La Coctelera

Categoría: Cuentos de la Casa del Arbol

Cristales

Amin nació frágil cómo el cristal. Nada más llegar al mundo ya perdió un dedo, y desde entonces tuvo que vivir sólo con nueve.

Su madre murió en el parto y su padre, el Visir, asustado, decidió apartar a su único hijo de todo peligro. Por eso mandó construir una torre, más alta y hermosa que ninguna de las de Bagdad. Y en la punta de la torre puso una esfera del cristal más claro. Y en aquella torre, encerrado en la esfera, vivió por siempre Amin. O así debería haber sido.

Aquella misma noche una de las nodrizas encontró en el suelo, junto a la cama donde nació Amin, algo que parecía un pedacito de cristal rosa. Pensando que sería algo de mucho valor lo recogió con cuidado y se lo llevó a su señor, el Visir. Él lo reconoció enseguida. Aquel dedito roto fue lo único que el visir tocó nunca de su hijo. Lo puso en una caja de plata, y la caja en la prisión de cristal de Amin. Y allí se quedó para siempre. O así debería haber sido.

La torre de Amin se elevaba, blanca, por encima de los tejados de Bagdad. En la noche la esfera de su punta brillaba cómo una luna pequeña, y todos en la ciudad la podían ver, a lo lejos, arriba. Y Amin no era más que una sombra casi transparente en medio de la luz.

El Visir ordenó que su hijo creciera rodeado de las mayores comodidades y lujos, que tuviera todo lo que pudiera desear antes de desearlo. Así que su esfera estaba repleta de maravillas, los suelos cubiertos de mullidas alfombras tejidas con todos los colores que nunca han existido, y por todas partes había blandos cojines de plumas, y tejidos de seda y terciopelo, y brocados, y joyas suavemente pulidas, y los más hermosos juguetes, y libros que enseñaban a Amin todas las cosas que nunca vería. Porque el Visir no quería que su hijo creciera ignorante del mundo que le rodeaba. Es por eso que la esfera era de cristal, para que Amin nunca dejase de ver las maravillas de Bagdad extendiéndose a sus pies, ni las incontables estrellas sobre su cabeza. Pero el joven pronto pasó a considerar todo aquello que había fuera de la esfera como simples imágenes que no se podían tocar y que no eran más reales que los dibujos de sus libros, o que las figuritas danzantes que los magos de la corte creaban para divertirle. Así que no tardó en dejar de prestarles atención.

Amin tenía muchos sirvientes, tantos como necesitase para no tener que hacer nada por si mismo y no romperse. Pero el Visir tenía tanto miedo de perder a su hijo que mandó que todos, hombres y mujeres, fuesen cubiertos de la cabeza a los pies con una ropa amplia que no dejaba ver nada de su forma humana, ni siquiera los ojos. De esta manera creía que lo mantendría alejado de todo mal, y que ni siquiera el polvo de la calle podría entrar en la esfera y hacer daño a Amin.

Así que el único rostro humano que vio nunca fue el suyo, reflejado en el agua de la fuente que brotaba del centro de su esfera, o en el cristal de las paredes. O así debería haber sido.

Nadie tocó nunca a Amin. No más de lo necesario. Ni siquiera cuando era pequeño. Le daban de comer metido en su cunita de plumas blancas, y de mayor aprendió enseguida a hacerlo solo. En realidad pronto aprendió a no necesitar a nadie, porque no soportaba la visión de aquellos sirvientes silenciosos y sin forma. Y sin embargo ellos siguieron viniendo, cada día.

Su padre subía a verlo muy a menudo, hablaba con él, le explicaba cosas. Para Amin nunca fue otra cosa que una figura informe más. No podía soportar su presencia. No quería volverlo a oír, hablándole una y otra vez de su fragilidad, pidiéndole perdón. Pero siempre volvía, cada día, siempre cerca.

Amin estaba completamente solo. Y no sabía que lo estaba. Pero si sabía que quería huir.

Un día, un extranjero llegó a la ciudad. Lo cual, por cierto, no tenía nada de extraño, puesto que Bagdad era por entonces la ciudad más grande, rica y hermosa de todo oriente. Los viajeros recorrían largas distancias, durante días y noches, sólo por verla. Venían de países extraños y distantes, de tierras misteriosas, cargados de historias y mercancías que cambiaban en la plaza del mercado por otras historias y mercancías. Y luego se volvían a ir, la luz de Bagdad brillando por siempre en sus ojos, añorándola hasta que exhalaban el último aliento, hasta que la última chispa de la luz se apagaba.

Pero aún entre todos los extranjeros que llegaban allí cada día, aquel resultaba extraño.

Venía de las tierras donde el agua es sólo un sueño y no hay más que el azul del cielo y el dorado de la arena. Era un Hombre Azul del Desierto, y viajaba solo, lo cual resultaba aún más extraño. Sus ropas eran negras y estaban cubiertas por el polvo de muchos viajes y muchas tierras. Montaba un camello de mirada altiva y pelaje dorado cómo el desierto en el que nació, sin arreos ni adornos de ningún tipo, sólo un par de alforjas.

 Los ojos del extranjero eran oscuros, azules cómo la noche del desierto, y en ellos brillaba la luz de muchas estrellas.

Era alto, y oscuro, y se llamaba Nadir.

Nadir se dirigió al mercado. Cuando llegó buscó un lugar despejado, descargó las alforjas y extendió su contenido sobre una seda verde, en el suelo. Las alforjas de Nadir estaban llenas de maravillas; las piedras preciosas resplandecían cómo si acabasen de dejar el vientre de la tierra; el oro, la plata y el bronce tenían en ellos la luz de los astros, y había otras cosas. Objetos inesperados, pero deseados, justo lo que el caminante que se detenía a mirar necesitaba en aquel momento, o así lo creía, al menos. Había un cuerno largo, blanco y espiralado, y una botella con una ciudad dentro, y una flor de cristal, y un cofre oscuro sin llave, y una llave dorada sin nada que abrir, y una piedra agujereada. Y muchas lámparas, alfombras, mantas y joyas.

