Ha llegado un vecino nuevo. O tal vez sea vecina, no lo se.
O los dos.
No es nada raro. Siempre hay visitas, gente nueva que viene y se va, llegan con el calor y al llegar el invierno se van en busca de lugares más cálidos.
Estoy hablando de la gente pájaro, por supuesto.
Las golondrinas oscuras que revolucionan el aire al llegar la primavera, con sus vuelos locos y sus chillidos de alegría, las que hacen los nidos en los aleros y se van de pronto y te dejan sola cuando vuelve el frío.
También están los que se quedan siempre, los buhos y las lechuzas que ululan en plena noche, los ojos como lunas luminosas, mensajeros de otros mundos.
Y las urracas, que parecen sobrias, serias, pero cuando las miras de cerca puedes ver tanto su sonrisa como el brillo multicolor de sus plumas.
Y los cuervos, negros retazos de noche, pasan rozando las copas de los árboles, refunfuñando para si graznidos incomprensibles.
Pero cuando llega el invierno, cuando los árboles pierden las hojas y muestran sus esqueletos desnudos, cuando todo parece muerto, también hay gente pájaro que ronda mi jardín descuidado junto a la casa blanca.
No hay golondrinas en los cables de la luz, no hay hojas ni flores, pero los árboles desnudos parecen cubiertos de pequeños frutos vivos, pajarillos minúsculos con las plumas infladas para protejerse del frío, gorriones parduscos, carboneros, herrerillos, y los reyes del invierno, los pequeños espíritus del bosque, los petirrojos descarados con el buche ardiente, pequeñas llamas en el paisaje helado.
No se donde se meten el resto del año. Los otros si. He visto a una familia de herrerillos hacer el nido en la casita de madera que colgamos en la encina de tres troncos, hace mucho tiempo, y he visto como los volantones dejaban el nido en pleno mes de mayo. He visto gorriones entre las flores del cerezo, y carboneros bebiendo de la fuente en agosto.
Pero los petirrojos no. Llegan con el frío, se acercan y te observan con descaro, te llenan el alma de un calor de verano en pleno diciembre, y luego, cundo el calor empieza a estar también fuera, desaparecen. Y no se a dónde se van, si a lugares más fríos, para caldear el alma de otros, o si vuelven al bosque, si toman su aspecto de pequeños duendes con gorros rojos y se esconden de los ojos humanos.
Siempre me han parecido algo así como espíritus de los bosques, los petirrojos. Sinvergüenzas, divertidos, traviesos. Se posan en el mango de la pala y observan mientras arrancas hierbas, a la espera de los bichitos deliciosos que aparecerán enseguida. Te siguen a lo largo del camino, de arbusto en arbusto, sin dejar de mirarte, siempre cerca, pero lo suficientemente lejos a la vez.
Son buenos vecinos.
O Buenos Vecinos, así, con mayúsculas. Como las hadas de los cuentos antiguos y verdaderos.
Pero el nuevo vecino no es un petirrojo. Los petirrojos siempre han estado aquí.
Hace unos días que un ave enorme ronda por los alrededores, que se posa en el pino de la casa de al lado y sorprende a los pajarillos invernales con su aleteo majestuoso. Nunca la había visto por aquí. No se de donde ha salido, pero me gusta verla, una garza real de enormes alas grises.
No se que hace aquí. No se si es normal. No se si se ha perdido de camino a otro sitio.
Solo se que me gusta este nuevo vecino, y que espero que se quede mucho tiempo...
(Nota: las imagenes no son mías. Aún no he aprendido a capturar a los Buenos Vecinos con tanta claridad...)

Dicen que todos llevamos máscaras.
Una máscara de hojas y ramas que ni tan solo es una máscara, si no la imagen viva y verde del alma del bosque.

Este es el Hombre Verde de la fuente.

Y ella es la Diosa Madre, en su cueva verde (antes de que la convirtieran en otra cosa)
Juntos al llegar Beltane...
Hoy me siento pagana.
(Verde y sensual como la misma primavera)
Azules. Como el cielo de mayo.
Blancas. Como el vestido nuevo de Doña Primavera.
Me he pasado el día zumbando como un abejorro.




Cada vez que paso por un puente, hago todo el ruido posible, para ver si despierto al troll que duerme debajo.
En Noruega vi algunos. Parecían montones de piedras puestos en un extraño equilibrio.
Y, ahora, también en la red.

Solo soy yo.
Soy Maria.
Soy como soy.
Soy como no soy.
Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta.
Soy lo que quiero, y lo que odio.
Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras.
Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo.
Escribiendo desde el cielo de mi boca...
Y desde mi casa en el árbol.



