La Coctelera

Categoría: A corazón abierto

Cuando yo me muera...

 

Cuando yo me muera...

Que nadie se asuste. No me estoy muriendo. No más de lo que nos estamos muriendo todos. Ni tengo ningunas ganas de morirme. La vida es demasiado buena, aunque a veces no lo sea. Me gusta demasiado el aroma del mar, me gusta demasiado la música, y reír, me gustan demasiado las caricias y los besos, y comer, y beber, y amar. Me gusta demasiado la vida...

Fue Anna quien me hizo pensar en esas cosas, una noche, hablando de funerales, de irlandeses y de cómo nos las apañamos para superar la pena.

Y pensé...

Que cuando yo me muera, quiero que haya lágrimas, porque no hay nada más triste que un funeral sin lágrimas.

Pero también quiero que haya risas, porque la vida sin risas no vale la pena.

Cuando yo me muera quiero que se celebre mi vida, no que se lamente mi muerte. Que se celebre lo que fui, y lo que hice, y lo que viví. Que los que se quedan atrás recuerden. Quiero que haya recuerdos, cuando yo me muera. Buenos recuerdos.

Quiero palabras, y bromas, chistes y cuentos, muchos cuentos. Todos sabéis cuanto me gustan los cuentos...

Cuando yo me muera, quiero un velatorio irlandés, que esos sí que saben hacer bien las cosas. Empezará al ponerse el sol, y se alargará toda la noche, y será una noche clara de verano, en un pub donde se pueda oír el rumor del mar, o en una taberna marinera. Habrá ron, y whiskey, Guinnes y Bulmers, habrán mojitos y cremats, y quiero que alguien haga una buena queimada, en la arena, y que no se olvide del conjuro.

Tiene que haber conjuros y magia, esa noche. Y si es posible, que todo el mundo acabe borracho, de alcohol, y de risas, de mar y de lágrimas.

Y sobre todo, borracho de música.

Tiene que haber música, cuando yo me muera.

Me pido una Big Band que toque "When the Saints go Marching In", como en los funerales de Nueva Orleans (que también saben lo que se hacen).

Me pido a los Dubliners, los originales, los primeros, con Luke Kelly el pelirrojo para las tristes baladas celtas. Ya se que Luke Kelly hace tiempo que se partió a buscar el Campo del Violín, pero no importa. Que vuelva durante un tiempo para mi funeral, que se de un paseo por este lado de las cosas, y que cante "I Know my Love" y "Peggy Gordon" y "A Song for Ireland" como solo él sabía hacerlo. Y ya puestos, quiero que canten "The Irish Rover" con The Pogues, y "The Wild Rover" cuando ya estén ciegos de whiskey y cerveza negra. Y "Molly Malone", y "Danny Boy", y "In Heaven There is no Beer"...

Puestos a volver por un rato, estaría bien que apareciesen también Nina Simone y Ella Fitzgerald, cantando "Summertime" con la Big Band de Nueva Orleans.

Cuando yo me muera también tiene que haber habaneras. Me gustan las habaneras, porque huelen y saben a mar, porque tienen ritmo de olas y perfume de ron. Quiero unos guapos marineros vestidos de blanco que canten "El Meu Avi" y las "Habaneras de Cadiz", quiero que todos los que vengan a decirme adiós canten "Allá en la Habana" y "La Barca Xica" y "La Gavina", hasta que vuelva el día.

Y cuando al fin se decida a levantarse, el sol tiene que encontrar a todo el mundo durmiendo la mona debajo de las mesas, todos saciados de bebida, de comida, de palabras, de música, de risas, de lágrimas, de amor, porque esa noche será una noche para hacer el amor, que es la mejor manera de celebrar la vida.

Luego coged mis cenizas y partid mar adentro en un barco de vela. Después de tanta música y bebida, seguramente habrá silencio. No está mal, un poco de silencio. Dejad que ahora canten las olas y las gaviotas. Ellas saben las mejores habaneras.

