Dije mañana y ya es pasado mañana, pero no importa.
Sea como sea, aquí está Dublín. Dublín hace unos años ya...
Pero está aquí.
Como el primer día.
Cuando llegué, lo primero que pensé fue que no parecía una capital. Dublín, grande, un poco caótica, contaminada, sigue teniendo un ligero aire de pueblo grande. No hay grandes bloques de pisos, o yo no los ví, nada de esas torres de vidrio y metal que afean tanto las ciudades.
Calles adoquinadas, casitas bajas de estilo inglés, hermosos edificios georgianos...
Dublín es la ciudad de las puertas. Puedes recorrerla de arriba a abajo solo mirando puertas. Puertas de colores, con llamadores dorados y vidrieras redondas. Hermosas puertas a mundos anclados en el pasado, alegres puertas de tiendas y pubs. Acogedoras puertas que atravesar. Creo que eso dice mucho del carácter dublinés.
Dublín también es la divertida ciudad de los pubs. No es un tópico irlandés. Están en cada esquina, con interiores oscurecidos por una neblina de palabras y música. Y el Temple Bar es el barrio adoquinado, retorcido y alegre donde más pubs, bares y cafés se concentran. Me reí mucho en Temple Bar. En las tiendas de segunda mano, en el café italiano que solo tenía una mesa grande, en el puestecito de salchichas de estilo hindú (mi hermana se la pidió al curry y casi no se la puede comer. Creo que todavía le pica la lengua...).
Dublín también es la ciudad de la historia. De los museos y el arte. En el National Museum vimos el más hermoso arte celta, joyas, relicarios, cálices, esculturas... el auténtico tesoro de Irlanda. Y en el Trinity College, otro tipo de tesoro. El tesoro de las palabras, el de la sabiduría, el tesoro de la belleza. Libros iluminados, retorcidas letras capitulares. Textos repletos de maravillas, los animales y personajes fantásticos se entrelazan entre las letras formando tejidos de luz en cada página del Libro de Kells...
Dublín es también la ciudad de los cuentos. La ciudad de las leyendas y los mitos. Mitos vikingos en su fundación, mitos celtas, mitos sencillamente dublineses. Joyce es un mito, con toda la gente que sigue en procesión el camino de su Ulises en busca de Itaca. Wilde también es un mito, su estatua tendida mirando la ciudad en que nació. Y Molly Malone, la vendedora de pescado, que conducía su carreta por las callejas oscuras de la ciudad, gritando: "cockles and mussels, alive, alive, oh!". pobre Molly, murió de unas fiebres, pero su fantasma aún recorre el viejo Dublín pregonando su mercancía. Hay una estatua de bronce de Molly en Dublín, y la gente aún canta su historia en los pubs. Me pregunto porqué tanto interés en una pescadera... pero así son los dublineses. Y algo tenía esa Molly para acabar siendo un símbolo de la ciudad.
Dublín es muchas cosas.
Suburbios obreros y tristes.
Recuerdos dolorosos de la dominación inglesa.
Un corazón verde en Saint Stephen's Green.
Una cinta de agua grisacea que divide en dos la ciudad: el Liffey, poblado de gaviotas.
Los puentes que lo atraviesan: O'Conell's Bridge, caotico, tumultuoso, superpoblado, y el Ha'penny Bridge, ligero, romántico, curiosamente amado...
Dublín es un lugar al que volver. El primero de mi lista.