He empezado este artículo un millón de veces.
Lo he escrito una y otra vez, en mi cabeza, me he dado la réplica y luego he apretado el "delete".
Porque no es fácil.
No es fácil este artículo, ni es fácil, nada fácil, el oficio de educar.
Educamos como padres, y educamos como maestros, y educamos como personas que conforman el entorno del niño.
Yo no soy madre. Solo soy maestra, y supongo que eso hace que mi punto de vista no sea demasiado imparcial.
Pero ahora, empezando el curso, volviendo otra vez a este complicado oficio mío de educar, he sentido la necesidad de escribir.
Lo que siento, lo que pienso. Aunque no sea imparcial.
Nunca le quitaré a los padres, a las familias, el derecho a educar a sus hijos de la manera que crean más correcta. Es más, creo que es imprescindible que los padres se impliquen de una manera activa en la educación "formal" de sus hijos.
El problema, desde hace un tiempo, es que la "implicación" de muchas familias consiste en criticar todo lo que se hace en la escuela. No solo criticar. Denunciar. Ordenar.
Rabietas infantiles, como la última, en mi escuela:
"No me gusta como se ha puesto la sexta hora, aunque se haya votado en consejo escolar, aunque se haya decidido de manera democratica. Por lo tanto, llevaré a los niños a la hora que me de la gana, me quedaré mirando en la puerta todo el día, denunciaré a la escuela si un niño se cae en el patio, y, si puedo, cambiaré todo el claustro, porque los maestros, ya se sabe, no valen nada, no sirven para nada, son unos vagos y unos inútiles. Y, de paso, que dimita la directora..."
Vale, es una exageración. Se que muchas familias no piensan eso. La mayoría, en realidad. Pero las otras son las que hacen más ruido.
Y más daño.
Siempre.
Hace dos años trabajaba en otra escuela. Tenía un grupito estupendo. Niños inteligentes, cariñosos, alegres, dispuestos a aprender. Era un grupo con hambre. Hambre de escuela, de conocimientos, de experiencias nuevas. También eran muy pequeños. Y un poco trastos. Traviesos y divertidos. Para mi gusto, el grupo perfecto. Allí donde un educador puede sentirse feliz, estimulado, útil.
Acabé el curso sintiendome la persona más inútil del mundo. Los niños salieron con los objetivos de curso cumplidos, se lo pasaron bien, me cogieron hasta un poquitín de cariño. Pero yo me sentí inútil. Que mi trabajo no servía para nada. Porque un grupo de padres decidió que yo no era la persona adecuada para educar a sus hijos. ¿Que me había creido? ¿Quien era yo para enseñar a esos niños de cuatro años a decir "bon dia" cuando alguien entraba en la clase? ¿Porqué tenía yo que enseñarles a sentarse bien, a respetar a los demás, a apreciar el trabajo bien hecho?
Como me dijo no hace mucho una energúmena del blog, yo me tenía que limitar a inculcar conocimientos. De los valores y las normas ya se encargarían sus familias, si querían.
Y si no, culpa de la seño. Tuve que oir cosas como:"Es que mi hermana es maestra, y algo se de esto.." o bien:"No estoy contenta, el niño no ha aprendido a leer (con cuatro años...), y en la guardería ya estaban enseñandoles" o:"¿Porqué no lo haces como la del año pasado?" o:"Hacéis muy pocas fichas" o: "Jugáis demasiado" o:"Mi niño me dice que no hacéis nada en la escuela".
Ese es el problema. No se porqué, parece que todo el mundo se siente con derecho de decir a los educadores como debemos hacer las cosas. Todo el mundo sabe, de esto de educar. Mirad, no me creo mejor que nadie, como insinuó la energúmena de antes, por haber estudiado una carrera. Simplemente, conozco mi trabajo, no por lo que he estudiado, si no, principalmente, por los años que llevo en él. Nádie le dice a un cirujano como debe operar. Y sin embargo yo tengo que oir cosas así todos los días.
¿Sabéis que el trabajo de maestro es uno de los menos valorados de nuestra sociedad?
En teoría, el futuro está en nuestras manos. Y esa es una responsabilidad inmensa. Pero no somos importantes. Se nos puede denunciar porque un niño se ha caido en el patio (los niños tienen eso, ¿sabéis? Juegan, tropiezan, se pelean, se caen,...)
Se nos puede gritar. Se nos puede insultar. Y no pasa nada, porque solo somos enseñantes.
Y, representa, que además tenemos que enseñar a ser buenas personas. Mal que le pese a la energúmena, es nuestra obligación. Por ley. Dentro del currículum de educación infantil y primaria hay un apartado de "actitudes, valores y normas" bastante extenso. Si al programar una actividad te olvidas de esa parte, no será una actividad completa. Y te meterás en líos como se entere la inspección... Además, existen los llamados "ejes transversales", que resulta que también son cosa de la escuela: educación viaria, educación ambiental, co-educación, y todo lo que se le vaya ocurriendo al consejero de turno. Cosas que antes eran responsabilidad de las familias ahora lo son de la escuela. Cuántas veces he oido "ya aprenderá cuando vaya a la escuela" ¿Sabéis a que? A no pegar a los demás niños. Que no se tiene que morder. A sentarse en una silla. A ir al baño. A atarse los zapatos. A ponerse la chaqueta. A respetar a los demás. A hablar las cosas sin pelearse. Y si no lo aprenden, la culpa es de la maestra. Y, por supuesto, lo que aprenden es gracias, exclusivamente, a que son unos hachas. Porque los profes somos todos unos inútiles.
Como dijo la energúmena:

