La Coctelera

Categoría: Literatura delirante

25 Octubre 2009

 Esto era una jovencita.

Vivía con su madre en una casita blanca junto al bosque, rodeada por un jardín de flores rojas; amapolas, anémonas de Caén y flores de granado.

En el bosque no había flores.

Había árboles viejos y retorcidos con el corazón podrido, oscuro y cruel.

Había fieras salvajes, animales extraños con los ojos pálidos de vivir entre tinieblas, arañas, zorros y murciélagos.

Había criaturas sin nombre, más viejas que los mismos árboles.

Y en el corazón del bosque vivía la abuela, en una cabaña de troncos y barro.

La gente decía que era una bruja, y no se atrevían a mirarla a la cara cuando la veían por el pueblo.

La jovencita no estaba muy segura de que realmente fuese su abuela, pero ella no le tenía miedo. El día en que tuvo su primer periodo, la anciana del bosque apareció en su casa y le regaló una capa y una caperuza rojas como la sangre.

Pero nadie la llamó nunca Caperucita Roja.

Un día, su madre la llamó.

-La anciana del bosque está muy enferma. Te he preparado una cesta con algunas hierbas medicinales, un poco de leche, pan y miel. Ahora ponte tu caperuza y ve. Y no hables con nadie, ni abandones el camino, o ya nadie podrá ayudarte.

Así que la jovencita cogió la cesta y se adentró en el bosque. Y, aunque afuera era aún mediodía, dentro, bajo las copas de los árboles, reinaba una oscuridad verde.

Había murmullos, en el bosque. Sonidos extraños, risas ahogadas, palabras amenazadoras. La jovencita no sabía si eran los árboles los que hablaban, o si se trataba de los animales salvajes, o de las otras cosas que más valía no conocer.

Pero las podía oír, palabras de ira, de rencor, de rabia.

"Vete de aquí. Tú no perteneces al bosque. Demasiado joven, demasiado tierna, demasiado roja. No nos gusta ese color. Vete de aquí."

Alguien se acercaba por el camino.

Primero creyó que se trataba de algún animal enorme.

Luego pensó que era un hombre alto con el pelo negro.

Era un lobo. Era el Lobo.

Sonrió al verla, roja como una amapola, como una anémona de Caén, como una flor de granado. Hermosa como sangre derramada.

El Lobo tenía largos dientes amarillos y ojos dorados y fríos.

La jovencita dejó de caminar.

El Lobo se acercó a ella. Olfateó su aroma joven, tierno y dulce.

-¿Dónde vas, preciosa?

El aliento cálido olía a carne, a sangre y a hambre.

La jovencita dio un paso atrás, intentando alejarse del Lobo, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por los ojos salvajes y la voz ronca de la bestia.

-Voy a casa de la anciana. Está enferma.

La sonrisa del Lobo creció hasta convertirse en una mueca hambrienta. Su voz se volvió más dulce aún. Los ojos le brillaban ansiosos. Su respiración se volvió agitada.

-Si vas por aquel camino blanco, llegarás mucho antes-susurró.

La jovencita no recordaba haber visto el camino blanco hasta que no se lo señaló el Lobo, aunque brillaba en la oscuridad del bosque con una luz pálida.

Casi creyó oír la voz de su madre: "No abandones el camino o ya nadie podrá ayudarte".

Pero tomar el camino blanco no era, en realidad, abandonar el camino...

¿Verdad?

El Lobo se había ido.

La jovencita tomó el camino blanco, una hermosa gota de sangre sobre la nieve.

El Lobo no fue por el camino blanco. Corrió con todas sus fuerzas por el camino verdadero, y llegó antes a la casa de la anciana.

-Entra, mi niña. Está abierto-dijo la anciana cuando el Lobo llamó a la puerta.

Y el Lobo entró, y se abalanzó sobre la anciana, que estaba débil y enferma, y la ahogó con su propia almohada. La carne de la anciana era demasiado vieja, dura y reseca para su gusto, pero aún así, el Lobo la troceó y la colocó en una bandeja de plata, y con su sangre llenó una botella.