Pronto hubo mucha gente apretándose alrededor de Nadir, mirando con sorpresa los objetos maravillosos que centelleaban de una forma extraña a la luz del sol.

Una mujer se acercó tímidamente y señaló un broche con piedras azules.

-¿Qué me pides por esto?

-Tus palabras- la voz de Nadir sonaba oscura cómo una noche sin Luna tras las telas que ocultaban su rostro.

 La mujer le miró sorprendida, sin saber que decir.

-Cuéntame una historia que no haya oído nunca y el broche será tuyo.

La mujer se quedó pensativa un rato y por fin dijo:

-De acuerdo.

Nadir la invitó a sentarse frente a él. Sin decir nada preparó un té de menta, fresco y aromático cómo bosques lejanos, y lo sirvió en dos vasos altos de cristal adornados con arabescos dorados. Ofreció uno a la mujer y entonces ella empezó a hablar, con una voz suave y pequeña. Nadir la escuchó en silencio, y nadie supo decir si le gustaba o no la historia de la mujer, pues no podían ver su cara, sólo los ojos oscuros, que miraban a través de ella, más allá, a algún sitio donde nadie podía llegar.

Pero cuando la historia acabó Nadir cerró los ojos un momento y luego le tendió el broche de piedras azules a la mujer.

-Muchas gracias- dijo- La paz sea contigo.

No tardó en correrse la voz de que había un extranjero en la plaza del mercado que cambiaba los objetos más maravillosos por un puñado de palabras. La gente se agolpó durante todo el día a su alrededor, y Nadir los escuchó a todos, pero no todos se llevaron lo que deseaban. Muchos se fueron con las manos vacías, aunque sus historias eran impresionantes, magníficas, épicas, y las explicaban tan bien que la gente que escuchaba estallaba en aplausos al acabar. Pero Nadir sacudía la cabeza y les despedía con un “la paz sea contigo”. En cambio otras historias sencillas y dulces, ligeras cómo un suspiro, se llevaban la recompensa, sin que nadie supiera porqué. Aunque no siempre era la recompensa esperada. En algunas ocasiones, a algunas personas, y sin ninguna razón aparente, Nadir les daba algo inesperado, no lo que ellos deseaban cuando llegaron, pero si lo que necesitaban cuando se fueron.

Al anochecer casi no quedaba nada sobre la seda verde. La gente se había ido, y Nadir miró hacia arriba, al cielo azul oscuro, a las primeras estrellas. Y entonces vio iluminarse la esfera de Amin. Era una noche de Luna nueva, y la esfera de cristal casi parecía un pequeño sol, una estrella cercana, pero no inalcanzable.

Había un niño mirándole. Nadir se volvió hacia él y le preguntó:

-¿Qué deseas?

El pequeño le dedicó una sonrisa sucia y tímida, y alargó su dedo mugriento para señalar un pequeño tesoro, un cristal claro cómo una gota de agua que encerraba una flor con pétalos de fuego.

-¿Y que harías tú con algo así?

-Guardarlo. Tenerlo. Mirarlo. - contestó como si fuese la cosa más obvia del mundo - y luego regalárselo a mi amor verdadero.

Su pequeña cara manchada se puso repentinamente triste.

-Pero no tengo ninguna historia.

Nadir señaló la esfera luminosa:

-Dime que es aquello y el cristal será tuyo.

Y el niño contestó:

-Es la prisión de Amin.

-¿Quién es Amin?

-El único hijo del Visir.

-¿Y porqué está preso?

-Porque es frágil como el cristal.

Nadir calló durante un momento, pensativo. Luego se volvió de nuevo hacia el niño:

-Muchas gracias. La paz sea contigo. Siempre.- y le alcanzó el pequeño tesoro.

El niño lo tomó entre sus manos pequeñas y torpes, con el mismo cuidado con que habría cogido un pájaro recién nacido o un huevo de gorrión. -

Mi verdadero amor…- murmuró, como en un sueño. Se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad, llevando consigo un cristal de agua, una flor de fuego y el principio de su propia historia.

Nadir guardó todo lo que quedaba en la seda verde de nuevo en las alforjas, las cargó en el camello y empezó a caminar por las callejuelas oscuras de Bagdad, siguiendo el camino de luz que dejaba la esfera de Amin. Pero la ciudad pronto dejó de ser oscura. Se encendieron lámparas en todas las calles, las casas y los palacios, y de pronto Nadir se encontró andando en un laberinto de caminos de luz.

No le costó encontrar la torre blanca de Amin, porque la esfera brillaba más que ninguna luz de Bagdad. En la puerta había dos guardas, vigilando que nadie pudiera entrar o salir. Nadir les murmuró palabras de sueño, y de olvido, y los soldados se durmieron. Luego entró en la torre y empezó a subir, tan silencioso que ni las sombras le oyeron, pero él pudo oír las conversaciones de las sombras. Hablaban de un pasado tan lejano que ni siquiera existió, y de manzanas y cristales, y de su envidia de la luz. Nadir no les hizo caso. Subió por una escalera hecha de cuerno y hueso, recta como el huso de una rueca. Luego atravesó una puerta de cobre, con incrustaciones de perlas que formaban palabras sagradas, y hechizos. Nadir no les prestó atención. Detrás había una escalera en espiral, blanca como la concha de un caracol marino, y dentro de ella se oía el viento del mar y el canto de unas aves extrañas. Nadir no les hizo caso. Después encontró una puerta negra, de algo parecido al ébano, y tallados en su superficie se veían monstruos y dragones de ojos vigilantes. Nadir ni tan solo los miró.

