Y, ahora, la segunda parte.
Me pareció que había mucho que decir sobre el tema, así que mejor dividirlo en diferentes artículos, como dice el cuadradito amarillo de ahí al lado.
Y, como decía, ahora toca la otra parte. El lado bueno de esto de educar. Porque, si no hubiese un lado bueno, simplemente me dedicaría a otra cosa...
El lado bueno te lo encuentras en las familias colaboradoras. En los que saben que la educación de un niño es cosa de todos, que maestros y familia debemos unir esfuerzos para hacer buenas personas. Sí, también las hay. Y encontrarse una sola familia así ya merece la pena.
Y los que saben que los seres humanos no somos solo intelecto. La educación , me enseñaron a mi, debe basarse en la formación global del niño. Conocimientos, si, pero también "actitudes, valores y normas", como dice el currículum. La formación de la personalidad que dice en los libros de psicología...
Y hacer de ellos personas autónomas.
Y capaces de pensar y decidir por su cuenta.
Conseguir que sean minimamente felices.
Nada fácil, por supuesto. Por eso me hace sentir tán bien cuando un padre o una madre vienen a hablar conmigo, cuando me preguntan que pueden hacer, cuando me explican las cosas que hacen con sus hijos y, sí, también cuando valoran mi trabajo.
Y que decir de los niños.
Ellos son lo mejor de toda esta historia.
Por ellos, solo por ellos, merece la pena todo esto.
Hace un par de años estuve unos meses de baja por depresión. Pensar en los niños que me esperaban en clase fue lo que me ayudó a seguir adelante. Ellos fueron los que hicieron mínimos los malos ratos. Gracias a ellos pude aguantarlo todo.
No se si será facil de entender, visto desde fuera. Reconozco, también, que hay momentos difíciles, como entodos los trabajos, al fin y al cabo. Pero no creo que pudiese dedicarme a otra cosa. El momento en que ves como uno solo de los niños escribe su nombre por primera vez, o cuando reconoce una letra, o el día en que te ve por la calle y corre a darte un abrazo,...
Solo por eso vale la pena. Por la sensación cálida y dulce que sientes cuando un niño suelta una carcajada mientras le explicas un cuento.
En esos momentos no puedo evitar sentirme importante.
Y pensar que , después de todo, a lo mejor mi trabajo está sirviendo para algo...