Día raro. Día triste. Pero no sé porqué.
Y, a la vez, no es triste. Esta mañana hacía calor de primavera adelantada, y el cielo tenía ese color imposible. Ahora hace frío, y unos nubarrones negros tapan las montañas que ocupan mi horizonte.
He estado paseando con Potter hace un rato, aunque el aire cortaba como un cuchillo, y olía a nieve (no creo que nieve otra vez, por eso). Me he entretenido mirando a mi gato cazar bichos, piedras y hojitas. Y eso me ha quitado un poco de esa tristeza rara que tengo hoy encima.
Ahora Potter duerme a mi lado, mientras escribo esto, en una silla con un cojín rojo. De vez en cuando alarga su patita blanca para tocarme, o ronronea en sueños. Creo que se ha sentado aquí para evitar que vuelva la señora tristeza: "Largate de una vez, pesada, tan gris y aburrida, tan pegajosa que no hay manera de deshacerse de tí si no es con mi lengua áspera de gato. Deja en paz a mi María, que si no, no va a querer sacarme más a la calle, ni darme jamón dulce, ni hacerme mimitos. Largate bien lejos, vieja pesada, vieja gris, vieja pegajosa, y no vuelvas mientras yo esté en esta casa."
Eso es lo que dice Potter, ronroneando a mi lado.