Teníamos veinte años y éramos un par de tontos.
Cosa que no quiere decir, para nada, que todos los que tienen veinte años sean tontos, que nadie se me enfade. Pero entonces, hace ya quince años, yo lo era, y mucho.
Y él también, ahora estoy casi segura. Si solo la mitad de lo que pasó era verdad, y no imaginaciones mías...
Desvarío, como tantas veces. Me cuesta más de lo que pensaba escribir sobre esto. Explicar lo tontos que podemos ser a los veinte años. Y hacerlo público. Eso si que me está costando. Pero quiero hacerlo.
Teníamos veinte años y éramos tontos. De remate.
Ya lo conocía de antes. Íbamos al cole juntos. Él era un año mayor (así que no era un tonto de veinte años, si no de veintiuno). Tenía un amigo muy guapo, y cuando me llegó la edad del pavo (que todos la hemos tenido, no disimuléis) muchas veces me esperaba en la entrada para verlo salir. Al guapo. Pero él siempre estaba a su lado, así que aprendí a conocerlo de lejos, sin darme cuenta.
Un día, cuando volvía a casa con mis amigas, apareció corriendo por detrás y me golpeó fuerte en la espalda.
Y eso es todo. No recuerdo nada más de él en esos años pavos que todos tenemos. Apenas su nombre, que tenía un amigo muy guapo y que era un poco bruto (como la mayoría de niños de catorce años, me temo).
Luego llegaron los horribles años de instituto y no volví a pensar ni un solo segundo en él, ni en su amigo guapo.
Más vale correr un tupido velo sobre esos años. Para la mayoría de la gente están llenos de buenos recuerdos. Yo prefiero olvidarlos.
Después llegó la universidad, y la cosa mejoró bastante.
Y fue entonces cuando volvió. Sin su amigo el guapo (la verdad es que no había vuelto a pensar en el guapo hasta que no me he puesto a escribir esto).
Compartía coche con una amiga, y un día me dijo que un vecino suyo vendría con nosotras también. Se rió mucho al verme. Me recordaba.
Lo cual, ahora que lo pienso, es bastante curioso, teniendo en cuenta lo que nos conocíamos...
Digamos que empezamos de nuevo. Sin el pavo de los catorce años. Ya no era ningún bruto (quizás no lo fuese nunca).
Me sorprendió encontrar en él una de las personas más estupendas que he conocido nunca. Era divertido, bueno, generoso y alegre.
Era uno de los mejores amigos que había tenido hasta entonces.
Nunca fue particularmente guapo (ya he dicho que el guapo era otro). Alto, delgado, moreno, con un aire un poco desgarbado y la nariz de una forma bastante curiosa, lo que le daba un aspecto gracioso y tierno a la vez.
Pero cuando sonreía, siempre conseguía iluminarlo todo. Te podías sentir la persona más importante del mundo, si aquella sonrisa era para ti.
Fue para mí más de una vez.
Solo para mí.
Que importante me sentía cuando me miraba llenándolo todo con la luz de aquella sonrisa...
Hace unas semanas me volví a encontrar con él.
Hacía ya quince años que no le veía. Aunque esta vez no puedo decir que no volviera a pensar ni un segundo en él...
Quince años es mucho tiempo. Estaba cambiado.
Lo vi venir calle abajo bajo su paraguas. Llovía bastante.
Me pareció que estaba cansado y envejecido. Me di cuenta de que tenía bolsas bajo los ojos, y más arrugas de las que recordaba, y algunas canas más de la cuenta (como si el tiempo no pasara por ti, María...)
Iba despistado. Le llamé.
Se giró. Me miró. Me reconoció.
Y sonrió.
Y su sonrisa volvió a iluminar el mundo, como hace quince años.
Borró de un plumazo las bolsas, las arrugas, las canas. Y el cansancio, la tristeza y la lluvia.
Pero eso fue todo.
Llovía. Los dos llevábamos prisa.