Luego se metió en la cama de la anciana, a esperar.

La jovencita llegó un rato después, cansada y asustada de las cosas que había visto en el camino blanco.

Llamó a la puerta.

-Abuela, soy yo.

Una voz vieja le contestó desde dentro.

-Entra, mi niña. Está abierto.

La cabaña estaba casi a oscuras, alumbrada apenas por la luz roja de las ascuas del hogar. En la cama estaba la anciana.

Sus ojos eran amarillos.

Olía a sangre, a carne.

La jovencita sintió la angustia del hambre en la boca del estómago.

-Pasa, pasa, mi cielo. Debes estar hambrienta. En la mesa hay carne y vino, toma todo lo que quieras.

Y la jovencita fue hasta la mesa, y comió, y bebió, y el sabor de la carne cruda y del vino rojo le pareció a la vez extraño y delicioso.

El gato negro la miraba comer desde la repisa de la chimenea. Cuando ella alargó la mano para acariciarlo, el animal le enseñó los dientes y le bufó.

-¡Zorra!-maulló-Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre...

Pero la jovencita no podía entender el lenguaje de los gatos, y se dirigió a la cama, en la parte más oscura de la cabaña.

-Tengo mucho frío, mi vida-dijo la voz en la oscuridad- Quítate la ropa y métete conmigo en la cama.

Y la jovencita se quitó la capa roja, y miró alrededor, pero no había dónde dejarla.

-Abuela, ¿dónde pongo mi capa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la falda, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi falda?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las enaguas, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las medias, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis medias?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la camisa, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y ya sólo le quedaban los calzones, y la jovencita miró a la oscuridad tapándose los senos redondos con los brazos. Buscaba los ojos de la anciana, pero allí no había nada.

-Abuela-murmuró-¿Qué hago con mis calzones?

-Quítatelos, mi sangre-la voz de la oscuridad sonaba baja y ronca-y arrójalos al fuego...pues no los necesitarás... nunca más.

Y la jovencita se quitó despacio los calzones, y mientras lo hacía, dos ojos como lunas amarillas brillaron en la oscuridad.

Y arrojó los calzones al fuego, y ardieron con una luz verde y amarilla que lamió su cuerpo desnudo igual que lo lamían los ojos ansiosos de la criatura que esperaba en la cama.

La jovencita se sentó junto al fuego y observó en silencio como las llamas devoraban sus ropas, hasta que no fueron más que un puñado de cenizas pálidas.

Y entonces la voz ronca y hambrienta habló de nuevo.

-Ven aquí.

Una mano apartó las mantas, y la jovencita se deslizó dentro de la cama, temblando, y miró a la criatura que allí había.

-Abuela-susurró-que ojos tan grandes tienes...

-Son para verte mejor, corazoncito-ronroneó el Lobo.

-Abuela-murmuró la jovencita-que manos tan grandes tienes...

-Son para acariciarte mejor, palomita-gimió el Lobo.

-Abuela-jadeó la jovencita-...que boca...tan grande tienes...

-Es para comerte mejor, mi vida.

Y la jovencita pudo ver por fin al Lobo, los ojos dorados, los dientes amarillos, la lengua rosada, el miembro erecto y oscuro, que ella misma acarició, aún hambrienta.

Sonreía cuando le abrió las piernas y lamió su sexo perfumado con la lengua larga y áspera.

Sonreía al oírla gemir de terror y placer.

Sonreía al penetrarla, una y otra vez, al derramar su semilla sobre la piel fresca de ella, sobre sus pechos perfectos, sobre los pezones duros y rosados, en sus labios rojos como las amapolas, como las anémonas de Caén, como las  flores de granado. Hermosos como la sangre recién derramada.

Y no dejó de sonreír hasta que no acabó de devorarla...

 

 

 

 

 

2 Mayo 2009

Ha valido la pena esperar. Ella siente la lengua áspera, como la de un gato, recorriendo el camino de su cuerpo. Empieza en la piel suave del vientre. Se entretiene, juguetona, en el ombligo, y ella se ríe. Luego recorre con los dedos la cicatriz rosada que conduce a sus senos.

