El ultimo día en Paris estuvimos en Montmartre.
Quiero decir que VOLVIMOS a Montmartre.
Fuimos a despedirnos (más bien un "hasta luego")
En la Place du Tertre llovían florecitas blancas, que cubrían de nieve cálida los cuadros de los artistas callejeros.
Mientras la compañera de viaje que nos salió rana se hacía un retrato, mi amiga viajera y yo nos sentamos a tomar un refresco en la terraza de la Mere Catherine, con sus mantelitos de cuadros rojos y sus recuerdos viejos de artistas y sueños sin cumplir. A los pies de la primera Comuna de Paris. Nos hicimos amigas del camarero y lo invitamos a unos caramelos.
Llevabamos toda la tarde recorriendo las callejuelas empinadas de este pueblo-república independiente.
Montmartre es otro mundo en plena Ciudad Luz. Con geranios en las ventanas, y un viñedo comunitário en el centro, y un cabaret que es una casa de campo rodeada de enredaderas y árboles (el de la foto, el Lapin Agille). Con calles adoquinadas, y casas antiguas enredadas de verde, y un cierto y persistente olor a absenta.
Bueno, lo reconozco. No se si olía realmente a absenta o me dejé llevar por la imaginación. No es muy difícil dejarse llevar por la imaginación en Montmartre.
Y luego nos fuimos.
Y aún quiero volver.
Y quedarme.
No ví el Moulin de la Gallette.
No estuve en el museo de Montmartre.
No tuve tiempo de perderme absolutamente en el laberinto de calles adoquinadas y geránios. Así que volveré.
No me queda más remedio...