Llegaréis al punto exacto a mediodía, y lo sabréis porque yo os lo diré, un lugar perfecto en el que el mar se habrá vuelto de plata, donde el aire será más dulce, y más cálido, donde navegarán viejos barcos piratas. Ahí es donde deberéis dejarme ir, pero no lo hagáis sin unas palabras de despedida. Me gustan las palabras. No quiero palabras tristes, aunque haya lágrimas. Quiero alegría, en mi último momento en  la tierra.

Y cuando ya me haya ido del todo, a buscar islas y estrellas marinas, antes de volver a casa, quiero que todos los que alguna vez me quisieron, mi familia, mis amigos, Luke Kelly, Nina Simone, los Dubliners, Ted Neeley, Ella Fitzgerald, la Big Band, los grupos de habaneras y Eric Iddle canten aquello tan divertido de "Always look on the bright side of life..."

Quiero que ese sea un día para celebrar la vida.

Cuando yo me muera quiero que se me eche de menos. Que se me recuerde, para que sea como si no me hubiera ido.

Que nadie pueda olvidar nunca el día en que me dijeron adiós...

En tren

En un tren pueden pasar muchas cosas. Cosas grandes y cosas pequeñas. Cosas importantes y cosas sin ninguna importáncia.

En un tren te puede cambiar la vida o simplemente, bajarte en la próxima estación.

A mi también me pasan cosas en los trenes.

Cosas tontas, pequeñas, sin importáncia. Pero a veces, esas cosas son las que te hacen sentir un poco mejor.

Para que quede claro antes de empezar con esta historia sin importancia: no soy guapa. Nunca lo he sido. Nunca lo seré. Tampoco es que sea fea feísima, supongo, aunque tengo tendencia a salir con caras raras en las fotos. Pero el caso es que nunca he resultado sexi, llamativa, espectacular.

Punto aclarado.

Aunque supongo que hará falta aclarar otra cosa. Precisamente por lo dicho antes, no estoy muy acostumbrada a que me miren. Antes, incluso me hacía sentir mal. No me gustaba que me mirasen, ni bien ni mal. Prefería pasar desapercibida.

Bueno, quien me conoce sabe lo mucho que he cambiado últimamente...

Pero ahora subamos al tren.

El tren del sábado, camino de Barcelona (una mañana divertida, por cierto, ya la explicaré en otro momento...)

Un tren diferente al que siempre cojo. Un camino diferente, más verde, más alegre. A lo mejor soy yo la que es diferente.

Las mismas cosas se pueden ver de maneras tan distintas. Y siempre depende, únicamente, de tí.

El tren también.

Y la gente.

Sube un hombre, joven. Ojos oscuros. Barba. Ropa de trabajo.

Bonita sonrisa.

Se sienta delante de mí.

Voy despistada (siempre con la cabeza en las nubes). No le hago mucho caso.

Pero lo siento, de pronto. Los ojos fijos en mí.

Me mira. A los ojos, primero. La mirada oscura se desliza suavemente. El pañuelo rojo, las letras de la camiseta. No es una mirada molesta, es suave, como una carícia. Se detiene un poco más de la cuenta en el escote, y sonríe, un poco. Una media sonrisa traviesa. No le importa que yo me haya dado cuenta. No deja de mirar, de acariciar. No deja de sonreir.

Y, curiosamente, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta. Me gusta que me mire de esa manera. Me gusta la sonrisa traviesa, los ojos oscuros como una caricia.

Un escalofrío.

El tren llega a la última estación.

Voy hacia el metro. Él viene detrás, a unos centimetros.

Me sostiene la puerta para dejarme salir.

"Grácias".

Sonrisa traviesa.

Sigo hacia el metro.

Sale de la estación.

Que lástima...

Pero son esas cosas las que hacen que el día sea un poco más luminoso.

Inyecciones de autoestima. Que buena falta me hacen...

