La Coctelera

Categoría: Criaturas de Deseo

En tren

En un tren pueden pasar muchas cosas. Cosas grandes y cosas pequeñas. Cosas importantes y cosas sin ninguna importáncia.

En un tren te puede cambiar la vida o simplemente, bajarte en la próxima estación.

A mi también me pasan cosas en los trenes.

Cosas tontas, pequeñas, sin importáncia. Pero a veces, esas cosas son las que te hacen sentir un poco mejor.

Para que quede claro antes de empezar con esta historia sin importancia: no soy guapa. Nunca lo he sido. Nunca lo seré. Tampoco es que sea fea feísima, supongo, aunque tengo tendencia a salir con caras raras en las fotos. Pero el caso es que nunca he resultado sexi, llamativa, espectacular.

Punto aclarado.

Aunque supongo que hará falta aclarar otra cosa. Precisamente por lo dicho antes, no estoy muy acostumbrada a que me miren. Antes, incluso me hacía sentir mal. No me gustaba que me mirasen, ni bien ni mal. Prefería pasar desapercibida.

Bueno, quien me conoce sabe lo mucho que he cambiado últimamente...

Pero ahora subamos al tren.

El tren del sábado, camino de Barcelona (una mañana divertida, por cierto, ya la explicaré en otro momento...)

Un tren diferente al que siempre cojo. Un camino diferente, más verde, más alegre. A lo mejor soy yo la que es diferente.

Las mismas cosas se pueden ver de maneras tan distintas. Y siempre depende, únicamente, de tí.

El tren también.

Y la gente.

Sube un hombre, joven. Ojos oscuros. Barba. Ropa de trabajo.

Bonita sonrisa.

Se sienta delante de mí.

Voy despistada (siempre con la cabeza en las nubes). No le hago mucho caso.

Pero lo siento, de pronto. Los ojos fijos en mí.

Me mira. A los ojos, primero. La mirada oscura se desliza suavemente. El pañuelo rojo, las letras de la camiseta. No es una mirada molesta, es suave, como una carícia. Se detiene un poco más de la cuenta en el escote, y sonríe, un poco. Una media sonrisa traviesa. No le importa que yo me haya dado cuenta. No deja de mirar, de acariciar. No deja de sonreir.

Y, curiosamente, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta. Me gusta que me mire de esa manera. Me gusta la sonrisa traviesa, los ojos oscuros como una caricia.

Un escalofrío.

El tren llega a la última estación.

Voy hacia el metro. Él viene detrás, a unos centimetros.

Me sostiene la puerta para dejarme salir.

"Grácias".

Sonrisa traviesa.

Sigo hacia el metro.

Sale de la estación.

Que lástima...

Pero son esas cosas las que hacen que el día sea un poco más luminoso.

Inyecciones de autoestima. Que buena falta me hacen...

Viernes de Carnaval

 

Creo que es culpa de don Carnal, que me tiene alborotada.

A alguien hay que echarle la culpa de la Revolución de las Hormonas.

Aunque creo que tampoco son las hormonas las culpables. Creo que es culpa mía, solo mía. La gente que me conoce (personalmente, quiero decir) no se lo podrán creer si les digo que siempre, de toda la vida, he sido una persona muy apasionada. Y también muuuuy tímida, así que difícilmente lo demuestro en público.

He decidido sacudirme la timidez (con lo que cuesta eso).

He decidido quitármela de encima como si fuese un vestido viejo, demasiado grande, oscuro y pesado.

He decidido que quiero ser yo, y no el vestido gris y polvoriento de mi timidez.

Así que hoy mismo, viernes de carnaval, quiero quitarme el disfraz.

Empezar a mostrar a la que hay debajo. La que se apasiona, y se entusiasma, y se obsesiona. La que se ríe sin razón, a la que le gusta jugar.

Juegos de niños y juegos de adultos.

La que escribe en su diario cosas sobre su cicatriz:

"Está justo ahí, en mi centro.

Es el centro de mi vida. Ahora me doy cuenta. No pienso deshacerme nunca de ella, porque no quiero olvidar que me ha dado la vida, otra vez. En cierta manera, me siento orgullosa de ella. Es una oportunidad de empezar de nuevo.

Es un camino rosa que nace bajo el pecho y llega hasta el ombligo. Un camino para las caricias, un sendero de besos. El camino recorrido por unos labios hambrientos. Mi cicatriz está hambrienta de caricias..."