O tal vez los dos tontos de veinte años que aún llevamos dentro pensaron que al otro no le iba a interesar hablar de este hueco de quince años.
Por un instante pareció que pararíamos y volveríamos a hablar, como entonces, a compartir confidencias e historias, bromas y risas.
Compartimos muchas cosas, a los veinte años.
Menos de las que podrían haber sido...
Siempre fuimos un par de tontos.
No creí que me afectase tanto, algo tan minúsculo como eso. Hola y adiós. Y la luz de una sonrisa que aún tiene veinte años.
Pero desde ese día, no dejo de recordar. Cosas que fueron y que pudieron haber sido, si no hubiésemos sido tan tontos. Pequeños recuerdos dulces que te iluminan en la noche con la luz de esa sonrisa de hace quince años.
Y muchas sensaciones.
Escalofríos, y una alegría repentina e inexplicable, y un revoloteo de mariposas en el estómago sin ninguna razón aparente, y la huella que deja un aliento cálido en el cuello, o unos dedos suaves en el pelo.
Recuerdos de una caricia mal disimulada en el pelo, poco más que un vuelo de mariposas (como las que te danzan sin razón en el estómago y revolotean agitadas contra el pecho).
Recuerdos del asiento trasero del cochecito de mi amiga, de vuelta a casa, donde compartimos risas y susurros, y algunos secretos, y el aliento cálido acariciando la piel suave del cuello, y el descubrimiento de unos ojos verdes.
Recuerdos de muchos caminos juntos, cuando no podíamos compartir el coche con mi amiga. Trenes, autobuses, calles con los árboles en flor.
Por la mañana el camino solía ser silencios. Nunca me importó el silencio. A la vuelta, el vagón del tren se llenaba de palabras, de risas incontroladas, de confidencias.
Recuerdo un vagón de tren, y dos cabezas muy juntas sobre un hermoso libro de arte, compartiendo como nunca más he vuelto a compartir, como si no hubiese nadie más en el tren, en el mundo.
Solo las dos cabezas sobre el libro de arte.
Y los ojos verdes.
Y el aliento cálido sobre la piel del cuello, murmurando secretos.
Y aquella sonrisa de veinte años que podía iluminarlo todo.
Y no puedo evitar seguir recordando todas aquellas cosas que no fueron nunca. Que podrían haber sido si un hubiésemos sido tan tontos.
Los labios rozando con suavidad el cuello.
Las manos como un vuelo de mariposas superando la tímida frontera de los cabellos, buscando secretos y misterios sobre el resto de la piel.
Las palabras y los susurros compartidos hablando de deseos, de esperas, de ansiedades, de pasión y de alegría.
Los ojos verdes que solo me miran a mí, la sonrisa que solo ilumina mi mundo.
Que tontos éramos a los veinte años...
Que ganas de volver atrás y explicártelo todo.
Decirte que aún te echo de menos.
Y que el encuentro del otro día, inesperadamente, lo volvió a despertar todo. Todo lo que yo creía definitivamente muerto.
Yo, que voy de dura y cínica por la vida en lo que se refiere a las cosas del amor.
Aunque luego me emocione con una estúpida película romántica.
Me gustaría saber que me está pasando. A lo mejor es que me hago vieja.
O que no he crecido lo suficiente.
Que aún soy una tonta de veinte años, y que te echo mucho de menos.
Que ansío el roce de esos labios en el cuello. Y la sonrisa. Y volver a compartir la risa, como entonces. Últimamente, me cuesta reír.
Que tonta...
(Y ahora se me ocurre pensar que, tal vez, por una extraña casualidad, algún día llegues a leer esto, y quizás ni siquiera sepas que habla de ti. Pero también podría ser que si que lo sepas, que recuerdes esos veinte años como yo los recuerdo, y que también te sientas un poco tonto, y un poco melancólico, y un poco feliz, y un poco triste, y un poco enamorado, aunque solo sea un poquito, aunque solo sea enamorado de un recuerdo, como yo me siento ahora...)