Mi vieja cámara de fotos es mucho mejor que la nueva.
No es que la nueva no me guste. Está bien eso de la inmediatez, y que ocupe tan poco espacio, y las fotografías son de buena calidad.
Pero la cámara vieja se adapta a mi mano con suavidad, casi con dulzura. Prolonga mi ojo hasta un punto insospechado de luces y sombras.
Con lo grande que es, no molesta. No se siente de una forma artificial, si no como una prolongación prodigiosa de mí misma. Un añadido artificial a mi memoria.
Mucho más que un ojo, mucho más que un recuerdo. Mi cámara vieja capta incluso lo que yo mima no puedo ver.
La luz repleta de vida de principios de primavera.
Los colores ocultos de las cosas.
Los rastros de personas en la pelicula sensible, sombras, huellas de lo que realmente son.
Me ha acompañado en todos mis viajes, mi vieja cámara.De Turquía a Madrid, de los Fiordos a París, de la Bretaña de Merlín a la Itaca de Ulises. Colgada del hombro, un peso familiar cuando estoy lejos de casa, una sensación cómoda y suave, como un beso en la palma de la mano.
(Hoy he vuelto a sentir su peso, fotografiando un día dorado, una montaña mágica, un millón de violetas. Hoy he descubierto en su ojo las cosas que se ocultan al mío. Hoy he vuelto a viajar sin salir de casa)