Atravesó muchas puertas, subió muchas escaleras, pero no prestó atención a nada ni a nadie: sonidos y monstruos, guardias y sombras. Pasó entre ellos como un humo oscuro y nadie le molestó.

La última escalera era la más sencilla de todas: una escala de mano, de madera tosca, sin pulir, que llevaba a una trampilla en el techo.

Nadir levantó con cuidado la trampilla, sólo un poco, lo justo para ver que había al otro lado.

Y lo que vio fue el cielo cubierto de estrellas, ojos lejanos, joyas extrañas. Y, recortándose blanca sobre el fondo oscuro, la silueta de un muchacho, casi transparente, con ojos como un día sin nubes. Se rodeaba las rodillas con los brazos y había algo triste en él, mientras miraba las estrellas.

Nadir levantó la trampilla del todo y subió. Amin dejó de mirar las estrellas al oírlo, y se giró. Y entonces encontró los ojos de Nadir tras el shador negro, y los dos se reconocieron. Amin nunca había salido de la torre. Nadir nunca había estado antes en Bagdad. Pero aún así se reconocieron.

Amin aprendió aquella noche la forma exacta que tiene un cuerpo humano. Descubrió el tacto áspero de la piel de Nadir, su color de tierra quemada por el sol del desierto, su olor a polvo, a caminos, a países lejanos. Por primera vez en su vida vio que bajo la ropa de los demás también había ojos, boca, piel, carne y huesos. Por primera vez sintió el latido de otro, el ritmo de su vida corriendo bajo la piel.

Nadir descubrió, maravillado, que la piel de Amin era suave y fría como el cristal. Pero, al igual que el cristal, con el contacto de otro, con el roce de una mano, se volvía cálida. Vio que sus ojos como un día sin nubes eran capaces de reflejar lo que veían igual que un espejo. Aprendió sus gestos, cada una de las formas de su cuerpo, y cómo reaccionaban al contacto de sus manos. Y se encontró de pronto con el latido de Amin, y descubrió que era fuerte, y firme, y que al fondo tenía una melodía de aves marinas. Como el viento silbando en una caracola.

Y hablaron. Los dos. Mucho.

Al alba la luz rojiza inundó la esfera de cristal, y a Nadir y Amin, el uno junto al otro.

Amin habló despacio:

-Me llamo Amin, y soy el hijo del Visir.

-Lo sé - dijo Nadir.

-Si, claro que lo sabes. Pero yo no sé quien eres tú.

-Nadir.

Amin se quedó pensativo.

-Es un nombre extraño ¿Porqué te llamas así?

Nadir se encogió de hombros. Amin pensó que parecía un poco triste, y notó que no podía dejar de mirarlo.

La voz oscura de Nadir sonó casi negra cuando volvió a hablar:

-El Nadir es lo opuesto al Cenit. Así cómo el cenit es luz, el nadir es oscuridad. Es lo oculto, la noche, el misterio, el negativo. Nada, porque nadie puede verlo. La parte oscura de las cosas. La otra cara de la Luna. Lo inexistente, lo negado. Misterio. Noche. Eso es lo que soy.

Luego quedaron los dos en silencio, hasta que Amin se levantó y se dirigió al otro lado de la esfera. Volvió al momento, llevando en la mano una cajita de plata, redonda y lisa como la Luna, y se la dio a Nadir. Dentro había algo que parecía un pedacito de cristal rosa.

-¿Qué es?

Amin sonrió, burlón, y le enseñó una mano, con solo cuatro dedos:

-Un poco de mí. Para ti.

Nadir también sonrió. Le gustaba la sonrisa de Amin. Era como ver salir el sol en una mañana nublada. Luz. Echaba tanto de menos la luz.

Tomó la mano mutilada de Amin y la acarició con suavidad.

-Un poco de ti…- murmuró.

Amin asintió:

-Soy frágil como el cristal. Por eso estoy aquí encerrado, para que nadie me toque y no acabar convertido en pedazos.

-Pero yo te he tocado…

Amin sonrió.

-Sí…

Nadir volvió cada noche a la torre. Volvía a dormir a los guardas y subía atravesando puertas y escaleras, sonidos y sombras, hasta llegar a Amin. Luego pasaban la noche descubriéndose. Y hablando. Nadir le explicaba a Amin todos los sitios en que había estado, le hablaba de sus gentes, de las lenguas que hablaban, de sus costumbres y sus historias.

A Amin le gustaba escucharle, le gustaba su voz porque, aunque era oscura, tenía la claridad del cristal.

Amin le hablaba a Nadir de las cosas que había en sus libros, los cuentos, las plantas, los animales, los países reales o imaginados. Y también le hablaba de él, de su vida minúscula en la esfera, de los sirvientes sin forma, de su madre muerta y de su padre.

A Nadir le gustaba escucharle, le gustaba su voz porque, aunque era clara, tenía la oscuridad de un pozo de aguas heladas.

Una noche Nadir explicó la historia de un ángel de alas negras. Luego Amin le habló de la nieve:

- En las tierras lejanas del norte cuando llega el invierno el frío es tan intenso que el agua se vuelve sólida. Incluso cambia de color, y de forma. Cada gota se convierte en una estrella blanca, perfecta, única, pero tan frágil que hasta el más leve aliento puede acabar con ella. Y aún así todas juntas son capaces de cubrir la tierra de blanco, de cambiarle la cara al paisaje y de confundir y matar a los hombres más fuertes. Pero cuando vuelve el calor la nieve vuelve a ser agua, y se desliza cantando por las laderas de las montañas, devolviendo la vida a la tierra dormida. Y trae de vuelta las flores, y la hierba, y los árboles, y los pájaros, y el olor de la primavera...

Amin calló de repente, y su cara se contrajo como si le hubiesen golpeado.

