Vale, venga, lo reconozco. En el fondo (muy muy fondo), me gusta la navidad.
Lo que no me gusta es que se me obligue a ser feliz. A veces prefiero la tristeza. Aunque sea navidad.
No me gusta tampoco el consumismo compulsivo, pero siempre acabo cayendo. Porque me gusta jugar a ser Mama Noela, y comprar regalitos inútiles y divertidos a la gente que quiero, y ver la cara que ponen cuando abren el paquete. Me gusta que estos días mi habitación parezca una extensión del taller de Papa Noel, con papeles de regalo, lazos y paquetes por todas partes. Me gusta que los regalos tengan un aspecto agradable. Me gusta verlos amontonados debajo del árbol, y a Potter tumbado en medio de ellos. Es que a Potter le encanta la navidad, con su parafernalia de cositas brillantes colgadas de hilos para que él pueda jugar...

Y me gustan los adornos de navidad. Sin ser creyente, de pequeña me encantaba el nacimiento, porque era un mundo en miniatura, con ríos de papel de plata, y montañas de periodico y musgo, y una estrella muy grande en medio. Me gustaba esconder al caganer, aunque luego mi hermano lo ponía encima del tejado del portal, para que se le viera bien. Y adoraba nevarlo todo: los pastores y el río, las palmeras y el angel, con polvos de talco de los que usaba mi abuela.
La navidad siempre me ha olido a musgo y polvos de talco.
Me gusta la navidad por su carga de recuerdos. Aunque te hagan poner triste. Aunque recuerdes a los que ya no están, y lamentes que las cosas no sean como antes. También había tantas cosas buenas...
Las cenas de nochebuena en casa, con toda la familia, los regalos, el árbol y los dulces. Los mayores parecían diferentes, más alegres. Ahora ya no es así (circustancias familiares, no quiero aburriros). Pero seguimos intentando que, por lo menos esa noche, sea especial.

Parece que este año lo vamos a conseguir. Los pequeños o grandes problemas se han ido solucionando (o relativizando) poco a poco. Aunque mi abuelo insista en no venir a casa a celebrar la navidad con nosotros (es la persona más cabezota que conozco). Aunque sigo afónica y no podré cantar villancicos (yo que me había preparado una sesión multicultural que incluía "Santa Claus is coming to town", "La marimorena" y "El dimoni escuat", junto a aquella de los tres barcos bogando al pasar que cantaban en Eduardo Manostijeras). Tampoco se me ha curado la "pansa" del lábio, que tiene un aspecto bastante desagradable y sangra cuando como (bonita postal navideña).
Y sigo siendo una pedazo de atea.
Pero al final, caigo en las tradiciones y costumbres de toda la vida. Con arbolito y colgajillos y todo. Sin espumillón, por eso. Ni bolas de colores. ¿Sabéis esos árbolitos tan monos que salen en las revistas? ¿Esos monocolores y monotemáticos? Pues no se parecen en nada al mío.
Mi arbolito está adornado de recuerdos. Algunos bastante horterones, otros menos. Todos con su historia, con su cuento. Tal vez mi árbol no sea muy bonito. Pero es un árbol de historias, y un árbol del solsticio, como los del principio (me gusta celebrar el solsticio de invierno en navidad).
No, ahora que me fijo, no es muy bonito. Está un poco torcido. Las puntas están mordisqueadas, como los lazos de las nueces. Algunos adornos están despintados, de puro viejos. Otros están rotos: los cristales de nieve cubiertos de purpurina, y mi ciervo blanco, al que le falta una pata desde antes de lo que puedo recordar.
Me sigue gustando.
Aunque me ponga triste.
Aunque no sea creyente.
Porque es una época para los recuerdos, y mi arbol está formado por ellos.
Y, además, a Potter también le gusta. Tán malo no puede ser...

Así que felices recuerdos a todos. Si queréis.
No pienso obligar a nadie a ser feliz.