Escribo muchas cosas, en ese diario, cosas que dejan lejos a la del vestido gris de la timidez y dejan salir a la que soy, a la apasionada, a la loca, a la pirata con ganas de viajes y de besos.

"Por la mañana, entre sueños, imagino abrazos, palabras medio susurradas al oído, sonrisas luminosas alumbrándome el mundo, caricias furtivas. Y los ojos verdes..."

Me temo que también escribo muchos deseos. Demasiados deseos y muy pocas realidades. Eso no me lo podré quitar nunca de encima. La cabeza en las nubes...

 "Deseo sus labios en ese precioso lugar, ese rincón dulce, el punto donde se une la base de la oreja con el cuello.

¿Cómo puede ser que un lugar tan hermoso no tenga nombre?

Quiero sus labios en mi Terra Incognita..."

Y me doy permiso para desear.

"YO TAMBIÉN ME LO MEREZCO.

Merezco que se cumplan mis deseos.

Merezco ser feliz.

Merezco que me quieran.

ME LO MEREZCO."

Aunque de miedo...

Da miedo irse, y aún así, mira lo que escribo:

"Piensa en irte. En viajes. En Almas Barcas.

Piensa en el mar azul de Grecia, en la plata del mar de Irlanda, en los mares piratas que aún no has conocido.

No olvides nunca el mar.

Cierra los ojos y piensa en abandonar el gris y caerte en el azul. Algún día, lo abandonarás todo por el mar.

Ya verás.

Eso te pasa por tener un Alma Barca."

Y me pregunto cosas, y luego me las respondo, sin disfraces ni timideces.

"¿Cuál es la materia que me forma?

Estoy hecha de carne y sangre, como todos. Estoy hecha de sueños y deseos. De agua de mar y luna llena. Estoy hecha de palabras y cuentos. De ganas de ser feliz y volar lejos. Estoy hecha de viajes, de lugares reales e imaginados. Es un Alma Barca la que me mueve de isla en isla. El espíritu de una nómada atrapado en un cuerpo sin alas que quiere volar. Y me cubre una piel sensible, con ganas de ser acariciada. Y tengo una Terra Incognita, un lugar prodigioso, una isla encantada que espera el marinero que la descubra.

Esa es la materia que me forma.

Y nada más."

Y sigo deseando.

"Me gustaría que mis historias se balanceasen siguiendo el ritmo de la música del mar."

"Tengo ganas de algo nuevo."

Y en los últimos días, me he dado cuenta de cosas. Como si ya me estuviese librando de mi disfraz, de la que lleva toda la vida escondiéndome:

"Ya no tengo miedo.

¿Tanto he cambiado?

¿Quién soy yo ahora?"

Pero aún así, no puedo dejar de desear...

Deseos que me sorprenden, cuando los vuelvo a leer, un tiempo después. Pero que no dejan de ser míos. No dejan de ser yo. La yo que soy de verdad, la que se está quitando el pesado vestido de su timidez. Y cómo cuesta...

Y aún así, sigo intentándolo, y consiguiéndolo, poco a poco. Estas palabras, esta especie de confesión de Viernes de Carnaval, son mi primer intento público de mostrar quién soy de verdad, ahí, debajo de toda esa tela inútil y angustiosa.

Sigo soñando. La cabeza en las nubes. Apasionada, obsesiva. Loca

Espero que me perdonéis este pequeño strip-tease del alma. Pero quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.

Al fin y al cabo, todos somos criaturas sensuales...

"Necesito saber que los deseos se cumplen.

Que existe algo parecido a la suerte. O al destino. Necesito creer en la magia. En la fuerza irresistible de la casualidad.

Hoy lo necesito más que nunca.

Saber que volveremos a encontrarnos. Y que esta vez será diferente

Quiero que, por una vez en mi vida, sea verdad. Quiero ser la afortunada. A la que le pasan cosas, no la que mira desde fuera.

Quiero que explore cada centímetro de mí en busca de mi Terra Incognita. Él, que me la descubrió por primera vez. El, que es el único que realmente sabe dónde está...

El, que es el único que no necesita mapas para encontrarla.

Porque es tan suya como mía.