No amor mio jamas os he amado se acaba decir cyrano

"No, amor mío. Jamás os he amado"

Se lo acaba de decir Cyrano a Roxana, mientras yo pasaba por allí, camino de otra parte. Ya ni siquiera recuerdo de dónde.

Estaba anocheciendo. Seguro que hacía frío. Todo tenía un aspecto helado.

No he sido capaz de seguir mirando.

Me he echado a llorar como una niña.

Lágrimas de verdad. Hacía tiempo que no lloraba así...

Cuando te levantas con el día tonto...

Viernes de Carnaval

 

Creo que es culpa de don Carnal, que me tiene alborotada.

A alguien hay que echarle la culpa de la Revolución de las Hormonas.

Aunque creo que tampoco son las hormonas las culpables. Creo que es culpa mía, solo mía. La gente que me conoce (personalmente, quiero decir) no se lo podrán creer si les digo que siempre, de toda la vida, he sido una persona muy apasionada. Y también muuuuy tímida, así que difícilmente lo demuestro en público.

He decidido sacudirme la timidez (con lo que cuesta eso).

He decidido quitármela de encima como si fuese un vestido viejo, demasiado grande, oscuro y pesado.

He decidido que quiero ser yo, y no el vestido gris y polvoriento de mi timidez.

Así que hoy mismo, viernes de carnaval, quiero quitarme el disfraz.

Empezar a mostrar a la que hay debajo. La que se apasiona, y se entusiasma, y se obsesiona. La que se ríe sin razón, a la que le gusta jugar.

Juegos de niños y juegos de adultos.

La que escribe en su diario cosas sobre su cicatriz:

"Está justo ahí, en mi centro.

Es el centro de mi vida. Ahora me doy cuenta. No pienso deshacerme nunca de ella, porque no quiero olvidar que me ha dado la vida, otra vez. En cierta manera, me siento orgullosa de ella. Es una oportunidad de empezar de nuevo.

Es un camino rosa que nace bajo el pecho y llega hasta el ombligo. Un camino para las caricias, un sendero de besos. El camino recorrido por unos labios hambrientos. Mi cicatriz está hambrienta de caricias..."

Escribo muchas cosas, en ese diario, cosas que dejan lejos a la del vestido gris de la timidez y dejan salir a la que soy, a la apasionada, a la loca, a la pirata con ganas de viajes y de besos.

"Por la mañana, entre sueños, imagino abrazos, palabras medio susurradas al oído, sonrisas luminosas alumbrándome el mundo, caricias furtivas. Y los ojos verdes..."

Me temo que también escribo muchos deseos. Demasiados deseos y muy pocas realidades. Eso no me lo podré quitar nunca de encima. La cabeza en las nubes...

 "Deseo sus labios en ese precioso lugar, ese rincón dulce, el punto donde se une la base de la oreja con el cuello.

¿Cómo puede ser que un lugar tan hermoso no tenga nombre?

Quiero sus labios en mi Terra Incognita..."

Y me doy permiso para desear.

"YO TAMBIÉN ME LO MEREZCO.

Merezco que se cumplan mis deseos.

Merezco ser feliz.

Merezco que me quieran.

ME LO MEREZCO."

Aunque de miedo...

Da miedo irse, y aún así, mira lo que escribo:

"Piensa en irte. En viajes. En Almas Barcas.

Piensa en el mar azul de Grecia, en la plata del mar de Irlanda, en los mares piratas que aún no has conocido.

No olvides nunca el mar.

Cierra los ojos y piensa en abandonar el gris y caerte en el azul. Algún día, lo abandonarás todo por el mar.

Ya verás.

Eso te pasa por tener un Alma Barca."

Y me pregunto cosas, y luego me las respondo, sin disfraces ni timideces.

"¿Cuál es la materia que me forma?