Nadir le observaba pensativo:

- Debes haber estado en muchos lugares extraños, haber visto muchas cosas, antes de que te encerraran aquí.- dijo al fin.

- Siempre he estado aquí- murmuró Amin con una mueca amarga.

- ¿Entonces?

- Libros, sólo libros. Papel, imágenes que no se pueden tocar, palabras que no se pueden saborear. Nunca he visto nada, nunca he sentido nada. Nieve, hierba, agua, primavera, frío, nada. Y nunca lo sentiré.

- Entonces vete- le interrumpió Nadir-Huye. Ven conmigo.

Pero Amin sacudió la cabeza, se abrazó las rodillas y miró hacia fuera, al cielo estrellado. Y ya no habló más.

Nadir se fue pronto aquella noche. En su cabeza bailaban ángeles de alas negras, estrellas blancas cubriendo un prado verde, al norte, y un muchacho frágil como el cristal de mirada triste. Y mientras bajaba las escaleras su voz oscura resonaba en la torre, como un murmullo entre las hojas de los árboles, como la canción del viento:

- ... así como Nadir es oscuridad, Amin es luz... mi luz... mi Amin. Así como Nadir es piedra, Amin es cristal... tan frágil. Aún más frágil de lo que él cree... si Amin pudiera huir...

Pero Amin tenía miedo. Nadir se lo pedía de nuevo cada noche, y cada noche él le decía que no. Y cada noche sus ojos eran más tristes, y la voz de Nadir más oscura.

Hasta que, por fin, un amanecer, Nadir dijo:

- Si acabo con tu miedo ¿vendrás conmigo?

Amin lo miró durante un rato, sin decir nada. Sentía el miedo crecer dentro de él, pesado, duro, como un pedazo de obsidiana del color de las nubes de tormenta. Sentía que no podía, ni quería dejar de mirar a Nadir.

- ¿Y si no voy?

- Entonces me iré solo. Soy un Hombre Azul del Desierto. No estoy hecho para vivir en una ciudad, aunque sea la hermosa Bagdad.- pero su voz sonaba amarga, y sintió que no podía dejar de mirar a Amin.

Amin suspiró:

- Sí, iré contigo.

Entonces Nadir alargó la mano y la hundió en el pecho de Amin, atravesándolo como si fuese agua. Y cuando la sacó en ella había un pedazo de obsidiana, negra y pesada. Mientras Amin aún la miraba los dedos de Nadir se cerraron, apretando, y la obsidiana se deshizo entre ellos como si sólo fuese humo. Y no quedó nada de ella, ni del miedo de Amin.

- Si era tan fácil ¿porqué no lo hiciste antes?

- Esperaba que tu mismo lo hicieras. O, tal vez, que vinieses conmigo a pesar de todo.

-¿Y porqué nadie más lo hizo? Llevo con miedo toda mi vida... y ni tan sólo mi padre...

- Quizás es que sólo yo podía hacerlo...

La noche siguiente Nadir llegó más pronto que nunca, y trajo ropas negras como las suyas para Amin. Y esa misma noche los dos bajaron, atravesando puertas y escaleras, sonidos y sombras. Los guardas no dormían, pero los miraron sin verlos, así que nunca supieron como había huido Amin.

Nadir evitó el laberinto de luz, y guió a Amin por el laberinto de sombras. Pero, aún así, Bagdad es luminosa, y los ojos de Amin lo reflejaban todo, lo devoraban todo, como los de un recién nacido. Vio a unos niños jugando a la guerra, y a una anciana cantando una canción de amor. Vio a unos amantes abrazándose en un rincón oscuro, y a dos perros que se peleaban por un pedazo de carne seca. Vio altos y hermosos palacios cubiertos de mosaicos y joyas, y las ruinas que ocultaban. Lo vio todo, lo sintió todo, lo bueno y lo malo, lo claro y lo oscuro y decidió entonces que no quería dejar de verlo nunca.

Atravesaron Bagdad por la oscuridad, envueltos en ropas negras, pero aún así hubo quien dijo que los había visto, deslizándose como sombras, los ojos de Amin tragándose toda la luz, los ojos de Nadir llenos de estrellas, hasta llegar a las puertas de la ciudad.

Y se fueron. Y nadie pudo detenerlos. Y nadie supo nunca que fue de ellos. No hay ninguna historia que lo cuente, pero sí muchas suposiciones.

Tal vez Amin acabó roto en mil pedazos, mezclado con la arena del desierto, y Nadir murió de pena.

Tal vez cuando descubrió las maravillas del mundo, Amin decidió irse a buscar gente nueva y acabó abandonando a Nadir.

O tal vez no.

Mi historia acaba cuando Nadir y Amin dejan Bagdad. Pero me gusta pensar que siguieron juntos, para siempre. Quizás primero estuvieron viviendo un tiempo en el desierto de Nadir, en una jaima bajo las estrellas, y luego viajaron de un lado a otro, para que Amin pudiese ver todo lo que nunca había visto. Y tal vez Amin dejó de ser frágil como el cristal, y se convirtió en algo parecido al acero templado, y Nadir reflejó un poco de su luz, como la luna refleja la luz del sol.

Y más tarde encontraron un lugar entre lugares, fuera del tiempo y del espacio donde pudieron estar juntos para siempre, y aún están allí. O eso me gusta creer.

¿Quién sabe? Tal vez fue así, o tal vez es todo mentira. Me gustaría saber la verdad, pero nadie conoce el final de todas las historias.

Y esta se acaba aquí.

Abril

(Me gusta abril, cuando se vuelve de oro...)

 

Ayer me fui a pasear por el bosque, en busca de un hombre con las cejas juntas.

Pero era domingo, y había mucha gente, así que supongo que todos los lobos debían de estar escondidos en el Mundo de Abajo.

