Día y noche.
No ha parado de nevar desde ayer.
Al mirar por la ventana me siento protegida por esta lluvia blanca, silenciosa, como en una bola de cristal, como esas bolas que tienes que sacudir para que nieve.
Bueno, hoy no hace falta sacudir nada.
La nieve sigue cayendo, suavemente. Acumulandose alrededor en pequeños montículos, tapando los caminos y las hierbas, tapando piedras y árboles. Una invasión fría y callada.
Un mundo de nieve.
Un mundo perfecto.
Nada tapa mejor la fealdad que un manto de nieve blanca. Nada brilla tanto como la nieve virgen.
Ya está anocheciendo, pero la luz blanca de nieve aún lo llena todo.
Haciendome sentir de nuevo como una pequeña missdelirio.
De pequeña, lo mejor de los días de nieve era poder pisar la primera un camino de nieve virgen. Luego jugaba hasta que los guantes se quedaban empapados y los dedos estaban llenos de sabañones.
Nunca me ha importado demasiado el frío. No sé porque. Me gusta. Sobre todo el frío de nieve. Tal vez porque ya tengo suficiente fuego dentro. Vete a saber...
No es que nieve muy a menudo por aquí. Eso lo hace aún mejor.
Aunque a Potter no le gusta mucho la nieve.
Ha salido un momento, se ha escondido debajo de la mesa de jardín, y ha empezado a maullar desesperado hasta que hemos abierto la puerta.
Ahora duerme.
Nada agota tanto como las cosas nuevas. Y si lo que es nuevo además es nieve, aún más.