Y ahora pienso que me encantaría convertirme en exploradora y pasar el resto de mis días recorriendo los territorios de su piel en busca de su Terra Incognita. No hay otro tesoro que desee más. Una pirata perdida en la isla de su cuerpo.

Buscando tesoros escondidos..."

No se si ha sido don Carnal, que me tiene alborotada.

No se si se trata de la Revolución de las Hormonas.

Solo se que desde hace unos días, vuelvo a ser una Criatura Sensual, una de las hijas de Deseo.

Como muchos otros.

No disimuléis.

Nos vemos, Criaturas Sensuales...

 

 

Deseos

¿Se cumplirán los deseos?

¿Y si los metes en un cofrecito de plata y aguamarina, con un fragmento de cuarzo rosa para ayudarlos?

¿Y si lo deseas con todas tus fuerzas?

Muy a menudo nos quieren hacer creer que no.

Que los deseos no se cumplen. Que no vale la pena desear.

Y si se cumplen, no serán lo que tú esperabas. Cuidado con lo que deseas, porque se puede cumplir.

Nos quieren hacer creer que desear es peligroso. O egoista.

¿Quién eres tú para querer, para desear, para pensar en tí antes que en los demás?

Tonterías.

Tú eres tú. Y mereces desear. Y mereces que te deseen. Somos criaturas de Deseo. Es lo que hace girar el mundo. Si no deseasemos, no avanzaríamos, siempre quietos, apáticos, grises, tristes, aburridos, muertos.

Somos criaturas de Deseo.

(Este/a es Deseo, el que hace avanzar el mundo, según Neil Gaiman y Milo Manara)

Merecemos desear. Merecemos que nos deseen. Merecemos que se cumplan nuestros deseos.

Todo lo demás, es conformismo.

Mi Terra Incognita

Es la Terra Incognita de nuestra piel.

Un lugar precioso, un rincón perfecto.

Es un espacio sin nombre, allí dónde se une la base de la oreja con el cuello.

La piel parece más suave, y más dulce ahí.

Un solo roce, una caricia, o un susurro en ese precioso pedazo de tí puede llevarte, en un involuntario instante, al paraiso.

Somos criaturas sensuales, hechas para sentir, para saborear, para amar. Ese rincón sin nombre de nuestra anatomía puede ser el centro de todas las sensaciónes, un lugar secreto, un mágico escondrijo del placer.

¿Como es posible que algo tan hermoso no tenga nombre?

Mi rincón secreto, mi escondrijo para las caricias, mi deseo, mi Terra Incognita.

Ese punto suave, delicado, sensible, es nuestra Terra Incognita.

Creo que ese es un buen nombre para un buen lugar.

Ese será su nombre a partir de ahora. Al menos para mi.

Será hermoso tener una Terra Incognita sobre la piel.

(Deseo el roce de tus lábios en mi Terra Incognita...)

Tontos

Teníamos veinte años y éramos un par de tontos.

Cosa que no quiere decir, para nada, que todos los que tienen veinte años sean tontos, que nadie se me enfade. Pero entonces, hace ya quince años, yo lo era, y mucho.

Y él también, ahora estoy casi segura. Si solo la mitad de lo que pasó era verdad, y no imaginaciones mías...

Desvarío, como tantas veces. Me cuesta más de lo que pensaba escribir sobre esto. Explicar lo tontos que podemos ser a los veinte años. Y hacerlo público. Eso si que me está costando. Pero quiero hacerlo.

Teníamos veinte años y éramos tontos. De remate.

Ya lo conocía de antes. Íbamos al cole juntos. Él era un año mayor (así que no era un tonto de veinte años, si no de veintiuno). Tenía un amigo muy guapo, y cuando me llegó la edad del pavo (que todos la hemos tenido, no disimuléis) muchas veces me esperaba en la entrada para verlo salir. Al guapo. Pero él siempre estaba a su lado, así que aprendí a conocerlo de lejos, sin darme cuenta.

Un día, cuando volvía a casa con mis amigas, apareció corriendo por detrás y me golpeó fuerte en la espalda.

Y eso es todo. No recuerdo nada más de él en esos años pavos que todos tenemos. Apenas su nombre, que tenía un amigo muy guapo y que era un poco bruto (como la mayoría de niños de catorce años, me temo).

Luego llegaron los horribles años de instituto y no volví a pensar ni un solo segundo en él, ni en su amigo guapo.

