La Coctelera

Categoría: Pequeños delirios

2 Julio 2008

Ya se que doy rábia.

Que vaya morro tenemos los profes ¿verdad? (aunque ya puede levantar el dedo el que se pase la mitad de las vacaciones preparando el curso que viene...)

Pero rábias a parte, aquí están las vacaciones.

El verano que tánto me gusta, que siempre me ha gustado.

Todas las estaciones tienen algo que las hace especiales.

Los colores del otoño, que deja los bosques pintados de fuego...

El invierno que deja desnudas las ramas, que empalidece los días y adormece el mundo...

La primavera, pura luz, pura alegría, pura vida...

Pero para mi el verano siempre ha sido libertad.

Empezando por la ropa, que se vuelve ligera y alegre después de la pesadez obligada por el frío.

Y el tiempo, que de pronto es largo, interminable, elástico, que te deja hacer todo, o nada, si eso es lo que deseas.

Y el curioso aroma a recuerdos que todo lo impregna. La resina caliente de los pinos, el romero, la sal, hasta la crema protectora, todo huele a infancia, a tiempos mejores, a aire libre y a libertad.

En verano me vuelvo a sentir eterna.

Como cuando de pequeña y me tumbaba en la hierba, debajo de la encina, a ver los rayos de sol que se colaban entre las hojas oscuras.

Todos hemos sido inmortales en algún momento de nuestras vidas. Felizmente ignorantes del paso del tiempo, del futuro, del "ya lo sabrás cuando seas mayor".

Conozco a gente que dice que el verano es demasiado largo, que cuando eran pequeños se aburrían de tántas vacaciones y estaban deseando volver al colegio, deseando seguir adelante, deseando crecer.

A mi nunca me pasó eso. El verano ha sido siempre mi Isla de Nunca Jamás, un lugar perfecto e inmutable, un sitio en el que refugiarse cuando no quieres crecer. Una tierra de aventuras, de juegos, de libertad.

El verano nunca fue lo suficientemente largo para mi. Siendo eterno, a mi verano le faltaban días, a mis días les faltaban horas.

La eternidad se acaba siempre demasiado pronto.

Pero aún así, incluso ahora, no puedo evitar sentirme un poco inmortal, cuando llega el verano...

2 Junio 2008

Cuando yo era una pequeña Mariadelirios...

Ya tenía la cabeza en la luna y la nariz metida en un libro.
En fin.
No cambiamos tánto como creemos.
Espero...

21 Marzo 2008

Está en la parte de atrás.
La parte de atrás de los sitios es como la parte de atrás de las personas, donde están las cosas ocultas, nuestros cuartos trasteros llenos de recuerdos, de ideas perdidas, de cuentos por escribir.
La parte de atrás siempre está un poco desordenada. Las cosas se acumulan sin orden ni concierto, las hierbas crecen salvajes, y hay flores que no veiamos desde que eramos pequeños.
En la parte de atrás de mi casa crece la encina de tres troncos.
Al lado del columpio oxidado, el que solo se usa en verano.
Es verdad. Miradla.

No son tres árboles creciendo juntos. Es uno solo. Cuando yo tenía cuatro años, esto era solo un barranco, y tuvimos que rellenar con tierra para poder hacer algo más que andar a cuatro patas.

Recuerdo las raices de la encina, cómo se retorcían sobre la roca, y como los tres troncos subían en busca del sol.

Era mucho más pequeña, entonces.

Bueno, yo también lo era.

Me gustaba jugar a los náufragos en la encina de tres troncos. Estaba rodeada de hierba verde, que era la tierra firme. La tierra era el mar. Y la encina de tres troncos, mi casa de Robinsona de los Mares del Sur. Nadie más que yo podía entrar en aquella isla encantada de la parte de atrás de mi casa...

Antes de tener el columpio oxidado, colgamos una cuerda con un cojín viejo de una de sus ramas. Más tarde, mi padre me construyó una cabaña sin paredes en otra de las ramas, donde me gustaba sentarme a leer en las tardes eternas de verano.

La encina de tres troncos se convirtió en mi compañera de juegos y aventuras. Un personaje más de los cuentos que me contaba a mi misma, o a mis hermanos, cuando querían escucharme...

A pesar de las heridas, a pesar de las ramas rotas por el peso de la nieve o por algún gusano impertinente, siempre ha estado ahí, en la parte de atrás...

Todas las heridas acaban por cicatrizar.

Eso me lo enseñó ella, la encina de tres troncos.

Me sigue enseñando cosas, cada día. Aunque ya no juegue a su sombra, allí sigo soñando. Leyendo, escribiendo, dibujando.

