Ya se que doy rábia.
Que vaya morro tenemos los profes ¿verdad? (aunque ya puede levantar el dedo el que se pase la mitad de las vacaciones preparando el curso que viene...)
Pero rábias a parte, aquí están las vacaciones.
El verano que tánto me gusta, que siempre me ha gustado.
Todas las estaciones tienen algo que las hace especiales.
Los colores del otoño, que deja los bosques pintados de fuego...
El invierno que deja desnudas las ramas, que empalidece los días y adormece el mundo...
La primavera, pura luz, pura alegría, pura vida...
Pero para mi el verano siempre ha sido libertad.
Empezando por la ropa, que se vuelve ligera y alegre después de la pesadez obligada por el frío.
Y el tiempo, que de pronto es largo, interminable, elástico, que te deja hacer todo, o nada, si eso es lo que deseas.
Y el curioso aroma a recuerdos que todo lo impregna. La resina caliente de los pinos, el romero, la sal, hasta la crema protectora, todo huele a infancia, a tiempos mejores, a aire libre y a libertad.
En verano me vuelvo a sentir eterna.
Como cuando de pequeña y me tumbaba en la hierba, debajo de la encina, a ver los rayos de sol que se colaban entre las hojas oscuras.
Todos hemos sido inmortales en algún momento de nuestras vidas. Felizmente ignorantes del paso del tiempo, del futuro, del "ya lo sabrás cuando seas mayor".
Conozco a gente que dice que el verano es demasiado largo, que cuando eran pequeños se aburrían de tántas vacaciones y estaban deseando volver al colegio, deseando seguir adelante, deseando crecer.
A mi nunca me pasó eso. El verano ha sido siempre mi Isla de Nunca Jamás, un lugar perfecto e inmutable, un sitio en el que refugiarse cuando no quieres crecer. Una tierra de aventuras, de juegos, de libertad.
El verano nunca fue lo suficientemente largo para mi. Siendo eterno, a mi verano le faltaban días, a mis días les faltaban horas.
La eternidad se acaba siempre demasiado pronto.
Pero aún así, incluso ahora, no puedo evitar sentirme un poco inmortal, cuando llega el verano...

Ya tenía la cabeza en la luna y la nariz metida en un libro.
No son tres árboles creciendo juntos. Es uno solo. Cuando yo tenía cuatro años, esto era solo un barranco, y tuvimos que rellenar con tierra para poder hacer algo más que andar a cuatro patas.
Todas las heridas acaban por cicatrizar.
Y miro las hormigas que lo recorren en fila, o los petirrojos que anidan arriba, o, simplemente, dejo que mis pensamientos se vayan volando, hacia arriba, sobre las ramas, persiguiendo a una pareja de cuervos o a aquellas mariposas amarillas...
Arriba. Más arriba. Perdida en el laberinto de las ramas de la encina de tres troncos...
Y la Laguna de las sirenas...
Y todos y cada uno de los rincones de la mente maravillosa que supo crear este cuento.
















Sigue oliendo a pólvora. Siempre me ha gustado ese olor. Me hace pensar en muchos otros principios de verano. En la promesa de unas vacaciones eternas.
Y aquellos cohetes altos, como flores, como palmeras, como lágrimas en el cielo nocturno.



Solo soy yo.
Soy Maria.
Soy como soy.
Soy como no soy.
Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta.
Soy lo que quiero, y lo que odio.
Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras.
Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo.
Escribiendo desde el cielo de mi boca...
Y desde mi casa en el árbol.