Más vale correr un tupido velo sobre esos años. Para la mayoría de la gente están llenos de buenos recuerdos. Yo prefiero olvidarlos.

Después llegó la universidad, y la cosa mejoró bastante.

Y fue entonces cuando volvió. Sin su amigo el guapo (la verdad es que no había vuelto a pensar en el guapo hasta que no me he puesto a escribir esto).

Compartía coche con una amiga, y un día me dijo que un vecino suyo vendría con nosotras también. Se rió mucho al verme. Me recordaba.

Lo cual, ahora que lo pienso, es bastante curioso, teniendo en cuenta lo que nos conocíamos...

Digamos que empezamos de nuevo. Sin el pavo de los catorce años. Ya no era ningún bruto (quizás no lo fuese nunca).

Me sorprendió encontrar en él una de las personas más estupendas que he conocido nunca. Era divertido, bueno, generoso y alegre.

Era uno de los mejores amigos que había tenido hasta entonces.

Nunca fue particularmente guapo (ya he dicho que el guapo era otro). Alto, delgado, moreno, con un aire un poco desgarbado y la nariz de una forma bastante curiosa, lo que le daba un aspecto gracioso y tierno a la vez.

Pero cuando sonreía, siempre conseguía iluminarlo todo. Te podías sentir la persona más importante del mundo, si aquella sonrisa era para ti.

Fue para mí más de una vez.

Solo para mí.

Que importante me sentía cuando me miraba llenándolo todo con la luz de aquella sonrisa...

Hace unas semanas me volví a encontrar con él.

Hacía ya quince años que no le veía. Aunque esta vez no puedo decir que no volviera a pensar ni un segundo en él...

Quince años es mucho tiempo. Estaba cambiado.

Lo vi venir calle abajo bajo su paraguas. Llovía bastante.

Me pareció que estaba cansado y envejecido. Me di cuenta de que tenía bolsas bajo los ojos, y más arrugas de las que recordaba, y algunas canas más de la cuenta (como si el tiempo no pasara por ti, María...)

Iba despistado. Le llamé.

Se giró. Me miró. Me reconoció.

Y sonrió.

Y su sonrisa volvió a iluminar el mundo, como hace quince años.

Borró de un plumazo las bolsas, las arrugas, las canas. Y el cansancio, la tristeza y la lluvia.

Pero eso fue todo.

Llovía. Los dos llevábamos prisa.

O tal vez los dos tontos de veinte años que aún llevamos dentro pensaron que al otro no le iba a interesar hablar de este hueco de quince años.

Por un instante pareció que pararíamos y volveríamos a hablar, como entonces, a compartir confidencias e historias, bromas y risas.

Compartimos muchas cosas, a los veinte años.

Menos de las que podrían haber sido...

Siempre fuimos un par de tontos.

No creí que me afectase tanto, algo tan minúsculo como eso. Hola y adiós. Y la luz de una sonrisa que aún tiene veinte años.

Pero desde ese día, no dejo de recordar. Cosas que fueron y que pudieron haber sido, si no hubiésemos sido tan tontos. Pequeños recuerdos dulces que te iluminan en la noche con la luz de esa sonrisa de hace quince años.

Y muchas sensaciones.

Escalofríos, y una alegría repentina e inexplicable, y un revoloteo de mariposas en el estómago sin ninguna razón aparente, y la huella que deja un aliento cálido en el cuello, o unos dedos suaves en el pelo.

Recuerdos de una caricia mal disimulada en el pelo, poco más que un vuelo de mariposas (como las que te danzan sin razón en el estómago y revolotean agitadas contra el pecho).

Recuerdos del asiento trasero del cochecito de mi amiga, de vuelta a casa, donde compartimos risas y susurros, y algunos secretos, y el aliento cálido acariciando la piel suave del cuello, y el descubrimiento de unos ojos verdes.

Recuerdos de muchos caminos juntos, cuando no podíamos compartir el coche con mi amiga. Trenes, autobuses, calles con los árboles en flor.

Por la mañana el camino solía ser silencios. Nunca me importó el silencio. A la vuelta, el vagón del tren se llenaba de palabras, de risas incontroladas, de confidencias.

Recuerdo un vagón de tren, y dos cabezas muy juntas sobre un hermoso libro de arte, compartiendo como nunca más he vuelto a compartir, como si no hubiese nadie más en el tren, en el mundo.

