El Ganges no es un río.
Es una diosa.
La diosa Ganga, que fue enviada desde el cielo para nutrir al mundo.
Pero los dioses temían que, si caía desde tanta altura, la fuerza de la caida arrasaría la tierra. Por eso Shiva permitió que la diosa cayese primero sobre su cabeza y, enredandose en su pelo, se deslizase hasta el mundo mortal, sobre la sagrada tierra india.
Por eso en Benarés, Allahabad y los otros pueblos bañados por el Ganges se quiere tánto a Shiva. Porque el dios destructor evitó la destrucción y ayudó a la madre nutriente a bajar del cielo.
Y, aunque el agua sea marrón, aunque cosas extrañas floten por su superficie, ahí está la diosa para quien sepa mirar. Acariciada por ofrendas de flores y velas. Acariciando a los vivos que purifican sus almas. Acunando a los muertos en su último viaje. O hasta la vuelta...
Dice el Mahabharata: "Con solo pronunciar el nombre de Ganga el pecador es redimido. La mera vista de ella significa un acto de piedad. Bañarse en ella o beber su agua trae la salvación hasta la septima generación. Y el momento en que las cenizas de un muerto tocan sus aguas, su alma es transportada al cielo"
Naturalmente.
Cuando llegas a sus orillas, ya no te queda ninguna duda...