Cerca de casa no es un lugar demasiado apropiado para ellos. Pocos árboles, mucha luz, gente y coches. Tampoco les gusta demasiado el bosque de aquí al lado, aunque sea un precioso bosque mediterraneo, con altos pinos perfumados y tomillo, y romero, y brezos que parecen cubiertos de ceniza, de tantas flores como tienen. Es un lugar tranquilo y soleado, un lugar limpio ue huele a polvo y resina caliente, a verano y a infancia.

Pero a los hombres con las cejas juntas les gusta más el otro bosque, el que encuentras si sigues caminando un rato más (pero no dejes nunca el sendero, o ya nadie podrá ayudarte). Ese bosque es muy diferente. Más sombrío, más húmedo, más extraño. Hay grandes helechos cubriendo el suelo, y robles retorcidos, y regueros de violetas pálidas y aromáticas, y círculos de setas para que bailen las hadas.

Es el bosque sombrío el que les gusta a los lobos. Así que allí es donde hay que ir a buscar un hombre con las cejas juntas.

Menos el domingo.

Demasiada gente.

A ver si entre semana...

(Y  quien sepa de que estoy hablando, tendrá un premio. Un bebé de barro encontrado en un nido de cigüeña...)

Rojo

 Esto era una jovencita.

Vivía con su madre en una casita blanca junto al bosque, rodeada por un jardín de flores rojas; amapolas, anémonas de Caén y flores de granado.

En el bosque no había flores.

Había árboles viejos y retorcidos con el corazón podrido, oscuro y cruel.

Había fieras salvajes, animales extraños con los ojos pálidos de vivir entre tinieblas, arañas, zorros y murciélagos.

Había criaturas sin nombre, más viejas que los mismos árboles.

Y en el corazón del bosque vivía la abuela, en una cabaña de troncos y barro.

La gente decía que era una bruja, y no se atrevían a mirarla a la cara cuando la veían por el pueblo.

La jovencita no estaba muy segura de que realmente fuese su abuela, pero ella no le tenía miedo. El día en que tuvo su primer periodo, la anciana del bosque apareció en su casa y le regaló una capa y una caperuza rojas como la sangre.

Pero nadie la llamó nunca Caperucita Roja.

Un día, su madre la llamó.

-La anciana del bosque está muy enferma. Te he preparado una cesta con algunas hierbas medicinales, un poco de leche, pan y miel. Ahora ponte tu caperuza y ve. Y no hables con nadie, ni abandones el camino, o ya nadie podrá ayudarte.

Así que la jovencita cogió la cesta y se adentró en el bosque. Y, aunque afuera era aún mediodía, dentro, bajo las copas de los árboles, reinaba una oscuridad verde.

Había murmullos, en el bosque. Sonidos extraños, risas ahogadas, palabras amenazadoras. La jovencita no sabía si eran los árboles los que hablaban, o si se trataba de los animales salvajes, o de las otras cosas que más valía no conocer.

Pero las podía oír, palabras de ira, de rencor, de rabia.

"Vete de aquí. Tú no perteneces al bosque. Demasiado joven, demasiado tierna, demasiado roja. No nos gusta ese color. Vete de aquí."

Alguien se acercaba por el camino.

Primero creyó que se trataba de algún animal enorme.

Luego pensó que era un hombre alto con el pelo negro.

Era un lobo. Era el Lobo.

Sonrió al verla, roja como una amapola, como una anémona de Caén, como una flor de granado. Hermosa como sangre derramada.

El Lobo tenía largos dientes amarillos y ojos dorados y fríos.

La jovencita dejó de caminar.

El Lobo se acercó a ella. Olfateó su aroma joven, tierno y dulce.

-¿Dónde vas, preciosa?

El aliento cálido olía a carne, a sangre y a hambre.

La jovencita dio un paso atrás, intentando alejarse del Lobo, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por los ojos salvajes y la voz ronca de la bestia.

-Voy a casa de la anciana. Está enferma.

La sonrisa del Lobo creció hasta convertirse en una mueca hambrienta. Su voz se volvió más dulce aún. Los ojos le brillaban ansiosos. Su respiración se volvió agitada.

-Si vas por aquel camino blanco, llegarás mucho antes-susurró.

La jovencita no recordaba haber visto el camino blanco hasta que no se lo señaló el Lobo, aunque brillaba en la oscuridad del bosque con una luz pálida.

Casi creyó oír la voz de su madre: "No abandones el camino o ya nadie podrá ayudarte".

Pero tomar el camino blanco no era, en realidad, abandonar el camino...

¿Verdad?

El Lobo se había ido.

La jovencita tomó el camino blanco, una hermosa gota de sangre sobre la nieve.

El Lobo no fue por el camino blanco. Corrió con todas sus fuerzas por el camino verdadero, y llegó antes a la casa de la anciana.

-Entra, mi niña. Está abierto-dijo la anciana cuando el Lobo llamó a la puerta.

Y el Lobo entró, y se abalanzó sobre la anciana, que estaba débil y enferma, y la ahogó con su propia almohada. La carne de la anciana era demasiado vieja, dura y reseca para su gusto, pero aún así, el Lobo la troceó y la colocó en una bandeja de plata, y con su sangre llenó una botella.

Luego se metió en la cama de la anciana, a esperar.

La jovencita llegó un rato después, cansada y asustada de las cosas que había visto en el camino blanco.

Llamó a la puerta.

-Abuela, soy yo.

Una voz vieja le contestó desde dentro.

-Entra, mi niña. Está abierto.

La cabaña estaba casi a oscuras, alumbrada apenas por la luz roja de las ascuas del hogar. En la cama estaba la anciana.

Sus ojos eran amarillos.

Olía a sangre, a carne.

La jovencita sintió la angustia del hambre en la boca del estómago.