Me da paz.

Me da cobijo. Hay algo paciente y tranquilo en ella.

He conocido árboles nerviosos, vivaces, tristes, incluso enfadados.

La encina de tres troncos solo me transmite calma. Ensueño. Seguridad.

Es una amiga firme, y fuerte. Es acogedora, mi isla, mi aventura, mi tronco al que agarrarme cuando todo tiembla.

Uno de los tres troncos de la encina está inclinado de manera que resulta perfecto para apoyarse en él, abrazando y sintiendo a la encina, su vida, y las de las muchas criaturas que viven en ella.

Las hormigas y los pájaros, las ardillas y las arañas.

Y ella.

Muchas veces, aún, me apoyo en el tronco inclinado, solo a sentir su aura...

Y miro las hormigas que lo recorren en fila, o los petirrojos que anidan arriba, o, simplemente, dejo que mis pensamientos se vayan volando, hacia arriba, sobre las ramas, persiguiendo a una pareja de cuervos o a aquellas mariposas amarillas...

Arriba. Más arriba. Perdida en el laberinto de las ramas de la encina de tres troncos...

8 Marzo 2008

Seguramente habrá muchos que me tachen de infantiloide, pero os presento mi libro favorito.

Debo conservar aún mucho de la niña que lo leyó por primera vez, hace tanto tiempo. Mucho más de lo que creía.

Lo vi, en una librería de viejo, así, como lo veis arriba. Una edición original de 1911. En inglés (hace tiempo que quería ver a Peter en el idioma que le dio la vida).

En la portada verde, gravados en oro, me miraban Peter y las sirenas, el cocodrilo y las hadas. En el lomo, el viejo Capitán Garfio.

Creí que me llamaba. No es una figura poética, no es una metafora. Creo que le oí murmurar mi nombre, al pasar por su lado. No fue el libro. Fue Peter.

Estaba en un montón, entre otros muchos libros, bastante menos interesantes (por lo menos desde mi punto de vista). no se porqué levanté el montón. No se porqué miré allí precisamente, y no en otro sitio. No creo en la casualidad. Creo en la magia. Y hubo mucha más de la que pensé nunca, en aquel gesto.

Ahí estaba el libro. La tapa verde, las letras doradas. Un libro leido y releido, con las hojas amarillentas y ese olor único a bibliotecas viejas. Lo abrí por la primera pagina y el corazón se me disparó involuntariamente. Escrito a mano, estaba el nombre de su anterior dueña. Honoria Bacon, de Indianapolis. Se lo regaló Theodoric Baker en Julio de 1922.

Eso solo ya lo convierte, para mi, en un objeto de un valor incalculable. El valor que tienen las buenas historias. El valor de esa niña, y de el hombre que le regaló un libro mágico, hace tanto tiempo. Sus vidas, sus sueños. Y la vida de este libro, que ha dado tantas vueltas, que ahora está en mis manos...

Porque me lo compré. No tan caro como imaginaba. No se si es porque el lomo estaba un poco roto, o por estar tan usado, o por las letras de la primera pagina, pero me salió por el mismo precio que un buen libro moderno.

Un tesoro por el precio de un libro.

Pero es que un libro es un tesoro.

Y aún más un libro con historia, un libro leido y releido, un libro amado, un libro vivo.

Al llegar a casa lo abrí con el mismo cuidado con que levantas el pétalo de una flor para ver ala criatura que se esconde debajo.

Y me encontré la historia que tanto quiero, y unas ilustraciones maravillosas. Vi la Isla de Nunca Jamás como siempre la había imaginado...

Y la Laguna de las sirenas...

Y todos y cada uno de los rincones de la mente maravillosa que supo crear este cuento.

Y los rincones y resquicios y secretos de la niña que una vez fui. De la pequeña missdelirio que, reconozcamoslo, aún no ha sabido encontrar el camino de vuelta de Nunca Jamás...

16 Febrero 2008

Pues para esto.

Ayer estuvimos trabajando a Picasso en clase (a ver si la mami de Susana entiende como se nos ha ocurrido llevar a los niños al museo)

Miramos un libro de dibujos del pintor, y cada vez que pasaba la página, mis pequeños monstruitos soltaban gritos de entusiasmo.

Loli, trasto como es ella, inquieta, incapaz de mantener la atención cinco minutos seguidos, observaba los dibujos con los ojos brillantes. Cuando acabamos de verlos me dijo: "A mi me gustan mucho, porque son como los que hago yo".

Y tenía razón.

Luego escogimos dos de los dibujos, estos:

Y los copiamos todos juntos.

