De siempre, me ha olido a arrayanes. A los veranos dorados de la infancia. De siempre, Granada me ha olido a agua. Agua fría de las fuentes, agua cantarina de los pilones, agua murmurando en las acequias, agua en las láminas calmadas de las albercas.
Agua en los patios y los cármenes escondidos como tesoros verdes tras las tapias de ladrillo y cal.
Agua mora, en la Granada mora, aunque esté llena de conventos e iglesias, aunque haya vuelto en plena Semana Santa. Creo que es el agua, y los arrayanes, los que hacen tan mora a mi Granada mora.
Hace ya mucho que Granada me huele a recuerdos.
Es por eso por lo que debía volver.
O por el veneno de la Alhambra...
Mi primo (mi guía, mi amigo) me ha hablado del veneno."El veneno de la Alhambra" es un libro raro, inencontrable, de algún autor granadino del modernismo. No recuerdo su nombre. Pero decía que nadie puede dejar Granada. Que hay algo en el aire, algo que emana de la Alhambra, un opio, una droga, un olor, que se mete en la sangre y no te deja vivir lejos de allí. El veneno de la Alhambra. O el olor de los arrayanes. Quien lo respira nunca vuelve a ser él mismo. Quien lo huele no sabe vivir si está lejos. Se muere si no vuelve. Como Angel Ganivet en el agua helada de Helsinki (¿como puede vivir un granadino en una tierra sin sol?)
Según mi primo (mi guía, mi amigo), no te queda más remedio que volver a por tu "chute" de Granada, si quieres seguir viviendo.
Creo que por eso he vuelto.
Por el olor de los arrayanes.
Por el murmullo del agua.
Por mi dosis de veneno.
Y seguiré volviendo...