-Pasa, pasa, mi cielo. Debes estar hambrienta. En la mesa hay carne y vino, toma todo lo que quieras.

Y la jovencita fue hasta la mesa, y comió, y bebió, y el sabor de la carne cruda y del vino rojo le pareció a la vez extraño y delicioso.

El gato negro la miraba comer desde la repisa de la chimenea. Cuando ella alargó la mano para acariciarlo, el animal le enseñó los dientes y le bufó.

-¡Zorra!-maulló-Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre...

Pero la jovencita no podía entender el lenguaje de los gatos, y se dirigió a la cama, en la parte más oscura de la cabaña.

-Tengo mucho frío, mi vida-dijo la voz en la oscuridad- Quítate la ropa y métete conmigo en la cama.

Y la jovencita se quitó la capa roja, y miró alrededor, pero no había dónde dejarla.

-Abuela, ¿dónde pongo mi capa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la falda, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi falda?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las enaguas, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las medias, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis medias?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la camisa, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y ya sólo le quedaban los calzones, y la jovencita miró a la oscuridad tapándose los senos redondos con los brazos. Buscaba los ojos de la anciana, pero allí no había nada.

-Abuela-murmuró-¿Qué hago con mis calzones?

-Quítatelos, mi sangre-la voz de la oscuridad sonaba baja y ronca-y arrójalos al fuego...pues no los necesitarás... nunca más.

Y la jovencita se quitó despacio los calzones, y mientras lo hacía, dos ojos como lunas amarillas brillaron en la oscuridad.

Y arrojó los calzones al fuego, y ardieron con una luz verde y amarilla que lamió su cuerpo desnudo igual que lo lamían los ojos ansiosos de la criatura que esperaba en la cama.

La jovencita se sentó junto al fuego y observó en silencio como las llamas devoraban sus ropas, hasta que no fueron más que un puñado de cenizas pálidas.

Y entonces la voz ronca y hambrienta habló de nuevo.

-Ven aquí.

Una mano apartó las mantas, y la jovencita se deslizó dentro de la cama, temblando, y miró a la criatura que allí había.

-Abuela-susurró-que ojos tan grandes tienes...

-Son para verte mejor, corazoncito-ronroneó el Lobo.

-Abuela-murmuró la jovencita-que manos tan grandes tienes...

-Son para acariciarte mejor, palomita-gimió el Lobo.

-Abuela-jadeó la jovencita-...que boca...tan grande tienes...

-Es para comerte mejor, mi vida.

Y la jovencita pudo ver por fin al Lobo, los ojos dorados, los dientes amarillos, la lengua rosada, el miembro erecto y oscuro, que ella misma acarició, aún hambrienta.

Sonreía cuando le abrió las piernas y lamió su sexo perfumado con la lengua larga y áspera.

Sonreía al oírla gemir de terror y placer.

Sonreía al penetrarla, una y otra vez, al derramar su semilla sobre la piel fresca de ella, sobre sus pechos perfectos, sobre los pezones duros y rosados, en sus labios rojos como las amapolas, como las anémonas de Caén, como las  flores de granado. Hermosos como la sangre recién derramada.

Y no dejó de sonreír hasta que no acabó de devorarla...

 

 

 

 

 

Un cuento de Beltane

Ha valido la pena esperar. Ella siente la lengua áspera, como la de un gato, recorriendo el camino de su cuerpo. Empieza en la piel suave del vientre. Se entretiene, juguetona, en el ombligo, y ella se ríe. Luego recorre con los dedos la cicatriz rosada que conduce a sus senos.

Las respiraciones se vuelven agitadas cuando las manos de él alcanzan los pezones oscuros. Cuando el camino le lleva a cubrir de besos el hueco de su garganta.

Ha valido la pena esperar, se dice él, esperar a la mujer grande y dorada sobre la hierba. Y aspira su aroma salvaje, como el de un animal, y siente la suavidad de su piel, y oye el sonido de su risa, y él también se ríe al comprobar el efecto que el sonido de esa risa produce en su cuerpo.

Busca su centro con la boca, para sentir el sabor dulce y salado en los labios, y la hace gemir y reír de nuevo.

Ha valido la pena esperar, y ella se desliza como el agua, acoplando cada movimiento a los de él, y siente el placer y la risa brotando como una fuente en el calor ardiente del verano, como no lo había sentido desde que era una diosa, hace ya mil años.

Ha valido la pena, porque ahora los dos son una sola criatura prodigiosa, enredados sobre la hierba, que se cubre de flores rojas al paso de la danza salvaje.

Cuando el primer rayo del sol de mayo se une a la fiesta de los cuerpos cubiertos de rocío, ambos sienten el estallido cálido, muy dentro, una explosión de vida.

Ha llegado Beltane.

Instrucciones

Están colgadas en la pared de la habitación nueva, esa de la que hablo en el artículo de abajo.

Es una buena idea colgar algo así en la pared de un estudio, algo para no perder el camino.

Como sobrevivir a un cuento de hadas, según Neil Gaiman:

Toca la puerta de madera que ves en el muro y que nunca habías visto antes.

Di "por favor" antes de abrir el pestillo, entra, baja por el sendero.

Un diablillo de metal rojo hace las veces de llamador en la puerta principal, pintada de verde, no lo toques, te morderá los dedos.

Atraviesa la casa.

No cojas nada. No comas nada.

No obstante, si alguna criatura te dice que tiene hambre, alimentala.

Si te dice que está sucia, lávala.

Si grita que le duele, si puedes, alivia su dolor.

Desde el jardín trasero podrás ver el bosque salvaje.

Pasarás frente a un pozo muy hondo que conduce al reino del Invierno;

Hay otro país distinto allí al fondo.

Si te das la vuelta aquí,

podrás volver atrás, a salvo;

no será ningún desdoro.