Estoy hecha de carne y sangre, como todos. Estoy hecha de sueños y deseos. De agua de mar y luna llena. Estoy hecha de palabras y cuentos. De ganas de ser feliz y volar lejos. Estoy hecha de viajes, de lugares reales e imaginados. Es un Alma Barca la que me mueve de isla en isla. El espíritu de una nómada atrapado en un cuerpo sin alas que quiere volar. Y me cubre una piel sensible, con ganas de ser acariciada. Y tengo una Terra Incognita, un lugar prodigioso, una isla encantada que espera el marinero que la descubra.

Esa es la materia que me forma.

Y nada más."

Y sigo deseando.

"Me gustaría que mis historias se balanceasen siguiendo el ritmo de la música del mar."

"Tengo ganas de algo nuevo."

Y en los últimos días, me he dado cuenta de cosas. Como si ya me estuviese librando de mi disfraz, de la que lleva toda la vida escondiéndome:

"Ya no tengo miedo.

¿Tanto he cambiado?

¿Quién soy yo ahora?"

Pero aún así, no puedo dejar de desear...

Deseos que me sorprenden, cuando los vuelvo a leer, un tiempo después. Pero que no dejan de ser míos. No dejan de ser yo. La yo que soy de verdad, la que se está quitando el pesado vestido de su timidez. Y cómo cuesta...

Y aún así, sigo intentándolo, y consiguiéndolo, poco a poco. Estas palabras, esta especie de confesión de Viernes de Carnaval, son mi primer intento público de mostrar quién soy de verdad, ahí, debajo de toda esa tela inútil y angustiosa.

Sigo soñando. La cabeza en las nubes. Apasionada, obsesiva. Loca

Espero que me perdonéis este pequeño strip-tease del alma. Pero quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.

Al fin y al cabo, todos somos criaturas sensuales...

"Necesito saber que los deseos se cumplen.

Que existe algo parecido a la suerte. O al destino. Necesito creer en la magia. En la fuerza irresistible de la casualidad.

Hoy lo necesito más que nunca.

Saber que volveremos a encontrarnos. Y que esta vez será diferente

Quiero que, por una vez en mi vida, sea verdad. Quiero ser la afortunada. A la que le pasan cosas, no la que mira desde fuera.

Quiero que explore cada centímetro de mí en busca de mi Terra Incognita. Él, que me la descubrió por primera vez. El, que es el único que realmente sabe dónde está...

El, que es el único que no necesita mapas para encontrarla.

Porque es tan suya como mía.

Y ahora pienso que me encantaría convertirme en exploradora y pasar el resto de mis días recorriendo los territorios de su piel en busca de su Terra Incognita. No hay otro tesoro que desee más. Una pirata perdida en la isla de su cuerpo.

Buscando tesoros escondidos..."

No se si ha sido don Carnal, que me tiene alborotada.

No se si se trata de la Revolución de las Hormonas.

Solo se que desde hace unos días, vuelvo a ser una Criatura Sensual, una de las hijas de Deseo.

Como muchos otros.

No disimuléis.

Nos vemos, Criaturas Sensuales...

 

 

Mi Comarca

Donde yo vivo.

Mi pedazo de mundo.

Mi Comarca, con su Hobbiton y todo (está a mano derecha, no sale en la foto)

Y mi Bolsón Cerrado, que es una casa blanca con una veleta (tampoco sale en la foto, está a la izquierda)

El puerto de mi Alma Barca

Mi cachito de corazón...

Mi Terra Incognita

Es la Terra Incognita de nuestra piel.

Un lugar precioso, un rincón perfecto.

Es un espacio sin nombre, allí dónde se une la base de la oreja con el cuello.

La piel parece más suave, y más dulce ahí.

Un solo roce, una caricia, o un susurro en ese precioso pedazo de tí puede llevarte, en un involuntario instante, al paraiso.

Somos criaturas sensuales, hechas para sentir, para saborear, para amar. Ese rincón sin nombre de nuestra anatomía puede ser el centro de todas las sensaciónes, un lugar secreto, un mágico escondrijo del placer.