Las respiraciones se vuelven agitadas cuando las manos de él alcanzan los pezones oscuros. Cuando el camino le lleva a cubrir de besos el hueco de su garganta.

Ha valido la pena esperar, se dice él, esperar a la mujer grande y dorada sobre la hierba. Y aspira su aroma salvaje, como el de un animal, y siente la suavidad de su piel, y oye el sonido de su risa, y él también se ríe al comprobar el efecto que el sonido de esa risa produce en su cuerpo.

Busca su centro con la boca, para sentir el sabor dulce y salado en los labios, y la hace gemir y reír de nuevo.

Ha valido la pena esperar, y ella se desliza como el agua, acoplando cada movimiento a los de él, y siente el placer y la risa brotando como una fuente en el calor ardiente del verano, como no lo había sentido desde que era una diosa, hace ya mil años.

Ha valido la pena, porque ahora los dos son una sola criatura prodigiosa, enredados sobre la hierba, que se cubre de flores rojas al paso de la danza salvaje.

Cuando el primer rayo del sol de mayo se une a la fiesta de los cuerpos cubiertos de rocío, ambos sienten el estallido cálido, muy dentro, una explosión de vida.

Ha llegado Beltane.

2 Marzo 2009

 

El tren

Se me acaba el tiempo

y hay que ceder el sitio.

Así es la cosa

Es curioso ver

como la vida te desliza limpiamente

hacia su lado más extremo

a un ritmo lento o rápido

según convenga

sin compasión, sin pasmos,

sin aspavientos: con

la elegancia de la experiencia

bien ensayada.

Y hay que caminar

hacia la hora perfecta

con la cabeza erguida

y el ritmo justo

que da compás a los sueños...

Así es la cosa.

Así de simple.

Un día, no lejano

habrá que comenzar

a hacer el equipaje

porque el viejo tren espera

siempre espera.

Poema inédito de Pepe Rubianes

escrito en Etiopía en junio de 2006

 

19 Octubre 2008

Están colgadas en la pared de la habitación nueva, esa de la que hablo en el artículo de abajo.

Es una buena idea colgar algo así en la pared de un estudio, algo para no perder el camino.

Como sobrevivir a un cuento de hadas, según Neil Gaiman:

Toca la puerta de madera que ves en el muro y que nunca habías visto antes.

Di "por favor" antes de abrir el pestillo, entra, baja por el sendero.

Un diablillo de metal rojo hace las veces de llamador en la puerta principal, pintada de verde, no lo toques, te morderá los dedos.

Atraviesa la casa.

No cojas nada. No comas nada.

No obstante, si alguna criatura te dice que tiene hambre, alimentala.

Si te dice que está sucia, lávala.

Si grita que le duele, si puedes, alivia su dolor.

Desde el jardín trasero podrás ver el bosque salvaje.

Pasarás frente a un pozo muy hondo que conduce al reino del Invierno;

Hay otro país distinto allí al fondo.

Si te das la vuelta aquí,

podrás volver atrás, a salvo;

no será ningún desdoro.

No pensaré mal de tí.

Una vez hayas atravesado el jardín entrarás en el bosque.

Los árboles son viejos.

Hay ojos escudriñando desde la maleza.

Bajo un roble retorcido se sienta una anciana.

Quizás te pida algo; dáselo.

Ella te indicará el camino al castillo.

En él hay tres princesas.

No te fíes de la más joven Sigue adelante.

En el claro tras el castillo los doce mese del año están sentados junto a una hoguera, calentando sus pies, intercambiando cuentos. Tal vez te concedan sus favores, si eres amable.

Tal vez podrás coger fresas en la escarcha de Diciembre.

Confía en los lobos, pero no les digas dónde vas.

Podrás cruzar el río en el transbordador.

El patrón te llevará.

(La respuesta a su pregunta es esta:

"Si pasa el remo a su pasajero, será libre de abandonar el barco"

Asegurate de estar lejos antes de decirselo.)

Si un águila te da una pluma, guárdala bien.

