Nunca había visto una luna roja.
Las ranas del barranco croaban como si se fuese a acabar el mundo. Los perros ladraban a la oscuridad repleta de estrellas. A lo lejos se oian risas infantiles, a pesar de la hora.
Vito se pegaba a mi pierna y quería coger los gemelos.
Arriba, la luna se estaba convirtiendo en una enorme perla irisada. Una piedra redonda, dando vueltas por el cielo limpio de nubes.
Vi estrellas que no había visto nunca. Estrellas de los eclipses.
Eran las doce en punto cuando la luna quedó completamente tapada por nuestra sombra. En un extraño instante, las ranas callaron. Los perros callaron. Los niños callaron. Vito se pegó aún más a mi pierna, y dejó de morder la cuerda de los gemelos.
En un momento sobrenatural, el mundo se quedó quieto mirando a la luna eclipsada.
Eso si que es una hora bruja...