Solo las dos cabezas sobre el libro de arte.

Y los ojos verdes.

Y el aliento cálido sobre la piel del cuello, murmurando secretos.

Y aquella sonrisa de veinte años que podía iluminarlo todo.

Y no puedo evitar seguir recordando todas aquellas cosas que no fueron nunca. Que podrían haber sido si un hubiésemos sido tan tontos.

Los labios rozando con suavidad el cuello.

Las manos como un vuelo de mariposas superando la tímida frontera de los cabellos, buscando secretos y misterios sobre el resto de la piel.

Las palabras y los susurros compartidos hablando de deseos, de esperas, de ansiedades, de pasión y de alegría.

Los ojos verdes que solo me miran a mí, la sonrisa que solo ilumina mi mundo.

Que tontos éramos a los veinte años...

Que ganas de volver atrás y explicártelo todo.

Decirte que aún te echo de menos.

Y que el encuentro del otro día, inesperadamente, lo volvió a despertar todo. Todo lo que yo creía definitivamente muerto.

Yo, que voy de dura y cínica por la vida en lo que se refiere a las cosas del amor.

Aunque luego me emocione con una estúpida película romántica.

Me gustaría saber que me está pasando. A lo mejor es que me hago vieja.

O que no he crecido lo suficiente.

Que aún soy una tonta de veinte años, y que te echo mucho de menos.

Que ansío el roce de esos labios en el cuello. Y la sonrisa. Y volver a compartir la risa, como entonces. Últimamente, me cuesta reír.

Que tonta...

(Y ahora se me ocurre pensar que, tal vez, por una extraña casualidad, algún día llegues a leer esto, y quizás ni siquiera sepas que habla de ti. Pero también podría ser que si que lo sepas, que recuerdes esos veinte años como yo los recuerdo, y que también te sientas un poco tonto, y un poco melancólico, y un poco feliz, y un poco triste, y un poco enamorado, aunque solo sea un poquito, aunque solo sea enamorado de un recuerdo, como yo me siento ahora...)

 

 

 

 

Rojo

 Esto era una jovencita.

Vivía con su madre en una casita blanca junto al bosque, rodeada por un jardín de flores rojas; amapolas, anémonas de Caén y flores de granado.

En el bosque no había flores.

Había árboles viejos y retorcidos con el corazón podrido, oscuro y cruel.

Había fieras salvajes, animales extraños con los ojos pálidos de vivir entre tinieblas, arañas, zorros y murciélagos.

Había criaturas sin nombre, más viejas que los mismos árboles.

Y en el corazón del bosque vivía la abuela, en una cabaña de troncos y barro.

La gente decía que era una bruja, y no se atrevían a mirarla a la cara cuando la veían por el pueblo.

La jovencita no estaba muy segura de que realmente fuese su abuela, pero ella no le tenía miedo. El día en que tuvo su primer periodo, la anciana del bosque apareció en su casa y le regaló una capa y una caperuza rojas como la sangre.

Pero nadie la llamó nunca Caperucita Roja.

Un día, su madre la llamó.

-La anciana del bosque está muy enferma. Te he preparado una cesta con algunas hierbas medicinales, un poco de leche, pan y miel. Ahora ponte tu caperuza y ve. Y no hables con nadie, ni abandones el camino, o ya nadie podrá ayudarte.

Así que la jovencita cogió la cesta y se adentró en el bosque. Y, aunque afuera era aún mediodía, dentro, bajo las copas de los árboles, reinaba una oscuridad verde.

Había murmullos, en el bosque. Sonidos extraños, risas ahogadas, palabras amenazadoras. La jovencita no sabía si eran los árboles los que hablaban, o si se trataba de los animales salvajes, o de las otras cosas que más valía no conocer.

Pero las podía oír, palabras de ira, de rencor, de rabia.

"Vete de aquí. Tú no perteneces al bosque. Demasiado joven, demasiado tierna, demasiado roja. No nos gusta ese color. Vete de aquí."

Alguien se acercaba por el camino.

Primero creyó que se trataba de algún animal enorme.

Luego pensó que era un hombre alto con el pelo negro.

Era un lobo. Era el Lobo.

Sonrió al verla, roja como una amapola, como una anémona de Caén, como una flor de granado. Hermosa como sangre derramada.

