Erase una vez una jovencita. No tenía ninguna caperuza roja, pero su madre la envió a casa de su abuela, a llevarle pan y leche.
La abuela vivía en medio del bosque (nos lo podemos imaginar: un bosque viejo, cansado, cruel. Hay caras en los árboles, ojos brillantes que acechan. Líquenes grisáceos que cuelgan de las ramas muertas, podridas, apretadas las unas contra las otras, robándose el espacio y el aire…)
Había un lobo en el bosque (nos lo podemos imaginar: un lobo flaco, taimado, de pelo ralo y ojos ambarinos, con largos colmillos afilados, sucios de sangre y carne…)
El lobo se encontró a la jovencita: “¿Adónde vas?”, “A casa de mi abuela, a llevarle pan y leche”
El lobo corrió y llegó el primero a la casa de la abuela. La mujer era vieja y estaba enferma, así que al lobo no le costó nada matarla (tal vez la ahogó con su propia almohada, tal vez le arrancó el corazón con las garras…)
Cuando acabó metió su sangre en una botella, la hizo pedazos y la colocó en una bandeja. Entonces se metió en la cama, a esperar.
“Toc, toc”
“¿Quién es?
“Soy yo, abuela. Vengo a traerte un poco de pan y leche”
“Pasa, pasa, corazoncito”
La jovencita entró en la cabaña oscura y húmeda. Había un olor extraño, pero ella no hizo mucho caso.
“Sobre la mesa hay carne, y vino. Come un poco, querida”. Y la jovencita comió y bebió lo que el lobo le había preparado. Un gatito la miraba, y dijo:
“¡Ramera! Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre”
El lobo la llamó, entonces:
“Ven aquí, palomita, quítate la ropa y metete en la cama conmigo”
Y ella empezó a quitarse la ropa.
“Abuela, ¿dónde pongo mi falda?”
“Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más”
“Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?”
“Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más”
“Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?”
“Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más”
“Abuela, ¿dónde pongo mis medias?”
“Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más”
“Abuela, ¿dónde pongo mis calzones?”
“Tíralos al fuego, pues no los vas a necesitar más”
Cuando toda su ropa había ardido convirtiéndose en un montón de brasas rojas y cenizas negras, la jovencita se metió en la cama y miró al lobo.
“Abuela, ¡qué peluda eres!”
“Es para no pasar frío, querida”
“Abuela, ¡qué uñas más largas tienes!”
“Son para poder rascarme mejor, mi niña”
“Abuela, ¡qué dientes más grandes tienes!”
“Son para comerte mejor, mi amor”
Y se la comió.

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Un cuento horrible. Un cuento cruel. Un cuento tal y como era. Y no me lo he inventado yo.
No hay caperuza roja. Ni leñador. Ni salvación. Así eran los cuentos, entonces. Así lo son aún, bajo la superficie pulida, bajo la capa de pintura rosa, bajo el montón de azúcar. Un bocado amargo.
Pero así es como son las historias, y creo que, en el fondo, así es como nos gustan.