Cuando llegué allí, era gris.
Reconozco que me sorprendió. Había oido hablar tantas veces de los colores de la India...
Pero el primer dia, en Delhi, no pude encontrar esos colores. Bajo el cielo plomizo todo era gris monzónico.
Los colores aparecieron poco a poco. Como en un amanecer lento, a lo largo de los dias, la madre India se fue iluminando.

Pintada de naranja brillante, de amarillo solar, la India es mucho más hermosa. Aunque siga existiendo el gris.
En las ciudades grandes hay muchos tonos de gris. Gris humo, gris suciedad, gris miseria.
Camino del interior, por los pueblos minúsculos con casitas de troncos y cañas, el gris se vuelve verde. Ves la pobreza, pero tiene otro color. El color de una sonrisa blanca, de unos ojos oscuros, de un sari vibrante.
Junto al Ganges, el color estalla. Color de flores, de ofrendas, de fuego. Color naranja sagrado, el color de la fe india.

Allahabad fue mi primer contacto con la madre Ganga. Allí donde los peregrinos vestidos de azafrán van a buscar las aguas santas.

Regando las carreteras y los caminos del color de su alegría...