El Lobo tenía largos dientes amarillos y ojos dorados y fríos.

La jovencita dejó de caminar.

El Lobo se acercó a ella. Olfateó su aroma joven, tierno y dulce.

-¿Dónde vas, preciosa?

El aliento cálido olía a carne, a sangre y a hambre.

La jovencita dio un paso atrás, intentando alejarse del Lobo, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por los ojos salvajes y la voz ronca de la bestia.

-Voy a casa de la anciana. Está enferma.

La sonrisa del Lobo creció hasta convertirse en una mueca hambrienta. Su voz se volvió más dulce aún. Los ojos le brillaban ansiosos. Su respiración se volvió agitada.

-Si vas por aquel camino blanco, llegarás mucho antes-susurró.

La jovencita no recordaba haber visto el camino blanco hasta que no se lo señaló el Lobo, aunque brillaba en la oscuridad del bosque con una luz pálida.

Casi creyó oír la voz de su madre: "No abandones el camino o ya nadie podrá ayudarte".

Pero tomar el camino blanco no era, en realidad, abandonar el camino...

¿Verdad?

El Lobo se había ido.

La jovencita tomó el camino blanco, una hermosa gota de sangre sobre la nieve.

El Lobo no fue por el camino blanco. Corrió con todas sus fuerzas por el camino verdadero, y llegó antes a la casa de la anciana.

-Entra, mi niña. Está abierto-dijo la anciana cuando el Lobo llamó a la puerta.

Y el Lobo entró, y se abalanzó sobre la anciana, que estaba débil y enferma, y la ahogó con su propia almohada. La carne de la anciana era demasiado vieja, dura y reseca para su gusto, pero aún así, el Lobo la troceó y la colocó en una bandeja de plata, y con su sangre llenó una botella.

Luego se metió en la cama de la anciana, a esperar.

La jovencita llegó un rato después, cansada y asustada de las cosas que había visto en el camino blanco.

Llamó a la puerta.

-Abuela, soy yo.

Una voz vieja le contestó desde dentro.

-Entra, mi niña. Está abierto.

La cabaña estaba casi a oscuras, alumbrada apenas por la luz roja de las ascuas del hogar. En la cama estaba la anciana.

Sus ojos eran amarillos.

Olía a sangre, a carne.

La jovencita sintió la angustia del hambre en la boca del estómago.

-Pasa, pasa, mi cielo. Debes estar hambrienta. En la mesa hay carne y vino, toma todo lo que quieras.

Y la jovencita fue hasta la mesa, y comió, y bebió, y el sabor de la carne cruda y del vino rojo le pareció a la vez extraño y delicioso.

El gato negro la miraba comer desde la repisa de la chimenea. Cuando ella alargó la mano para acariciarlo, el animal le enseñó los dientes y le bufó.

-¡Zorra!-maulló-Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre...

Pero la jovencita no podía entender el lenguaje de los gatos, y se dirigió a la cama, en la parte más oscura de la cabaña.

-Tengo mucho frío, mi vida-dijo la voz en la oscuridad- Quítate la ropa y métete conmigo en la cama.

Y la jovencita se quitó la capa roja, y miró alrededor, pero no había dónde dejarla.

-Abuela, ¿dónde pongo mi capa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la falda, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi falda?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las enaguas, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las medias, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis medias?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la camisa, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y ya sólo le quedaban los calzones, y la jovencita miró a la oscuridad tapándose los senos redondos con los brazos. Buscaba los ojos de la anciana, pero allí no había nada.

-Abuela-murmuró-¿Qué hago con mis calzones?

-Quítatelos, mi sangre-la voz de la oscuridad sonaba baja y ronca-y arrójalos al fuego...pues no los necesitarás... nunca más.

Y la jovencita se quitó despacio los calzones, y mientras lo hacía, dos ojos como lunas amarillas brillaron en la oscuridad.

Y arrojó los calzones al fuego, y ardieron con una luz verde y amarilla que lamió su cuerpo desnudo igual que lo lamían los ojos ansiosos de la criatura que esperaba en la cama.

La jovencita se sentó junto al fuego y observó en silencio como las llamas devoraban sus ropas, hasta que no fueron más que un puñado de cenizas pálidas.

Y entonces la voz ronca y hambrienta habló de nuevo.