Y, atención señoras y señores, he aquí los resultados, obra de una clase de educación infantil de cuatro años:

Me encanta como, siendo copias, cada uno de ellos ha sabido darle su propia personalidad, su caracter diferente, un poquito de sus almas de cuatro años.

Estaban tan entusiasmados que reían a carcajadas, y les pregunté si querían hacer sus propias caras inventadas "como Picasso".

Por supuesto que querían. ¿Quién no?

Repasamos los colores que habíamos utilizado, les hice ver que Picasso no pintaba las cosas como eran, si no como a él le gustaban, vimos qué tipo de líneas habíamos usado, y nos pusimos manos a la obra.

¿Y pa qué vamos a ir al museo Picasso?

Son demasiado pequeños.

Os presento, ahora si, las obras únicas y personales de mis pequeñajos:

La de Stephan.

La de Irene.

La de Yovana.

La de Juan Antonio.

Y la de Loli.

Y, mientras miraba trabajar a mis pequeños artistas, no pude evitar recordar lo que decía el propio Picasso:

"Cuando era niño dibujaba como Rafael. Me ha costado toda la vida aprender a dibujar como un niño."

3 Diciembre 2007

Tengo un secreto.
Un secreto inconfesable.
Un secreto vagamente hortera, ligeramente kistch.
No, que va. No es hortera. Es un secreto infantil. Culpa de los sueños de una pequeña missdelirio que todavía anda por alguna parte.
La mini-mariadelirios que soñaba con irse a Nunca Jamás. La que quería vivir en un mundo perfecto, en una casita con buhardillas y misterios donde nevase por navidad.
La pequeña mini-yo se dedica a coleccionar bolas de cristal.
La primera fue hace mucho, y por culpa de mi madre, que me la regaló. Ahora que lo pienso, no valía gran cosa. Era una semi-esfera de plástico, y dentro, en su particular universo nevado, estaba Mamá Cabra y sus cabritillos, y el Lobo Feroz detrás de un abeto.
Se rompió.
Hace mucho.
Pero me dejó las ganas de pequeños mundos nevados bajo esferas de cristal.
Así que, de vez en cuando, compro una.
Casi todas pequeñitas y baratas. La mayoría por navidad.
Está la borrosa con el muñeco de nieve y muy poca purpurina.
Está la del hada, que tampoco tiene mucha nieve.
Está la del cesto de flores que también me regaló mi madre.
Está la minúscula casita de Papa Noel.
Está Campanilla.
Y están las tres más grandes, que me pude comprar cuando empecé a cobrar (una por navidad, deauto-regalo).
El Papá Noel musical y naïf...

La casita en la tormenta de nieve en la que siempre quise vivir...

Y ahora, un paseo en trineo, entre abetos y árboles desnudos, al ritmo de una música de campanillas, en la noche de navidad...

Que queréis...
Siempre he sido una Mariadelirios.
Siempre he querido vivir en una bola de cristal.
Nunca he dejado de ser una soñadora...

24 Junio 2007

Que tristeza más tonta...
Tristeza San Juanera, tristeza de verano.
Que tontería se tristeza, a estas horas de la noche (noche recién llegada, la segunda noche más corta del año).
Me he acordado de las hogueras, del fuego naranja brillante con las puntas azules que iluminaba los solsticios de mi infancia.



Ahora apenas hay hogueras.
Aquí, donde vivo ahora, ni una. Es el precio a pagar por vivir al lado del bosque, y por eso no me importa.
Pero anoche me pasé por el viejo barrio, y no había hogueras.
De pequeña, los niños de la escuela nos peleabamos por ver de quién era la hoguera más grande.
Mi colegio estaba en medio de un descampado. Había más descampados parecidos, en el viejo barrio, y en cada uno aparecían en los días previos a San Juan pequeñas montañas de desechos, muebles viejos, trastos inútiles queen la noche del solsticiose convertirían en mágicas flores de fuego.
Hasta los tristes e insalubres descampados parecían otra cosa. Durante el resto del año estaban sembrados de jeringuillas usadas, de excrementos de perro, de hierbajos tristes. Poco antes de San Juan se limpiaban, para los niños y las hogueras. Y por la noche descubrías que el reseco descampado de alrededor de la escuela se había convertido en algo parecido al país de las hadas.
Ahora algunos de esos descampados se han convertido en preciosos parques. Otros se han usado para construir equipamientos para el barrio. Un centro cívico, un casal para la tercera edad, una biblioteca. No sabéis lo que ha cambiado mi viejo barrio desde que yo era pequeña (habrán sido los sociatas rojos y masones que nos gobiernan desde hace tantos años).
Está muy bien.
Pero ya no se pueden hacer hogueras. Queda muy poco descampado, y creo que los padres de los niños que ahora deberían amontonar trastos viejos tienen un poco de miedo. Aunque no se de qué concretamente...
Siguen ahbiendo petardos y cohetes. Sigue oliendo a pólvora. Siempre me ha gustado ese olor. Me hace pensar en muchos otros principios de verano. En la promesa de unas vacaciones eternas.
Y eso que a mí no me gustaban los petardos, de pequeña. Nunca me han gustado los ruidos fuertes, no les veía la gracia por ninguna parte. Pero me encantaban las bengalas que me encendía mi padre, hacer dibujos con ellas en el aire. Y las fuentes luminosas de chispas doradas, que iluminaban la cara de la gente de una forma extraña y cambiante. Y aquellos cohetes altos, como flores, como palmeras, como lágrimas en el cielo nocturno.
Igual que los de la fiesta mayor. El anuncio del verano...
Pero ahora me ha agarrado esta tonta tristeza, y no se que hacer con ella. Ni con ese puñado de recuerdos con olor a pólvora.
Así que me limito a escribirlo aquí. Y mañana será otro día...

