Os he hablado ya un millón de veces de mi amor incondicional por la Ciudad del Mar.
Os he explicado ya mil veces como me gusta pasearla y descubrirla con ojos nuevos cada vez, como una viajera que descubre un lugar nuevo, lejos de los caminos trillados, como una niña, otra vez.
Hoy, simplemente, quiero que me acompañéis en un paseo por mi Barcelona. Cojamos la cámara de fotos, el cuaderno de viaje, y vamos juntos a descubrirla, otra vez.
Hoy quiero que veais Barcelona como yo la veo...
¿Quién se anima?
Venga...
Lorenzo también viene.
Vamos.
Primero, en tren hasta Plaza de Catalunya. Son solo cuarenta minutos. Tengo que comprar los libros para Sant Jordi, pero en la FNAC es pan comido: el último de Paul Auster para mi hermana, uno de Terry Pratchett para mi hermano, una historia novelada de los templarios para mi padre, una novela historiada sobre los cátaros para mi madre. Para mí, un libro sin palabras que explica historias de emigrantes que huyen de los dragones que asolan su país.
Luego a comer. Se nos ha hecho tarde entre libros. Siempre me pasa igual. Los libros me hacen perder la noción del tiempo.
Vamos a la Placeta del Bon Succès, en el Raval. El Buenas Migas, como siempre, acogedor y barato. Y muy rico. Hoy no pido focaccia. Prefiero una tarta de patata y puerro y una ensalada de salmón. Para beber, zumo de manzana natural. ¿Vosotros que vais a tomar?
Y luego, bien comidos y bebidos, a callejear.
Primero dejaremos que el río humano de las Ramblas nos arrastre hasta el Mercat de la Boquería, con su estructura de hierro forjado y cristales de colores.

Y dentro seguimos dejandonos llevar por la gente, las voces de las tenderas, las hermosas montañas de fruta.

Venga, va, y un regalito para los golosos (especialmente dedicado a Mar y a todos los "chocolateros")

Aunque antes de llegar ya nos hemos encontrado por el camino unos tejadillos verdes, amarillosy rojos sobre una iglesia seria.

Y una pastelería tán dulce por fuera como por dentro, digna de cualquier sueño infantil.

Ahora atravesamos la Rambla, justo bajo la Casa de los Paraguas con su dragón chino.

Y a callejear por el Gótic, sin rumbo fijo, dejamos que los pies sean los que decidan a dónde quieren ir. Y quieren ir al Call, el viejo bárrio judío y misterioso.

Nos asomamos por las puertas y los balcones, en cada rincón, en cada arco, en cada callejuela medieval, un poquito de mágia.
Un poquito de risa
Un poquito de vida.
Y una posada.
(Se sirve a cubiertos y a raciones)

Y más callejuelas extrañas. Con principio y sin final, cerradas con verjas de hierro, con muros de piedras, medievales y modernistas, nombres sonoros y evocadores: Petritxol, Perot lo Lladre, de la Flor, Estruc (calle alquímica), Espolsasacs (calle cómica: dónde los frailes del monasterio sacudían sus hábitos como sacos, que no podían lavar),...
Y esta.

O esta otra, la Calle Rera Sant Just (Detrás de san Justo), porque precisamente eso es, la calle que está detrás de la iglesia de San Justo. Así de simple.

Y andando, andando, casi sin darnos cuenta, dejamos atrás el Gótic y vamos a parar a Ciutat Vella, del otro lado de la Gran Via.
Mirad que balcones, alrededor de la Catedral de los pobres.

Y junto al Fossar de les Moreres.

Lugares perfectos para ver pasar la vida, la gente.
Los siglos, como un río de piedras antiguas.
¿Descansamos un ratito?
Son las cuatro de la tarde de un sábado de abril. Huele a primavera en este bárrio viejo. Casi a nuevo. Los callejones casi se ven vacios. Una calma dulce, casi de tarde de verano. Aunque no hace calor. Ni tan solo hace sol.
Ya lo llevo yo, colgado del cuello...
Nos podemos sentar aquí, bajo la llama perpetua del Fossar de las Moreres, junto a los viejos muros de Santa María del Mar.
Hay un grupo de estudiantes italianos, metiendo ruido. Sus acompañantes intentan hablarles de la Guerra de Independencia, de 1714, del 11 de Septiembre, de los mártires enterrados aquí, por los que arde la llama.
Luego se van, y vuelve el silencio de media tarde.

Bajo el pebetero moderno, junto a las piedras antiguas,nos da por pensar en todos los que pasaron antes por aquí.

Y en los que descansan en la plaza adoquinada, a la sombra de la única morera que les queda.

¿Leemos la placa? A ver que dice...

"Als màrtirs de 1714.
Al Fossar de les Moreres
no s'hi enterra cap traidor
fins perdent nostres banderes
serà l'urna de l'honor."
Eso es lo que dice...
Aún es temprano para entrar a ver Santa María del Mar. No abren hasta las cuatro y media. ¿A quién le apetece un café?
Nos sentamos en una terraza de la Plaza de Santa María. El bar parece viejo y destartalado, pero el café con leche está buenísimo, servido en una gran taza de cristal y aluminio con aspecto anticuado. Escribimos un poco, miramos a la gente pasar, hacemos fotografías, escuchamos el rumor de la fuente, la risa del niño de la mesa de al lado, el murmullo de la vida.
Mirad esas farolas, y la pared naranja del fondo.

¡Fijate! Encima de la fuente, junto las gárgolas del águila y el león, ha aterrizado un marciano de colores.

¿Vamos dentro ya? ¿O buscamos las gárgolas de la Catedral de los marineros?
(Esa nos está mirando)

Aunque antes de entrar, justo en la puerta, ya nos encontramos a un constructor de catedrales...
La gente del mar, que con su esfuerzo levantó este bosque de columnas, este barco de piedra, al lado de las olas.

Aunque no seas creyente, no tienes porqué dejar de apreciar la belleza...
La luz marinera de este lugar, como de ningún otro.

La paz. Y el color.

A la salida, en silencio, aún callejeamos un poco más por Ciutat vella, descubriendo arcos y farolillos de verbena.

Y un burro catalán con ascendencia vasca que mira el paisaje.

Y una paloma tranquila en las escaleras de la iglesia.

Y una piedra manchada de musgo.

(La fauna y la flora catalanas)
Y volvemos al Gótic por detrás de la Catedral. Mirad, murallas y palomas.

Venga, ya que estamos, vamos a entrar un rato. El claustro de la Catedral, aunque esté lleno de gente, siempre está en paz.
(Y mientras miramos, un niño chilla de risa al ver acercarse a las ocas, que quieren comer)

Y aún se rie más al ver al cavaller Jordi matando al drac entre los chorros de agua de la fuente verde.

Vamos fuera otra vez. Vamos a escuchar a los músicos...

Y a ver los puentecillos de encaje que esconden secretos y calaveras.

Y antes de volver a la estación, nos enteramos, como quien no quiere la cosa, que Apel·les Mestres nació por aquí.

Y que el Arxiu Històric de la Corona d'Aragó está en una casa con un patio naranja.
(Y además guardan cartas templarias, y códices iluminados con los colores más hermosos)

Y que siempre quedará alguna ventana por la que asomarnos a fisgar.

Y otro rincón por descubrir.