba la cosa. De pronto una mujer se hinchaba, cambiaba. Le crecía el vientre, y los senos. Y al cabo de un tiempo, la vida. Aquella milagrosa criatura, diminuta, gritona, perfecta.
Es lógico.
Luego se adivinó la intervención del hombre. La Diosa, entonces, consiguió un consorte. Durante un tiempo, ella siguió siendo la más poderosa. Luego fueron iguales. La pareja divina. En un breve momento de perfección, nadie fue más que nadie. Se comprendió la necesidad de los dos. Las dos mitades de un mismo ser. Blanco y megro. Luz y oscuridad. Arriba y abajo.
Pero el equilibrio es muy fácil de romper, y pronto la pareja divina se convirtió en el Dios y su consorte. Los hombres empezaban a dominar. Las mujeres debían obedecer. Limitarse a ser solo una parte de ellas mismas: madres, amas de casa. Y luego nada.
La Diosa se fue, y dejó solo al Dios. Supongo que no soportó ver la sus hijas convertidas en criaturas sin alma.
Imagino que se convirtió en otra cosa. Se buscó otro cielo.
No creo que la matasen. No es tan fácil matar a un dios.
La quisieron convertir en bruja. En demonio. En puta.
Pero muchas mujeres siguieron sabiendo la verdad.
Las quemaron por ello.
No sabían que, en realidad, las estaban quemando por creer en lo mismo que ellos.
Porque al principio Dios era Diosa. Y era lo mismo. Solo cambian los puntos de vista.
Y no me he inventado nada...