5 Mayo 2007

Los sueños son pequeñas cositas extrañas.
Ya habéis leído, supongo, aquello de los peces pájaro, y el árbol guardería, y el armadillo...
Pocas veces recuerdo algo más.
Cuando acabo de despertar, suelo recordarlo todo, claramente, luminoso y brillante, como un cuadro recién pintado.
La luz del sol acaba siempre por hacerlos desaparecer. Como mucho, me quedan pedazos sueltos, retazos de colores, o trocitos desvaidos que acaban por deshacerse, y solo dejan esa mancha brillante e indefinida en el suelo.
La mancha de un sueño...

Mis hermanos recuerdan a menudo sus sueños. O eso dicen. Incluso hacen competiciones de sueños absurdos. A ver quien sueña la tontería más gorda.
Yo no. Ya lo he dicho: pocas veces recuerdo mis sueños.
Recuerdo vagamente el de los peces. Recuerdo el color. Poco más.
Recuerdo soñar, hace mucho, que era una bruja.
En otro sueño, creaba el mundo. Y nunca me he sentido más poderosa.
Hay otro sueño por ahí de dos niñas y un mundo bosque, que otro día os explicaré.
Y poco más.
Pero hay algo que no es un sueño.
Pero es.
Y quiero que lo sepáis.
Cuando yo era pequeña, debajo de mi cama había un monstruo.
Nunca lo ví, pero no cabe la menor duda: cuando yo era pequeña, debajo de mi cama había un monstruo.
Comía pies.
Era un poco tonto, y creo que tenía un aspecto parecido a una pelusa gigante, aunque no lo puedo asegurar.
Ya he dicho que era un poco tonto. Si veía unos pies calzados no sabía lo que eran. Por eso, mientras no te quitases los zapatos y los calcetines no había ningún peligro.
Así que eso era siempre lo último que me quitaba, antes de ir a dormir. Mi madre me regañaba al verme con los zapatos por encima de la cama, pero es que ella no sabía que debajo de mi cama había un monstruo.
De manera que nunca me comió un pie. Ni tan solo un dedito. Pero ahí estaba.
Supongo que allí se quedó, bajo mi cama infantil, cuando yo era solo una pequeña missdelirio. Supongo que aún está esperando que vuelva.
A veces lo echo de menos. Me hacía compañía. Me ayudaba a dormir mejor. Nunca le tuve miedo...
Era bastante tontorrón. Siempre se quedaba con hambre, y se tenía que conformar con las pelusas de debajo de la cama, y con algún pie de muñeca.
Añoro el saber de su presencia enorme y peluda.
Añoro su respiración rasposa y tranquilizadora...
Aunque juraría que la otra noche, justo cuando me deslizaba en ese lugar extraño que hay entre el sueño y la vigilia, allí donde todo se vuelve real, algo empezó a arrastrarse por debajo de mi cama.
Creo que mi oscuro Señor de los Sueños es quién me lo ha traido de vuelta.
Por si acaso dormiré con los calcetines puestos...

(Dulces sueños...)

Sobre En el cielo de mi boca

Solo soy yo. Soy Maria. Soy como soy. Soy como no soy. Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta. Soy lo que quiero, y lo que odio. Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras. Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo. Escribiendo desde el cielo de mi boca... Y desde mi casa en el árbol. MySpace Layouts

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(Obra de Selina Fenech, en www.selinafenech.com) Banniere J-B. Monge My Flower