Esto era una jovencita.
Vivía con su madre en una casita blanca junto al bosque, rodeada por un jardín de flores rojas; amapolas, anémonas de Caén y flores de granado.
En el bosque no había flores.
Había árboles viejos y retorcidos con el corazón podrido, oscuro y cruel.
Había fieras salvajes, animales extraños con los ojos pálidos de vivir entre tinieblas, arañas, zorros y murciélagos.
Había criaturas sin nombre, más viejas que los mismos árboles.
Y en el corazón del bosque vivía la abuela, en una cabaña de troncos y barro.
La gente decía que era una bruja, y no se atrevían a mirarla a la cara cuando la veían por el pueblo.
La jovencita no estaba muy segura de que realmente fuese su abuela, pero ella no le tenía miedo. El día en que tuvo su primer periodo, la anciana del bosque apareció en su casa y le regaló una capa y una caperuza rojas como la sangre.
Pero nadie la llamó nunca Caperucita Roja.
Un día, su madre la llamó.
-La anciana del bosque está muy enferma. Te he preparado una cesta con algunas hierbas medicinales, un poco de leche, pan y miel. Ahora ponte tu caperuza y ve. Y no hables con nadie, ni abandones el camino, o ya nadie podrá ayudarte.
Así que la jovencita cogió la cesta y se adentró en el bosque. Y, aunque afuera era aún mediodía, dentro, bajo las copas de los árboles, reinaba una oscuridad verde.
Había murmullos, en el bosque. Sonidos extraños, risas ahogadas, palabras amenazadoras. La jovencita no sabía si eran los árboles los que hablaban, o si se trataba de los animales salvajes, o de las otras cosas que más valía no conocer.
Pero las podía oír, palabras de ira, de rencor, de rabia.
"Vete de aquí. Tú no perteneces al bosque. Demasiado joven, demasiado tierna, demasiado roja. No nos gusta ese color. Vete de aquí."
Alguien se acercaba por el camino.
Primero creyó que se trataba de algún animal enorme.
Luego pensó que era un hombre alto con el pelo negro.
Era un lobo. Era el Lobo.
Sonrió al verla, roja como una amapola, como una anémona de Caén, como una flor de granado. Hermosa como sangre derramada.
El Lobo tenía largos dientes amarillos y ojos dorados y fríos.
La jovencita dejó de caminar.
El Lobo se acercó a ella. Olfateó su aroma joven, tierno y dulce.
-¿Dónde vas, preciosa?
El aliento cálido olía a carne, a sangre y a hambre.
La jovencita dio un paso atrás, intentando alejarse del Lobo, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por los ojos salvajes y la voz ronca de la bestia.
-Voy a casa de la anciana. Está enferma.
La sonrisa del Lobo creció hasta convertirse en una mueca hambrienta. Su voz se volvió más dulce aún. Los ojos le brillaban ansiosos. Su respiración se volvió agitada.
-Si vas por aquel camino blanco, llegarás mucho antes-susurró.
La jovencita no recordaba haber visto el camino blanco hasta que no se lo señaló el Lobo, aunque brillaba en la oscuridad del bosque con una luz pálida.
Casi creyó oír la voz de su madre: "No abandones el camino o ya nadie podrá ayudarte".
Pero tomar el camino blanco no era, en realidad, abandonar el camino...
¿Verdad?
El Lobo se había ido.
La jovencita tomó el camino blanco, una hermosa gota de sangre sobre la nieve.
El Lobo no fue por el camino blanco. Corrió con todas sus fuerzas por el camino verdadero, y llegó antes a la casa de la anciana.
-Entra, mi niña. Está abierto-dijo la anciana cuando el Lobo llamó a la puerta.
Y el Lobo entró, y se abalanzó sobre la anciana, que estaba débil y enferma, y la ahogó con su propia almohada. La carne de la anciana era demasiado vieja, dura y reseca para su gusto, pero aún así, el Lobo la troceó y la colocó en una bandeja de plata, y con su sangre llenó una botella.
Luego se metió en la cama de la anciana, a esperar.
La jovencita llegó un rato después, cansada y asustada de las cosas que había visto en el camino blanco.
Llamó a la puerta.
-Abuela, soy yo.
Una voz vieja le contestó desde dentro.
-Entra, mi niña. Está abierto.
