Otra historia de niños.
Los niños están llenos de historias.
Y trabajar con ellos es muy util para poder vivirlas.
Esto pasó hace ya tres años.
Arnau, de tres años, entró muy contento del patio con dos pedruscos enormes metidos en las orejas. Nada raro. Arnau solía meterse las cosas más inverosímiles en los más sorprendentes orificios corporales.
Pero, claro, la seño tuvo que intervenir (para eso estamos, mal que les pese a algunos)
-Pero Arnau ¿que haces con eso metido en las orejas? ¿No ves que te vas a quedar sordo?
Y, en un alarde de pedagogía espontánea, (hay que ver como somos las seños) señalé el retrato de Bethoven que Jordina, la profe de música, había colgado en la pared:
-¿Ves? Te pasará como al señor Bethoven, que se quedó sordo. Imaginate, pobre hombre, ser músico y no poder oir su música...
Ante semejante fatalidad, el pobre Arnau se sacó las piedras de las orejas y, con aire compungido, las tiró a la papelera, mientras los otros niños miraban el retrato del malhumorado Bethoven con comprensión. Como si pensaran "que dura es la vida a veces..."
Y ahí quedó la cosa. Arnau siguió metiendose cosas en sus respectivos orificios, a pesar de mis esfuerzos, y el señor Bethoven allí, colgado de la pared, con cara de mala uva.
Un par de meses después, a la vuelta de la clase de música, les pregunté a mis Magos que habían hecho. Y, como casi siempre, contestó Lluís:
-Hemos escuchado una música del señor ese.
-¿De que señor?
-De ese-insistía Lluís señalando a la pared.
Y yo, haciendome la tonta:
-No sé que señor dices, Lluís.
A lo que Lluís replicó, impaciente ante mi torpeza, a la vez que señalaba el retrato de Bethoven:
-¡Si, hombre! ¡Ese que se metía piedras en las orejas!