Hoy solo se trata de eso.
Todos necesitamos hacer terapia, a veces. Y yo (loca, loca, loca) también lo necesito.
Fue hace ya dos años, y hasta ahora no me he atrevido a ponerlo en palabras. O digamos, más bien, que las palabras no me ayudaban mucho. Ahora, tal vez, consiga espantar a algún que otro fantasma.
El primer fantasma lleva gafas. El pelo rizado y escaso, de un rúbio desvaido, siempre desordenado. Tiene unos cuarenta y tres años y es directora de una escuela pública. Creo que ya os hablé de ella en otra ocasión ¿la recordáis? La vieja aquella. La que siempre lo ha sido.
Los otros fantasmas rondan por el mismo lugar: la jefa de estudios, la secretaria, alguna que otra supuesta compañera, los padres de los niños,...
Entre todos esos fantasmas consiguieron hacerme creer que yo era la persona mas mala del mundo.
Y la peor maestra. Eh, y no digo que sea muy buena. Pero hasta ese momento nunca había dado razón a nadie para quejarse de mí. Hago lo que puedo. Le pongo ganas, y entusiasmo. Como todos, me equivoco. Y como todos, hay algunas cosas que hago bien.
Creo que es mejor empezar por el principio de los tiempos, que diría mi amigo Manolito Gafotas.
El principio de los tiempos, creo yo, fue el uno de septiembre de hace ahora dos cursos. Primer día de trabajo, reencuentros, gente nueva, nuevo equipo directivo ¿Y yo? Tú no harás lo que te dijimos el año pasado, bonita. nada de seguir con tus niños, como le dijiste a los padres. Vuelves a hacer P3. Pero es que ya hace cuatro años que hago P3,y es muy cansado ¿no se puede arreglar de otra manera? Pues no, porque la jefa de estudios llora. Literalmente.
Así que a callar.
Aquí donde me véis, soy una persona muy tranquila. Callada, poco protestona (quiero decir en directo, por lo visto el anonimato hace salir partes de mi que no conocía) Vamos, que me aguanté y volví a hacer lo que me pedían. Mi gran error, por lo visto, fue hacer amistad con una determinada persona. Otra mujer de cuarenta y tres años, maestra también, pero infinitamente más joven que mi primer fantasma. Solo que ella no calló en gracia (mira tú que cosas), porque es un trozo de pan, pero con un considerable golpe de genio. Y es que, al contrario que yo, no se calla cuando le tocan las narices.
Y ya desde el primer día vimos que algo fallaba. Los refuerzos en P3 (donde más falta hacen) pasaron de escasos a inexistentes. Nos daban para quitarnos después. Y con venticinco niños de dos y tres añitos por barba, la verdad, no dabamos a basto. Para no aburriros, basta con un ejemplo: tuvimos que decidir si haríamos plástica o rincones de juego, porque las dos cosas no podía ser. Por falta de personal, claro. Lo curioso era ver la cantidad de refuerzos que entraban en el resto de aulas de la escuela. Pero claro, esos pequeñajos ¿que van a hacer? pues nada, todo el día rascandose la barriga, por lo visto.
Aunque, curiosamente, una de las tres aulas de P3, que no era la mía ni la de mi amiga, tenía tiempo y refuerzos para todo. O es que todo le parecía bien a la tutora. O que hacía milagros. Yo que se...
Creo que ese fue el problema. Cuando empezamos a pedir ayuda, a protestar.
La cosa se puso cada vez peor a medida que avanzaba el curso. Cada pequeña cosa, cualquier minúsculo incidente se magnificaba hasta un punto increible. Si un niño se caía en el patio, o si un trabajo no salía hoy, si no mañana, o si se te olvidaba repartir un papel,...
Luego empezaron las reuniones. El lunes, la jefa de estudios, muy seria, nos avisaba de que "el viernes tenemos que hablar con las tutoras de P3". Con lo que, para empezar, ya te pasabas la semana entera preguntandote que había pasado. Y el día de la reunión (de las muuuuchas reuniones) un grado de subrealismo casi inexplicable. Vamos, que había que verlo. Primero "Tenemos muchas quejas de los padres". Y yo, sorprendida, pues era la primera noticia que tenía "¿De verdad? Yo no he tenido ningún problema ¿porqué no les explicais que el camino apropiado sería hablar primero con la tutora de sus hijos y luego, si no se soluciona el problema, con dirección?" La respuesta fue lo mejor: "Es que tienen miedo de que les cojas manía a los niños" (¿Que soy yo, entonces? ¿Un monstruo?) Después de dejarnos desarmadas con semejante afirmación, la jefa de estudios sacaba su libreta y empezaba el increible interrogatorio. Atención:
"¿En P3 pasáis lista cada mañana?"