-Ven aquí.

Una mano apartó las mantas, y la jovencita se deslizó dentro de la cama, temblando, y miró a la criatura que allí había.

-Abuela-susurró-que ojos tan grandes tienes...

-Son para verte mejor, corazoncito-ronroneó el Lobo.

-Abuela-murmuró la jovencita-que manos tan grandes tienes...

-Son para acariciarte mejor, palomita-gimió el Lobo.

-Abuela-jadeó la jovencita-...que boca...tan grande tienes...

-Es para comerte mejor, mi vida.

Y la jovencita pudo ver por fin al Lobo, los ojos dorados, los dientes amarillos, la lengua rosada, el miembro erecto y oscuro, que ella misma acarició, aún hambrienta.

Sonreía cuando le abrió las piernas y lamió su sexo perfumado con la lengua larga y áspera.

Sonreía al oírla gemir de terror y placer.

Sonreía al penetrarla, una y otra vez, al derramar su semilla sobre la piel fresca de ella, sobre sus pechos perfectos, sobre los pezones duros y rosados, en sus labios rojos como las amapolas, como las anémonas de Caén, como las  flores de granado. Hermosos como la sangre recién derramada.

Y no dejó de sonreír hasta que no acabó de devorarla...

 

 

 

 

 

Un cuento de Beltane

Ha valido la pena esperar. Ella siente la lengua áspera, como la de un gato, recorriendo el camino de su cuerpo. Empieza en la piel suave del vientre. Se entretiene, juguetona, en el ombligo, y ella se ríe. Luego recorre con los dedos la cicatriz rosada que conduce a sus senos.

Las respiraciones se vuelven agitadas cuando las manos de él alcanzan los pezones oscuros. Cuando el camino le lleva a cubrir de besos el hueco de su garganta.

Ha valido la pena esperar, se dice él, esperar a la mujer grande y dorada sobre la hierba. Y aspira su aroma salvaje, como el de un animal, y siente la suavidad de su piel, y oye el sonido de su risa, y él también se ríe al comprobar el efecto que el sonido de esa risa produce en su cuerpo.

Busca su centro con la boca, para sentir el sabor dulce y salado en los labios, y la hace gemir y reír de nuevo.

Ha valido la pena esperar, y ella se desliza como el agua, acoplando cada movimiento a los de él, y siente el placer y la risa brotando como una fuente en el calor ardiente del verano, como no lo había sentido desde que era una diosa, hace ya mil años.

Ha valido la pena, porque ahora los dos son una sola criatura prodigiosa, enredados sobre la hierba, que se cubre de flores rojas al paso de la danza salvaje.

Cuando el primer rayo del sol de mayo se une a la fiesta de los cuerpos cubiertos de rocío, ambos sienten el estallido cálido, muy dentro, una explosión de vida.

Ha llegado Beltane.

Eostre

Es la diosa del alba y la primavera.

Ella es Abril.

De su nombre proviene la palabra inglesa "easter" o pascua.

Ella estaba antes que cualquier semana santa. Su presencia habla de vida y renacimiento. Por eso el cristianismo tomó las celebraciones en su honor y las convirtió en esta semana dolorosa y aterradora de nazarenos, encapuchados y dolientes.

Pero las celebraciones en honor de Eostre eran muy diferentes. Se encendían hogueras para ella y se le ofrecían alimentos lanzandolos a la tierra. Eran unas fiestas alegres y sensuales. Como ella.

Eostre representa la fecundidad de la primavera, el amanecer, el amor y el placer sensual.

Representa la vuelta de la vida, y todo lo hermoso y alegre que hay en el mundo.

Así que no será de extrañar que os diga que la prefiero mil veces a ella que a ese hombre muerto en una cruz.

Será porque soy una pedazo de atea. O un cacho de pagana, y voy a ir al infierno por descreida. y allí abajo me encontraré con Eostre, y con Ishtar, y con Freya, y con todas las diosas alegres y sensuales que han sido condenadas a las llamas eternas solo por ser lo que son...

Que bien nos lo vamos a pasar juntas.

(Mi Semana Santa personal, mi manera de celebrar abril, la primavera y la vida. Ella quiso ser dibujada, y yo la dibujé, con mayor o menor fortuna. Espero que le guste mi idea de ella...Feliz pascua. Feliz Ostara.)