He caído de nuevo.

Me dije a mi misma: “Mi misma, no vuelvas a caer”, pero he caído. Y es que estos responsables de la coctelera son unos puñeteros.

Siempre encuentran un nuevo tema de la semana interesante. Y eso que yo decía que no, que no pensaba escribir sobre la Semana Santa. Ya veis.

De nuevo esclava de los designios ajenos.

Hay que ver, que melodramática me pongo a veces…

Es broma.

Me encanta que me den temas sobre los que escribir. Es un buen ejercicio.

Esta vez, la Semana Santa.

Ya ves. Una pedazo de atea rojaza como yo, hablando de esas cosas.

Bueno, pues me gusta la Semana Santa (reacciones de horror de mis numerosos admiradores)

¿Por qué? Pues como a todo el mundo: por las vacaciones ¿o que os pensabais?

Que a estas alturas del curso escolar, los profes ya estamos muy quemaditos…

Bromeaba. Por supuesto.

Pero si que es verdad que siempre me ha gustado la sensación de libertad de las vacaciones. Sobre todo las de verano, pero estas tampoco están mal. Cortas, pero vacaciones, al fin y al cabo.

Con la libertad de irte, si así lo deseas. Desamarrar el Alma Barca y navegar de nuevo…

Otros puertos…

La verdad es que hasta hace poco no solía ir a ningún sitio durante estos días. Demasiado cortos. Y que este año, por cuestiones que no vienen al caso, tampoco podré. Pero fue durante estos días cuando descubrí, por primera vez, la Madrid pueblerina y acogedora que tan poco tiene que ver con los tópicos. Y San Sebastián, a la luz de un verano adelantado, las blancas barandillas de la Concha, el aire de otro mar que no conocía. Y, el año pasado, volví a Granada. Mi hermosa reina mora. Venenosa, adictiva, la droga más poderosa con olor a arrayanes. Y eso no es un tópico. Recordaba ese olor. Siempre lo había relacionado con mi infancia, y el verano. Cuando fui a Granada, hace un año, descubrí que era verdad.

Y fue en Granada donde, hace un año, vi por primera vez una procesión.

Que remedio. No se podían andar dos pasos sin encontrarse con uno. Un paso, quiero decir. Con su consiguiente talla renacentista cargada de historia. Con sus muestras de fervor y sus saetas. Con sus aglomeraciones, sus turistas, su señor que vende globos y su bolsa de pipas (yo me compré una de patatas). Y sus pisotones, y las novias de los de la banda (“déjame pasar, que mi novio está en la banda”), y las señoras con pieles y mantilla que llegan las últimas y se ponen las primeras. Y el que se te mete en medio justo cuando vas a hacer la foto. Y la gitana de la buenaventura, que no te deja ni andar (¿me vería cara de pardilla?). Y…

Y nada, que al final me gustó bastante. El ambiente, la gente, el arte. Con lo atea que soy yo…

Ser atea no quiere decir no apreciar lo que es hermoso. Puedo entender la pasión y el fervor de los creyentes. Mi primo-guía es uno de ellos: enamorado hasta las trancas de su ciudad (no tiene mal gusto el niño) y de sus tradiciones, costumbres y, por supuesto, religión.

Pero también reconozco que demasiadas procesiones acaban por saturar. A parte de que yo quería ver Granada. Y Granada es mucho más. Lejos del folklore y los tópicos. Eso es lo que no me gusta de la Semana Santa: el folklore tronado. Los topicazos. Y la falsedad de tantos que lloran ante una imagen de la Virgen, que se rasgan las vestiduras ante un Cristo vestido de terciopelo y oro, que se azotan y hacen penitencia, y luego vuelven a sus vidas cómodas y falsas, a su egoísmo, su racismo, su prepotencia. Y tanto fanatismo. No me gusta el fanatismo. Y por Semana Santa, parece que hayan dado el día libre a todos los fanáticos del país.

Y, ya puestos, no me gusta la programación de la tele. Vale, no me gusta ningún día del año, pero ahora aún menos. Tanto romano y tanto santo, tanta procesión y tanto milagro…

A ver cuando algún valiente se atreve a programar “Jesus Christ Superstar”, con sus hippies cantando por el desierto sobre tolerancia, respeto, paz y amor.

Y ese Jesucristo con voz de cantante de heavy, protestando ante un dios injusto.

Y ese Judas negro, con los flecos, con el coro de ángeles psicodélicos diciéndole a Cristo: ¿pero tú quién te has creído que eres?

Y que voces…

O si no, mejor. A ver quién se atreve con esta: cuando Stan quiso ser Loretta.

Y el mejor final de la historia del cine:

Vamos a ver si alguien se da por enterado…