Recuerda: que los gigantes tienen un sueño muy pesado; que las brujas son a menudo traicionadas por sus apetitos; los dragones siempre tienen un punto débil, en alguna parte; los corazones pueden esconderse bien y tu lengua podría delatarlos.

No tengas celos de tu hermana:

las rosas y los diamantes son tan incomodos al salir de tu boca como los sapos y las culebras: más fríos, además, y más afilados, y cortan.

Recuerda tu nombre.

No pierdas la esperanza. Aquello que buscas lo encontrarás.

Confía en los fantasmas. Confía en aquellos a los que has ayudado, pues te ayudarán a su vez.

Confía en los sueños.

Confía en tu corazón y confía en tu historia.

Cuando regreses, vuelve por el mismo camino por el que te fuiste.

Los favores serán devueltos, las deudas pagadas.

No olvides tus modales.

No mires atrás.

Cabalga sobre el águila sabia (no te caerás)

Cabalga sobre el pez plateado (no te ahogarás)

Cabalga sobre el lobo gris (agarrate fuerte a su pelaje)

Hay un gusano en el corazón de la torre; es por eso que no aguantará en pie.

Cuando llegues a la casita

donde comenzó tu viaje,

la reconocerás,

aunque te parecerá mucho más pequeña de lo que recordabas.

Sube por el sendero, y atraviesa la puerta del jardín, la que nunca viste antes, solo una vez.

Y entonces vuelve al hogar.

O construye un hogar.

O descansa.

8 Marzo 2008

Seguramente habrá muchos que me tachen de infantiloide, pero os presento mi libro favorito.

Debo conservar aún mucho de la niña que lo leyó por primera vez, hace tanto tiempo. Mucho más de lo que creía.

Lo vi, en una librería de viejo, así, como lo veis arriba. Una edición original de 1911. En inglés (hace tiempo que quería ver a Peter en el idioma que le dio la vida).

En la portada verde, gravados en oro, me miraban Peter y las sirenas, el cocodrilo y las hadas. En el lomo, el viejo Capitán Garfio.

Creí que me llamaba. No es una figura poética, no es una metafora. Creo que le oí murmurar mi nombre, al pasar por su lado. No fue el libro. Fue Peter.

Estaba en un montón, entre otros muchos libros, bastante menos interesantes (por lo menos desde mi punto de vista). no se porqué levanté el montón. No se porqué miré allí precisamente, y no en otro sitio. No creo en la casualidad. Creo en la magia. Y hubo mucha más de la que pensé nunca, en aquel gesto.

Ahí estaba el libro. La tapa verde, las letras doradas. Un libro leido y releido, con las hojas amarillentas y ese olor único a bibliotecas viejas. Lo abrí por la primera pagina y el corazón se me disparó involuntariamente. Escrito a mano, estaba el nombre de su anterior dueña. Honoria Bacon, de Indianapolis. Se lo regaló Theodoric Baker en Julio de 1922.

Eso solo ya lo convierte, para mi, en un objeto de un valor incalculable. El valor que tienen las buenas historias. El valor de esa niña, y de el hombre que le regaló un libro mágico, hace tanto tiempo. Sus vidas, sus sueños. Y la vida de este libro, que ha dado tantas vueltas, que ahora está en mis manos...

Porque me lo compré. No tan caro como imaginaba. No se si es porque el lomo estaba un poco roto, o por estar tan usado, o por las letras de la primera pagina, pero me salió por el mismo precio que un buen libro moderno.

Un tesoro por el precio de un libro.

Pero es que un libro es un tesoro.

Y aún más un libro con historia, un libro leido y releido, un libro amado, un libro vivo.

Al llegar a casa lo abrí con el mismo cuidado con que levantas el pétalo de una flor para ver ala criatura que se esconde debajo.

Y me encontré la historia que tanto quiero, y unas ilustraciones maravillosas. Vi la Isla de Nunca Jamás como siempre la había imaginado...

Y la Laguna de las sirenas...

Y todos y cada uno de los rincones de la mente maravillosa que supo crear este cuento.

Y los rincones y resquicios y secretos de la niña que una vez fui. De la pequeña missdelirio que, reconozcamoslo, aún no ha sabido encontrar el camino de vuelta de Nunca Jamás...

