No solo me traigo imagenes cuando vuelvo de mis viajes.
No solo traigo palabras.
Lo reconozco. Me encanta traerme algo más, algo de allí que se venga conmigo, que se quede conmigo para siempre.
Aunque el "para siempre" sea un poco largo...
No os creáis que son grandes cosas. Cositas, más bien. Pedacitos del país en el que he estado. Me conformo con que me hagan acordarme de un olor, de una sensación, de un lugar o de una tarde agradable en el mercado del pueblo.
Conocí a una pareja, en uno de mis viajes, que fue a Turquía sólo porque quería comprarse una alfombra. Y no sabéis el precio que tienen las alfombras turcas...
Tampoco es eso.
En Estambul compré un anillo de plata con piedras verdes. Como allí la joyería se vende a peso me salió bastante barato. Lo llevo siempre en el dedo. Desde hace cinco años. Y cada vez que lo miro, recuerdo el paseo por el barrio de Pera, y la subida a la torre Gálata, y el puestecito de recuerdos que había abajo, y aquel señor amable que me regaló un ojo de cristal azul contra el mal de ojo, y el kebab con patatas fritas y yogur que comimos aquel día...
En Irlanda recogí veinticinco piedrecitas planas en una playa desierta para mis runas, y cada vez que las toco recuerdo el aire fresco y salado de finales de agosto, y nuestra comida a base de queso y manzanas, y el niño que se bañaba, a pesar del frío, entre risotadas nerviosas, y la manera como se confundía el gris del mar con el gris del cielo inmenso de mi isla favorita.
A eso es a lo que me refiero.
Y en la India, eso es un peligro.
Porque, además de barata, la India es hermosa.
Y todo lo que ves lo es. Cada pequeño objeto, lo más sencillo, tiene una belleza casi extraña.
Como aquel puesto de frutas en medio del barro, con las frutas deliciosas formando pirámides de brillantes colores, joyas dulces y maduras...
Algo así.
Así que me traje muchos recuerdos de la India.

Que le vamos a hacer.
Compré té, por supuesto, y una cajita de hebras de azafrán. Compré recuerdos para mis amigas: collares de colores, tobilleras plateadas, bolsitas de té aromático. Compré tapices bordados y un cubrecama estampado para mi madre.
Y también...
Un sari naranja y dorado, con el aspecto de una exótica flor de fuego.

Una cajita de mármol blanco como el del Taj Mahal, con flores de ágata y madreperla.

Un chal de seda irisada de Benarés, suave como una caricia de Potter.

Un maharajá...

Que también es una maharaní.

Y que ahora le hacen compañía al signor Pantalone dei Bisognosi, el veneciano.

Y un objeto extraño.
Tánto que en el aeropuerto de Frankfurt me hicieron sacarlo de la bolsa de mano.
¿Que se pensarían que era? ¿una bomba?
Pues no, no era una bomba.
Era Ganesha. Y su montura. Multiplicados por siete, para tener mejor suerte.

Un objeto con sorpresa, además. Comprado en Orcha, un pueblecito del centro de la India, en la plaza que ahbía delante del templo, entre ofrendas y chucherías.
Esto también es una ofrenda.
Porque cuando desenroscas el Ganesha central, se abre como una flor.
Una flor multicolor. Con los colores de la India.
Maquillaje para los dioses.

(Con razón pesaba tánto la maleta a la vuelta...)