La cabaña estaba casi a oscuras, alumbrada apenas por la luz roja de las ascuas del hogar. En la cama estaba la anciana.
Sus ojos eran amarillos.
Olía a sangre, a carne.
La jovencita sintió la angustia del hambre en la boca del estómago.
-Pasa, pasa, mi cielo. Debes estar hambrienta. En la mesa hay carne y vino, toma todo lo que quieras.
Y la jovencita fue hasta la mesa, y comió, y bebió, y el sabor de la carne cruda y del vino rojo le pareció a la vez extraño y delicioso.
El gato negro la miraba comer desde la repisa de la chimenea. Cuando ella alargó la mano para acariciarlo, el animal le enseñó los dientes y le bufó.
-¡Zorra!-maulló-Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre...
Pero la jovencita no podía entender el lenguaje de los gatos, y se dirigió a la cama, en la parte más oscura de la cabaña.
-Tengo mucho frío, mi vida-dijo la voz en la oscuridad- Quítate la ropa y métete conmigo en la cama.
Y la jovencita se quitó la capa roja, y miró alrededor, pero no había dónde dejarla.
-Abuela, ¿dónde pongo mi capa?
-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.
Y la jovencita se quitó la falda, y preguntó:
-Abuela, ¿dónde pongo mi falda?
-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.
Y la jovencita se quitó las enaguas, y preguntó:
-Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?
-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.
Y la jovencita se quitó las medias, y preguntó:
-Abuela, ¿dónde pongo mis medias?
-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.
Y la jovencita se quitó la camisa, y preguntó:
-Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?
-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.
Y ya sólo le quedaban los calzones, y la jovencita miró a la oscuridad tapándose los senos redondos con los brazos. Buscaba los ojos de la anciana, pero allí no había nada.
-Abuela-murmuró-¿Qué hago con mis calzones?
-Quítatelos, mi sangre-la voz de la oscuridad sonaba baja y ronca-y arrójalos al fuego...pues no los necesitarás... nunca más.
Y la jovencita se quitó despacio los calzones, y mientras lo hacía, dos ojos como lunas amarillas brillaron en la oscuridad.
Y arrojó los calzones al fuego, y ardieron con una luz verde y amarilla que lamió su cuerpo desnudo igual que lo lamían los ojos ansiosos de la criatura que esperaba en la cama.
La jovencita se sentó junto al fuego y observó en silencio como las llamas devoraban sus ropas, hasta que no fueron más que un puñado de cenizas pálidas.
Y entonces la voz ronca y hambrienta habló de nuevo.
-Ven aquí.
Una mano apartó las mantas, y la jovencita se deslizó dentro de la cama, temblando, y miró a la criatura que allí había.
-Abuela-susurró-que ojos tan grandes tienes...
-Son para verte mejor, corazoncito-ronroneó el Lobo.
-Abuela-murmuró la jovencita-que manos tan grandes tienes...
-Son para acariciarte mejor, palomita-gimió el Lobo.
-Abuela-jadeó la jovencita-...que boca...tan grande tienes...
-Es para comerte mejor, mi vida.
Y la jovencita pudo ver por fin al Lobo, los ojos dorados, los dientes amarillos, la lengua rosada, el miembro erecto y oscuro, que ella misma acarició, aún hambrienta.
Sonreía cuando le abrió las piernas y lamió su sexo perfumado con la lengua larga y áspera.
Sonreía al oírla gemir de terror y placer.
Sonreía al penetrarla, una y otra vez, al derramar su semilla sobre la piel fresca de ella, sobre sus pechos perfectos, sobre los pezones duros y rosados, en sus labios rojos como las amapolas, como las anémonas de Caén, como las flores de granado. Hermosos como la sangre recién derramada.
Y no dejó de sonreír hasta que no acabó de devorarla...


Están colgadas en la pared de la habitación nueva, esa de la que hablo en el artículo de abajo.
Y la Laguna de las sirenas...
Y todos y cada uno de los rincones de la mente maravillosa que supo crear este cuento.
Solo soy yo.
Soy Maria.
Soy como soy.
Soy como no soy.
Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta.
Soy lo que quiero, y lo que odio.
Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras.
Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo.
Escribiendo desde el cielo de mi boca...
Y desde mi casa en el árbol.