No pensaré mal de tí.

Una vez hayas atravesado el jardín entrarás en el bosque.

Los árboles son viejos.

Hay ojos escudriñando desde la maleza.

Bajo un roble retorcido se sienta una anciana.

Quizás te pida algo; dáselo.

Ella te indicará el camino al castillo.

En él hay tres princesas.

No te fíes de la más joven Sigue adelante.

En el claro tras el castillo los doce mese del año están sentados junto a una hoguera, calentando sus pies, intercambiando cuentos. Tal vez te concedan sus favores, si eres amable.

Tal vez podrás coger fresas en la escarcha de Diciembre.

Confía en los lobos, pero no les digas dónde vas.

Podrás cruzar el río en el transbordador.

El patrón te llevará.

(La respuesta a su pregunta es esta:

"Si pasa el remo a su pasajero, será libre de abandonar el barco"

Asegurate de estar lejos antes de decirselo.)

Si un águila te da una pluma, guárdala bien.

Recuerda: que los gigantes tienen un sueño muy pesado; que las brujas son a menudo traicionadas por sus apetitos; los dragones siempre tienen un punto débil, en alguna parte; los corazones pueden esconderse bien y tu lengua podría delatarlos.

No tengas celos de tu hermana:

las rosas y los diamantes son tan incomodos al salir de tu boca como los sapos y las culebras: más fríos, además, y más afilados, y cortan.

Recuerda tu nombre.

No pierdas la esperanza. Aquello que buscas lo encontrarás.

Confía en los fantasmas. Confía en aquellos a los que has ayudado, pues te ayudarán a su vez.

Confía en los sueños.

Confía en tu corazón y confía en tu historia.

Cuando regreses, vuelve por el mismo camino por el que te fuiste.

Los favores serán devueltos, las deudas pagadas.

No olvides tus modales.

No mires atrás.

Cabalga sobre el águila sabia (no te caerás)

Cabalga sobre el pez plateado (no te ahogarás)

Cabalga sobre el lobo gris (agarrate fuerte a su pelaje)

Hay un gusano en el corazón de la torre; es por eso que no aguantará en pie.

Cuando llegues a la casita

donde comenzó tu viaje,

la reconocerás,

aunque te parecerá mucho más pequeña de lo que recordabas.

Sube por el sendero, y atraviesa la puerta del jardín, la que nunca viste antes, solo una vez.

Y entonces vuelve al hogar.

O construye un hogar.

O descansa.

 

Resonancias

Ha sido un sueño raro. Todos los sueños lo son, claro. Pero este tenía algo que lo hacía diferente. Algo que sonaba un poco a verdad. Como un sonido de fondo. Algo que palpitaba detrás del cuento que era mi sueño, como palpita detrás de todos los cuentos verdaderos. Los mitos, las leyendas, los cuentos de hadas, resuenan, de alguna manera, con verdades. Las historias, por extrañas que sean, por raras e imposibles que parezcan, suelen tener algo escondido, un secreto, un tesoro, una verdad. Los primeros cuenta cuentos lo sabían. Cada vez que alguien explicaba una historia junto al fuego, estaba mostrando a los demás parte de ese secreto. Por eso aún nos atraen los cuentos de esa manera hipnótica. Por eso nos gusta que nos cuenten historias. Y por eso, también, sabemos que las viejas y aterradoras versiones originales están mucho más cerca de la verdad que esos cuentecillos azucarados con haditas cantarinas de colores pastel que conocemos ahora. Mi sueño era de ese estilo. Con resonancias míticas de cuento antiguo. Con una parte del secreto escondida en alguna parte... Ahora, como siempre, apenas quedan ya algunos retazos sueltos de sueño, hilos brillantes, restos de un tejido maravilloso. Pero ahí están, aún. Brillando como luciérnagas en la noche. Estaba encerrada en lo alto de una torre. Solo que no era una torre, si no una montaña alta y pelada, una montaña de piedrecitas redondas, cantos rodados, restos de naufragios. No esperaba que nadie viniese a rescatarme. No esperaba a ningún príncipe azul. No había príncipe azul. Es absurdo esperar a un príncipe azul en medio de un páramo reseco, en una montaña de piedras, sin hacer nada más que esperar... Así que me iba. Me escapaba. Pero la montaña, que tampoco era una montaña, si no una ogresa, venía a buscarme mientras yo corría por el páramo, y me cogía con delicadeza, y me volvía a subir a su espalda pedregosa. Es curioso, pero la montaña me cuidaba como a una criatura indefensa. Al cabo de un tiempo de estar allí, me construía una protección contra el viento reseco del páramo, un muro de piedras en forma de media luna, abierto por delante, para poder ver el paisaje vacío. Y más cosas. Algo parecido a muebles de roca, o a restos de construcciones antiguas, tan gastadas por el viento y el tiempo que no se parecían ya a nada, ni volverían a servir nunca para aquello por lo que fueron creadas. Creo que la montaña no era mala, en realidad. Intentaba cuidarme, a su manera. Solo que alguien le había ordenado mantenerme allí, y eso es lo que hacía. La Madrastra Malvada tal vez. O la Bruja. Aunque, ahora que lo pienso, me parece que fue un rey... Pero aunque la montaña me cuidase, yo tenía que irme... Hacía calor. Mi piel, mi pelo, estaban resecos y agrietados, y cubiertos por el polvo del páramo. Me senté en la ladera pedregosa a buscar una solución, a hundir las manos en los restos del naufragio en busca de algo que me ayudase a salir de allí. Y encontré algo. Parecía una piedra de color ladrillo, retorcida y gastada por el paso de los siglos, de las mareas y de los vientos resecos. Solo que no era una piedra. Nada era lo que parecía a simple vista, en mi sueño. La piedra retorcida era, en realidad, lo que quedaba del cuerno de un unicornio. Lo supe nada más tocarlo. Era el cuerno de un unicornio real, no de esa criatura pálida y débil que se deja llevar a la muerte por doncellas vírgenes, no del dibujo rosa y azul pastando placidamente en un campo florido. Era de verdad. Como todo en mi sueño. Noté su poder. Noté la fuerza salvaje del unicornio auténtico, la magia indomable y aterradora. Supe que me salvaría. Y luego el sueño cambió de repente, como cambian las cosas en los sueños, y se convirtió en una de esas mentiras que nos adormecen y nos engañan cada noche. Así que no se si conseguí escapar de la montaña y del páramo. Quiero creer que lo hice, de alguna manera. Por lo menos, conseguí la llave...