"¿Explicáis cuentos?"
"¿Cantáis canciones?"
"¿Trabajáis los hábitos?"
"¿Miráis el tiempo, el día de la semana, los encargados?"
No, señora, en P3 nos pasamos todo el día tocandonos los ovarios. No te fastidia.
Por supuesto, la respuesta era siempre, a todo, si. SI, en mayúsculas.
Aunque cada vez nos preguntase lo mismo. Tanto insistió que, aunque yo no dije nada, me debió ver algo en la cara. La verdad es que soy malísima disimulando. Así que se volvió hacia mi y me dijo con muy malos modos que "no me lo tenía que tomar como algo personal".
Bueno. Soy una persona. Te estás metiendo con mi trabajo por lo que te dicen terceras personas ¿como representa que me lo tengo que tomar?
Me lo tomé con una depresión de caballo y mucha tila.
Me harté de gritos. Si, como lo oís. En una escuela pública, para dar ejemplo, el equipo directivo grita a las maestras. Claro que yo no soy funcionaria, y como (palabras textuales) "las interinas no tienen responsabilidades" se les puede gritar. Supongo.
Me cansé, ya os digo, de que se me tratase de tonta, y luego de monstruo, y luego de mala profesora, y más tarde de tonta otra vez.
No solo la dirección, aún peor. Las supuestas compañeras, como la tercera en discordia del curso, que daba la razón en todo a las jefas y, por lo visto, nunca se equivocaba en nada. Aunque su clase estaba, literalmente, asalvajada. Niños que no se sentaban, que paseaban por encima de las mesas, que eran incapaces de hacer una fila, o de ponerse la bata, o de reconocer su nombre. Ni tan solo de decir "bon día" cuando alguien entraba en el aula. Pero luego era mi clase la que, según otra "compañera" que nunca había asomado la nariz por allí: "había perdido el curso y empezarían de cero en P4".
Me harté, y escribí una nota, muy correcta, eso si, invitando a todo el que quisiera a pasar por mi aula a comprobar con sus propios ojos los "monstruitos" que estaba educando y todas esas cosas que, por lo visto, no hacíamos. Menudo escandalo se montó...
Me da igual.
Me quedé muy a gusto.
Como me quedé cuando, en las evaluaciones, descubrimos que mis "salvajes" eran los que mejor iban de todo P3. Y eso con la horrorosa maestra que les había tocado en suerte. Sería cosa de los padres, claro...
Otros que tal. No todos, por supuesto. Hubo mucha gente buena y amable. Y hubo un par de brujas que se dedicaron a decir que yo no sabía hacer mi trabajo. Ellas si, porque una era "hermana de una maestra" (supongo que se le pegó la pedagogía por proximidad) y la otra, atention please, monitora de comedor (despedida por alguna misteriosa razón, pero super pedagógica). Y, por supuesto, el equipo directivo les daba la razón.
Como no.
A los que decían que porqué no volvía al año siguiente con sus hijos ni caso (¿que sabrán esos?) A las brujas, si (¿les tendrían miedo?)
Me cansé. Dos meses de baja por depresión, y tratamiento de un año. Y me reincorporé por tonta. Porque sabía que al año siguiente no volvería (ni loca volvía a pedir yo la misma escuela), y quería despedirme de mis niños (ellos fueron lo único bueno de toda esa historia, los niños siempre me dan ganas de seguir)
Pues eso también le pareció mal, aunque, por lo visto, mi substituta era aún "peor" que yo (pobrecita...) Y se dedicaron a hacernos el fin de curso insoportable: P3 salía solo al patio, no podíamos ir con los mayores porque "no había espacio" y así no nos relacionabamos con las demás maestras, claro, que si no veían lo que estaba pasando, y entonces ¿que iban a explicar ellas? Cada cosa que hacíamos estaba mal hecha, todo merecía una bronca, una mala cara, un grito.
Nunca había estado en un colegio en que el equipo directivo hiciese llorar a una compañera.