"Y lamento mucho que la carrera de maestra sea tan fácil de conseguir, tres añitos y te crees con la capacidad de manipular a nuestros hijos a tu antojo
"Y mi trabajo consiste en educar a personas. En inculcarles unos valores. En convertirlas en buena gente. Tal vez sea una ilusa. Pero eso es lo que intento." <--- missdelirio dixit.
No guapetona: tú trabajo es enseñarles conocimientos académicos. Para lo demás, no necesitamos a Papá Estado: son los padres los que han decidir todo eso. Porque ¿sabes una cosa? Los maestros lloran mucho cuando los padres no les apoyan. Pero yo no apoyaría nunca a quien está intentando "inculcar" nada a un niño. Tú no puedes convertir a nadie en nada, ni se te paga para eso, ni es tu trabajo: trabaja en que los niños salgan con unos conocimientos del colegio que no nos dejen en ridículo a nivel europeo y nadie te pedirá que les hayas "inculcado" nada más."

Pues bueno. Supongo que será verdad que los maestros somos unos llorones. Que nos quejamos por vicio. Y, por supuesto, somos unos vendidos a los intereses del estado. Inculcamos los valores que nos dice quien paga. ¿Por ejemplo?
Tolerancia.
Respeto.
Trabajo.
Amor por la naturaleza.
No discriminación.
Libertad de pensamiento.
¿Más? Si, muchos más, cada día.
Enseñamos que todos somos iguales, aunque seamos diferentes. Enseñamos el valor de la diversidad. Enseñamos a disfrutar de la vida, de cada pequeño detalle. ¿Y sabéis cómo "inculcamos" todos esos valores, y muchos más? Con el ejemplo. Nada más y nada menos. Ahí es nada.
Y luego, claro, los contenidos académicos. A sumar y restar y leer y escribir. Enseñamos como funcionan las cosas, y porqué. Y, sobre todo, intentamos enseñar a aprender. Y a pensar. Como dice en aquella supuesta carta de Gabriel García Márquez que publicó Pepetxu el otro día "A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar". No creo que haya mejor frase que esa para definir en que consiste el oficio de educar.
Aunque, claro, que se yo. Solo soy una maestra...

(PD: Pido perdón por adelantado a quien se pueda sentir ofendido por este artículo. Sé de sobras que no todo el mundo piensa igual, que hay muchas familias estupendas, auténticos expertos en el oficio de educar. Pero, como siempre, esto no pretendía ser nada más (y nada menos) que un desahogo, ahora que me voy a tener que volver a enfrentar cada día a este tipo de cosas. Así que repito: perdón. No os lo toméis a mal. Sé que los que no hacéis ruido sois mayoría. Pero es que los otros están empezando a montar un escandalo ensordecedor)