 

Las tres Evas

¿Conocéis la historia de las tres Evas? Al principio, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dice la biblia. Pero el hombre que creó Dios era a la vez hombre y mujer. Y eso no lo dice en ningún libro sagrado. Pero los sábios lo han sabido siempre, y así lo han explicado. El primer hombre era a la vez hombre y mujer. Dos pares de piernas, y dos pares de brazos, dos cabezas y dos sexos. Pero el primer hombre-mujer era demasiado fuerte y poderoso, porque reunía lo mejor de ambos sexos, y Dios tuvo miedo, así que lo partió en dos. De un solo ser, dos diferentes. Hombre y mujer. Él se llamó Adán. Ella Lilith. Y los dos eran iguales, y vivían juntos en el Jardín del Edén. Adán quería que Lilith le obedeciera. Pero ella era igual a él en todo, y se negó. Adán quiso que ella estuviese siempre debajo cuando hacían el amor, pero ella le dijo: "Soy igual a tú en todo, estamos hechos de la misma tierra, ¿porqué me tengo que humillar ante tí?". Y Adán fue ante Dios y le dijo que ella no obedecía, ni se humillaba, y dicen que Lilith fue la primera expulsada del Jardín del Edén. Aunque otros afirman que se fue por su própia voluntad. Porque se cansó de Adán, y del paraiso. Porque era única, y quería ser libre. Luego dijeron que Lilith fue la madre de todos los monstruos. Pero muchos creen que sus hijos nunca fueron monstruos, si no la gente mágica que se oculta a nuestros ojos. Los habitantes de los bosques, la Buena Gente. Tan libres como su madre. Los Lilim. Los hijos de Lilith.

Sea como sea, Adán se quedó solo. Y le pidió a Dios una compañera obediente. Entonces Dios creó una mujer ante los ojos de Adán. Primero los huesos, luego las vísceras. Las venas, los tendones, todos los fluidos y mucosidades que nos componen. Y la piel, y el cabello y, finalmente, el aliento de la vida. Y era muy hermosa, pero Adán no podía soportar mirarla, porque cada vez que dirigía los ojos hacia ella solo podía ver la criatura de sangre y carne que había bajo su piel. Así que la segunda mujer tampoco funcionó. No se que fue de ella, no se si también fue expulsada del paraiso, o si simplemente fue descreada, pobre criatura sola y sin nombre. Quizas aún vaga por el mundo buscando un poco de calor...

Y luego, al fin, llegó la tercera. La que todos conocéis. Dios durmió a Adán, y tomó una de sus costillas, y de ella creó a Eva. El resto ya lo sabéis. Pero apuesto a que pocos sabiais que tenemos tres madres. Lilith, la diosa. La mujer sin nombre, la repudiada. Eva, la pecadora.

Y después de todo, todas son la misma. La mujer cambiante, la que todas somos. Y no, esto tampoco me lo he inventado yo.

La escuela que yo quiero: un cuento

LA ESCUELA PEQUEÑA

(Enric Larreula)

Había una vez un pueblo que tenía una escuela tan pequeña, tan pequeña, que solo cabían la maestra y un niño no muy grande.

Y, claro, como solo podía ir uno cada vez, iba media hora cada uno, y los otros, mientras tanto, jugaban a correr, a perseguirse por los campos y a subirse a los árboles.

Pero llegó un día en que el señor alcalde quiso hacer una escuela grande para que pudiesen ir todos los niños a la vez, como pasa en los otros pueblos.

Pero todos los niños, que estaban enamorados de su escuela tan pequeñita y de los largos ratos que pasaban jugando en el bosque, le pidieron que no construyese ninguna escuela nueva, que ellos querían a la pequeña, y que ya estudiarían más rápido para compensar los ratos que pasaban jugando.

Y el alcalde, que también quería a la escuela del pueblo, dijo que de acuerdo, pero hizo colocar muchas mesas repartidas por el bosque para que los niños pudiesen hacer los trabajos que les encargaba la maestra.

Y aquel pueblo tuvo, desde aquel día, la escuela más pequeña y la escuela más grande del mundo.

FIN

 

Leí este cuento por primera vez hace mucho, mucho tiempo (tánto que a veces me pregunto si aquella niña era yo en realidad). Aún ronda por mi casa, un librito viejo y usado, con una ventana en la portada por la que se puede ver la escuela pequeña, en medio de un prado. Creo que la culpa fue suya. De mi vocación y de la escuela que yo quiero, al menos en parte.

Años después conocí al autor. Fue profesor mío, en la universidad. Un hombre amable, un poco extravagante, muy entusiasta, que nos enseñaba Pedagogía de la Segunda Lengua. Con una melena blanca y una barba de Papá Pitufo. Había algunas compañeras de clase que no lo soportaban. Me pregunto porqué. Tal vez eran de esas que aún creen que la letra con sangre entra. Vete a saber. Lo que se es que este cuento me empujo, un poquito, por este camino que llevo. Que me mostró, ya de muy pequeña, cual es la escuela que yo quiero. Y que nunca se me ocurrió decirselo al bueno de mi profe...