Claro que, en el momento de hacer la memoria de curso, la dirección se puso todas las medallas posibles. Y retocó lo que habíamos escrito las de P3 porque "que iban a pensar los padres" y "no quedaba bien". Exactamente escribimos que "no se habían podido realizar rincones de juego por falta de refuerzos, aunque P3 C (el mío), había aprovechado la hora de plástica para hacerlos, pasando a hacer la plástica con el grupo entero (la locura, no lo intentéis en casa)" En la memória final, para nuestra sorpresa quedó como "P3 no ha hecho rincones de juego". Y punto pelota. Y la que se queje, que le den dos piedras.
Así que no, no quise volver. Es lo bueno de ser interina, no tienes la obligación de quedarte en un sitio si no estás bien.
Escribí una carta de despedida para mis niños. Estaba bastante tontorrona, por entonces, a ellos los quería mucho, y sabía que los echaría de menos. Nada del otro mundo, no creáis. Les decía eso, que los quería mucho, que nos lo habáimos pasado muy bien y que habíamos aprendido muchas cosas juntos, ellos y yo. Y era verdad.
En las reuniones con los padres a final de curso, muchos me dijeron que se habían emocionado al leer la carta, y que porqué no volvía al año siguiente.
Otros me dijeron que era mentira. Que sus niños no habían aprendido nada en todo el curso (me dieron ganas de darles hora para el neurologo, porque eso no es muy normal) La madre monitora de comedor, que no se había presentado a ni una sola reunión, ni había recogido los informes de todo el curso, vino solo para decirme que en la guardería privada a la que llevaban a su pequeño genio ya estaban aprendiendo a leer (¡con dos años!) y que aquí no había aprendido nada. Más o menos como la hermana de maestra, que opinaba que el hermano mayor de su maravilla había hecho muchísimas más cosas en P3 que este. Para ser exactos un montón de fichas pintarrajeadas pero nada trabajadas y una canción que nosotros no habíamos aprendido. Otra más estaba enfadada porque su niña no sabía leer aún (con cuatro años) y, aunque le expliqué que todavía no era el momento y que ahora justo empezaba el proceso, no se lo creyó y se lo dijo al equipo directivo. Que, por supuesto, le dio la razón.
Que sabrá la maestra.
Bueno, pues todo eso duele. Mucho.
Os podéis imaginar como acabé el curso.
Os podéis imaginar como, siendo la escuela del pueblo donde vivo, no soporto, aún, pasar por la puerta. Y prefiero trabajar en una ciudad a media hora en coche que no aquí, a cinco minutos de mi casa.
No se si os podréis imaginar esto: vivo aquí, y tengo amigos y amigas que aún tienen relación con la escuela. Y oidos, y ojos. Así que no es raro que me entere que mis viejos fantasmas aún se acuerdan de mí. Concretamente, critican mi forma de vestir. Que no se diferencia en mucho de la de cualquier otra: para trabajar con niños lo importante es ir cómoda, y ya está. Pero eso no es lo peor. Eso a penas me hace reir. Lo peor es oir como van presumiendo de haberme "echado" de la escuela.
A fuerza de mobbing, ahora lo se, a fuerza de provocar depresiones y ansiedades. No se como alguien se puede sentir orgulloso de eso...
Vale, esta es mi versión de la historia.
No se cual debe ser la del otro lado.
Ni me importa.
Solo tenía ganas de soltarlo, ya está. Ni el texto es muy bueno, ni muy interesante, pero no me importa. Tenía que hacerlo, y lo he hecho. He vomitado todo lo malo que llevaba dentro desde hace dos años, todo lo que, ahora lo se, era un montón de mentiras.
Ahora trabajo en una escuela marginal, en un barrio humilde, con muchísima inmigración y problemas familiares que no os imaginariáis. Ahora me gusta otra vez mi trabajo, con todos sus sinsabores. Ahora he descubierto que ni soy un monstruo, ni una mala persona, ni siquiera una mala maestra.
Ahora ya me siento bien.
Porque, además, ahora he visto el lado bueno de todo lo que pasó. Ya os he dicho antes que los niñso fueron uno de esos lados buenos. Aún se alegran cuando me ven, la mayoría. El otro lado bueno fueron las amigas. Ver que ahy mucha gente buena en el mundo, gente que te apoya y te quiere. Hice muy buenas amigas, aquel curso. Y estoy segura que durarán muchos años.
Ya os digo, algo bueno tenía que traer toda esta historia.
Y ya está.
Necesitaba hacerlo, y hecho está. Largo, un poco inconexo, mal redactado. Pero ya está.
Ahora siento que otra vez puedo respirar...