Los niños también tienen problemas.
A veces creemos que, por el simple hecho de ser pequeños, sus problemas también lo son. Pero no es verdad. A veces, sus problemas son tan grandes que no les caben dentro. Y no saben que hacer con ellos.
Después de vacaciones, Araya, de cuatro años, ha vuelto muy rara. Siempre ha sido una niña alegre, se la veía feliz de ir a la escuela, con ganas de hacer cosas. Ahora dice que ya no quiere venir más. Que no le gusta la escuela, ni el comedor, ni jugar con sus amigos. Que quiere ir a casa, con su madre, pero ella, separada, tiene que trabajar muchas horas para poder salir adelante. Y Araya la echa de menos.
No quiere hacer nada. Ella, que siempre era tan activa, tan juguetona, tan gritona y risueña. Ahora no quiere jugar. Ni mirar cuentos. Ni pintar.
Solo llora. Llora de verdad, sin hacer ruido, con la boca apretada y los ojos rojos.
A la hora del patio la veo jugar sola, sin entusiansmo, con un cubo y una pala de color rojo. Coge una palada de arena, la echa en el cubo, la mira. Al cabo de un rato, se me acerca, me coge de la mano y me dice:
-María, ¿como se hace para parar de llorar y llorar y llorar?
Y yo no se que decir, porque tampoco se como se ahce.
Hablamos mucho rato. Es una niña inteligente, y sabe perfectamente lo que siente, lo que le pasa. Me explica cuanto echa de menos a su madre, y que no puede parar de llorar. Que ayer soñó que dormía con ella. Que no quiere venir a la escuela. Le digo que, si ella no viniese a la escuela, sería yo la que lloraría. Se apoya en mi pecho. Pero diga lo que diga yo, no soy capaz de quitarle la pena.
Y me doy cuenta de que hay tantas cosas importantes que aún no se hacer...