Los maestros son importantes.
No lo digo porque yo sea maestra.
No creo ser importante por ser maestra.
Soy maestra porque creo que es importante.
Y hace días que pienso en los maestros y maestras que he conocido. Los míos. Los buenos y los malos.
Mis profes.
Y uno en particular, ese del que os hablé el otro día. Que ya no está. Que se murió sin darme tiempo a darle las gracias.
Y por eso he escrito esto en mi libreta negra:
"Grácias, profe.
Hace unos meses que ya no estás, y no se si es por eso o no, pero últimamente me he acordado mucho de tí. Y de los otros profes, buenos y malos, y de la escuela, mi escuela, la de entonces, con el huerto y el palomar, con la portería y la señora Rafaela tocando la sirena de entrada con su bata de cuadros.
Pero sobre todo me he acordado de tí, profe. Y, aunque ya no estés, o por lo menos no estés como estabas antes (de alguna manera estarás, siempre) quiero darte las grácias.
Grácias por todo lo que me enseñaste. Grácias porque, por tu culpa, ahora soy yo la profe y, aunque muchas veces sea difícil, no me arrepiento de serlo.
Así que muchas grácias.
Porque tú me enseñaste que todos tenemos sótanos, trasteros, buhardillas. Todos tenemos una parte de atrás, la parte oculta, la otra cara de nuestra luna, que suele ser más verdad que la parte de delante. Incluso nuestra escuela, profe, tan nueva y luminosa, tenía su trastero. Tú me lo enseñaste, no se si te acuerdas, un día que me pediste ayuda para guardar unas colchonetas viejas. Pusiste una escalera de mano bajo la inmensa claraboya central, abriste una trampilla disimulada entre los gruesos cristales y adentro. Me llevé una alegría al descubrir que había un sitio así en mi cole. Igual que el trastero donde se encerró Bastian a leer la Historia Interminable, eso era lo que yo creía. No llegué a verlo bien, no me dejaste subir, pero me daba igual. Siempre tuve mucha imaginación. Y me bastaba con ver, de vez en cuando, la trampilla abierta, o la sombra de unos pies en los cristales translúcidos del techo...
Contigo, profe, la vida era una sorpresa.
Una sucesión ininterrumpida de maravillas.
Como aquella noche que descubrimos el cometa Halley con el telescopio nuevo. O la tarde que nos enseñaste las partes de una flor entre las tomateras del huerto, y los nombres de los frutos silvestres de aquel bosque donde ibamos de excursión. O cuando aprendimos a mirar los eclipses con cristales ahumados, y que es más divertido ver un arco iris en directo que en las páginas de un libro, aunque te mojes.
Y nuestras primeras clases de educación sexual (cuantas preguntas y cuantas risas)
Contigo, profe, aprendimos a pensar por nosotros mismos. Una vez por semana, debatíamos y charlabamos sobre los temas más variados, desde el antiguo Egipto hasta la existencia de vida extraterrestre. Nunca olvidaré aquella lección. Tú me lo enseñaste, y yo lo he enseñado después a otros niños, como era yo entonces. Te recuerdo al lado de la pizarra, con una tiza en la mano. Haces un punto en una de las esquinas y te vuelves hacia nosotros: "La pizarra es el universo" dices "¿Y sabéis que es este punto? Nosotros. No la Tierra, ni siquiera nuestro sistema solar. Es nuestra galáxia, nuestros millones de estrellas. Todo el resto del universo está lleno de puntitos de millones de estrellas como este nuestro ¿De verdad creéis que somos los únicos seres vivos de la pizarra?"
Ese día aprendí varias cosas importantes. La primera,a no creerme el centro del universo. La segunda, que no hay verdades absolutas. Y la tercera, que somos tán pequeños que somos inmensos, porque el universo entero nos cabe en una pizarra llena de puntos de tiza.
Que pequeños y que grandes,profe.
Cuantas, cuantas cosas...
Tántas que no cabrían en todas las pizarras del mundo. Tántas que no me caben en un millón de palabras. Pero sí en mí, profe.
Y también las palabras fueron culpa tuya ¿sabes?
"Me parece que tenéis una escritora en casa", les dijiste a mis padres.
Y aquí me tienes, intentándolo..."