19 Enero 2008

Soy San Pedro aquí sentado,
En bronce inmovilizado,
No puedo mirar de lado
Ni pegar un puntapié
Pues tengo los pies atados,
Como ves.
Haz un milagro, señor,
Déjame bajar al río,
Volver a ser pescador,
Que es lo mío.

(Rafael Alberti)
Así me gustan a mi los santos...

3 Octubre 2007

Me gusta como empieza.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo."

Me gustan los cien años que hay en medio, desde la inauguración hasta la destrucción del mítico Macondo, arrasado por el viento de la realidad. Me gusta el fantasma de Jose Arcadio Buendía atado en el roble, y los animalitos de caramelo y la tozudez perseverante de Úrsula. Me gusta la región encantada con el esqueleto del barco en medio de la selva. Me gusta la tristeza bélica del coronel Aureliano, y el misterio de Rebeca, y las cartas proféticas de Pilar Ternera, y el silencio de Santa Sofía de La Piedad, y la ascensión a los cielos, en cuerpo y alma , de Remedios la Bella. Y las parrandas de Aureliano Segundo, y la locura renovada de Jose Arcadio Segundo, y la rebeldía de Meme, y la fertilidad contagiosa de Petra Cotes, y la modernidad casi liberadora de Amaranta Úrsula, que parece ser la única capaz de librarse de la maldición de la soledad.
Me gusta su amor desaforado con su sobrino,el Aureliano antropófago, encerrado en el cuarto de Melquíades, y que el fruto de ese amor tenga rabo de cerdo y que esté "predispuesto para empezar la estirpe otra vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria, porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor". Aunque luego no le dejen las hormigas rojas.
Y me gusta mucho el final. Me gusta presenciar el fin de Macondo, la ciudad de los espejismos, antes mítica y ahora olvidada, mientras Aureliano Babilonia lee su propio fin en los pergaminos de Melquíades:

"Pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."

3 Agosto 2007

Nunca logras todo lo que te proponías antes de empezar. Pero así es el acto de escribir. Empiezas con una idea platónica, una torre temblorosa de diamante en bruto, un objeto perfecto que está ahí, ajeno a la gravedad y a las inclemencias del tiempo. Y entonces construyes algo con lo que tienes a mano, y utilizas cajas vacías de sushi y sillas, y les pides a los amigos que lo levanten para que parezca que se aguanta. Cuando lo tienes todo, la gente lo mira y dice: "Es una pasada". Y tú contestas: "Sí, pero ojalá hubiera podido plasmar lo que tenía en la cabeza".

(Neil Gaiman, artistazo)
Exactamente lo que siento ahora.
En realidad, lo que siempre siento.
Cada vez que empiezo a escribir.
Cada vez que acabo.
Y en los momentos intermedios (cuantos solitarios momentos intermedios...)
Y, sin embargo, no puedo dejar de hacerlo.
O, tal vez, precisamente por eso lo hago. Para ver que sale al final. Para ver en que se convierte mi hermosa torre de diamante.
Y que pasará al final.
Lo que está claro es que nunca será lo que tú pensabas.
Si le pasa a él, ¿como quieres que no nos pase a los demás, pobres aprendices de juntaletras?
Y con tán escasa materia prima.
Un abecedario (el mío es de madera, con las vocales rojas y las consonantes verdes).
Y unas cuantas sillas.
Y un montón de cajas de sushi vacías.
Y algunos amigos.
Suerte de ellos, si no, no se quien iba a sostenernuestras construcciones imposibles de arquitectos locos...

Sobre En el cielo de mi boca

Solo soy yo. Soy Maria. Soy como soy. Soy como no soy. Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta. Soy lo que quiero, y lo que odio. Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras. Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo. Escribiendo desde el cielo de mi boca... Y desde mi casa en el árbol. MySpace Layouts

MySpace Layouts


Web Site Counters MySpace Layouts

MySpace Layouts


Cursors

CURRENT MOON
LOREENA MCKENNIT lyrics
(Obra de Selina Fenech, en www.selinafenech.com) Banniere J-B. Monge My Flower