¿Y cuando recuperarán la tierra sus habitantes más antiguos?
¿Cuándo será un nativo americano presidente de su país?
Ya se que suena un poco a desvarío, pero hace días que lo pienso, hace días que mi cabeza no deja de preguntarme cosas que yo misma no le puedo responder.
Y no se como sentirme ante la victoria de Barack Obama.
Políticamente hablando no quiero pecar de ingenua.
Obama es, simplemente, demócrata. Lo que lo hace solo ligeramente más progresista que si fuese republicano. Aunque, desde luego, no será difícil que su actuación sea mejor que la de Bush hijo y padre y espíritu santo juntos.
Cualquier cosa sería mejor que eso.
Espero estar equivocada. Espero que Obama sea realmente la luz que todos ven en él. Ojalá que cambie realmente las cosas.
Porque, queramos o no, todo lo que pasa en el país más poderoso del mundo nos afecta profundamente. Y, por lo general, no pasan muchas cosas buenas. Racismo, desigualdades sociales, guerras, pena de muerte, capitalismo salvaje.
Los pobres más pobres del mundo están en la tierra de las oportunidades. El país de la libertad…
Pero yo no quería hablar de política. No es de eso de lo que va este artículo. Ni tan solo la elección de Barack Obama va de eso. No del todo.
Se trata del paso gigantesco y diminuto a la vez, que significa ver a un presidente negro en la Casa Blanca. En uno de los países más racistas del mundo.
Se trata de las lágrimas del reverendo Jackson.
Se trata de Ann Nixon Cooper.
Se trata de ver como empieza a cumplirse aquel sueño que tuvo Martin Luther King antes de que lo mataran.
Pero solo es el principio del sueño. Tal vez no llegue a realizarse nunca del todo.
No mientras Leonard Peltier siga en prisión.
No mientras la esperanza de vida de un nativo americano hoy en día sea aún de unos cuarenta y pico años.
No mientras existan las reservas, todavía, ghetos olvidados del mundo, feudos de pobreza, de desesperación y miseria.
No mientras las tasas de suicidios, alcoholismo y depresión en las reservas sigan siendo tan altas.
Mientras siga existiendo esa pena gris que les atrapa.
Mientras se siga negando y olvidando su existencia.
Ni tan solo aparecían en las encuestas de intención de voto.
El presentador dijo algo así como que aquellos eran los resultados de intención de voto entre las minorías estadounidenses. Allí estaban los negros (que estupidez políticamente correcta eso de “afroamericanos”). Los hispanos. Los asiáticos.
Pero no estaban ellos.
Nadie sabe que votaron, si es que votaron algo, si es que pudieron votar.
Como siempre, silenciados. Disminuidos. Reducidos a sombras de lo que fueron. Su cultura, sus costumbres, su lengua y sus tradiciones…
Su tierra.
¿Dónde está la tierra que fue su madre, y la nuestra?
¿Debajo del cemento, de las ciudades blancas, de la sangre, que es igual de roja bajo cada piel?
¿Dónde se ha quedado la Isla de la Gran Tortuga?
¿Se la podrá devolver Obama?
¿Liberará Obama a Leonard Peltier?
¿Les dará un mínimo de dignidad?
Y después…
Cuando ser presidente de Estados Unidos y negro ya no sea una novedad…
¿Habrá entonces un presidente indio?
Un presidente que sea verdaderamente americano.
Yo no lo se.
Solo se que, una vez, también tuve un sueño.
Soñé que volvía a crear el mundo.
Nunca me he sentido más poderosa que aquel día.
Era algo así como una diosa madre.
Desaparecía el cemento, y la pena gris, y con solo pensarlo era capaz de hacer brotar bosques, y praderas. Podía crear ríos, lagos, montañas.
Aquí está lo que escribí al día siguiente:
“Estaba en América. La de ahora. La del "God bless America" La fea y árida América. En mi sueño, la civilización había acabado con ella. Solo podía ver tierra quemada y grandes muros de cemento medio derruidos. Pero yo sabía que era América.
Y, al mirar hacia el horizonte, en mi sueño se formó la Isla de la Gran Tortuga.
Ahora que ya no quedaba nada de América, volvía el paraíso perdido, aquel por el que se bailó la Danza de los Espíritus.
Se formaba ante mis ojos. Siguiendo el ritmo de mis pensamientos. Pensé los bosques profundos de árboles milenarios, y allí estaban los bosques. Pensé las grandes praderas, las manadas de búfalos, el aire de libertad, y allí estaban. Pensé montañas nevadas, y ríos como cristal helado, y tierras vírgenes, y aparecieron ante mis ojos. Pensé el pueblo primigenio, los poblados, de adobe en el sur, de troncos en el norte, los campamentos de caza con tiendas pintadas, los tótems sagrados en las puertas de los hogares indios, y la Isla de la Gran Tortuga fue habitada.
Pensé el mar.
Primero era gris, brumoso.
Luego decidí que, puestos a pensar, puestos a crear, ¿porqué no darles un mar azul turquesa, como los de las islas piratas?
Así que el mar fue azul. Y también el cielo.
Y nunca me había sentido más poderosa.
Capaz de crear mundos.
No. Capaz de devolverlos a la vida.
En mi sueño hice visible lo invisible.”
Ahora quisiera ser capaz de hacer algo así realmente.
No creo que Obama pueda.
Pero me gustaría ver como lo intenta, por lo menos.
Y me encantaría estar presente el día en que los Hijos del Sol entren en la Casa Blanca…
(Mitakuye Oyasin: todos estamos emparentados)