¿Como es posible que algo tan hermoso no tenga nombre?

Mi rincón secreto, mi escondrijo para las caricias, mi deseo, mi Terra Incognita.

Ese punto suave, delicado, sensible, es nuestra Terra Incognita.

Creo que ese es un buen nombre para un buen lugar.

Ese será su nombre a partir de ahora. Al menos para mi.

Será hermoso tener una Terra Incognita sobre la piel.

(Deseo el roce de tus lábios en mi Terra Incognita...)

2010

 

Ya está aquí.

Es un número curioso, el 2010.

No se porqué. Verlo así, escrito, me suena raro.

Supongo que es el típico y tópico momento de echar la vista atrás.

Mirar al año que ya no existe, que desde hace unas horas es solo un recuerdo. Ha sido un año extraño, este 2009. Un año de cambios, grandes cambios. Empezó con cambios y así ha seguido, casi sin darme cuenta, cambiando y cambiándome.

No se si el 2010 también traerá grandes cambios, como este. Lo que si se es que los grandes cambios se dan casi sin darte cuenta. Pero llega el 31 de diciembre, miras hacia atrás, hacia el largo camino que hay a tus espaldas, y no puedes evitar preguntarte quién es la persona que te mira desde el otro lado.

Se parece a ti. Mucho. Pero, en cierta manera, no eres tú.

Es la mariadelirios del primero de enero de 2009. Allí, a lo lejos. Un poco asustada, preguntándose quién habrá al final del camino. Y deseando caminar. Muerta de miedo, pero deseando caminar.

Que cosas...

El camino se me ha hecho corto, ahora que me fijo. Han cambiado los compañeros de viaje. Algunos. Otros siguen aquí, como siempre. Unos pocos están lejos, siguiendo su propio camino, que a veces aún se entrecruza con el mío. Por suerte. No quiero dejarlos atrás.

Y hoy toca mirar otra vez hacia adelante, y empezar otra vez a hacer camino, porque no hay nada aquí más que maleza, y algunos árboles grandes como torres verdes, y una luz dorada y suave que huele un poco a mar.

Pero no hay camino. Como cada año. El camino hay que hacerlo a la vez que vas caminándolo. El camino del 2010 sigue por hacer.

Pues nada. Que vuestro camino sea alegre. Que caminéis en buena compañía. Que la luz os acompañe, de día y de noche, luz de luna y estrellas, luz de sol y luz de lluvia. Y os deseo...

Paz.

Amor.

Aventura.

Felicidad.

Salud.

Libertad.

Alegría.

Amistad.

Creatividad.

Luz.

Sueños.

Barcos de vela.

Un faro en la noche.

Islas desiertas.

Cuentos de hadas.

Más aventura.

Diversión.

Y alguna pena, chiquitina, para darle un poco más de sabor a las alegrías.

Feliz camino nuevo a todos...

Tontos

Teníamos veinte años y éramos un par de tontos.

Cosa que no quiere decir, para nada, que todos los que tienen veinte años sean tontos, que nadie se me enfade. Pero entonces, hace ya quince años, yo lo era, y mucho.

Y él también, ahora estoy casi segura. Si solo la mitad de lo que pasó era verdad, y no imaginaciones mías...

Desvarío, como tantas veces. Me cuesta más de lo que pensaba escribir sobre esto. Explicar lo tontos que podemos ser a los veinte años. Y hacerlo público. Eso si que me está costando. Pero quiero hacerlo.

Teníamos veinte años y éramos tontos. De remate.

Ya lo conocía de antes. Íbamos al cole juntos. Él era un año mayor (así que no era un tonto de veinte años, si no de veintiuno). Tenía un amigo muy guapo, y cuando me llegó la edad del pavo (que todos la hemos tenido, no disimuléis) muchas veces me esperaba en la entrada para verlo salir. Al guapo. Pero él siempre estaba a su lado, así que aprendí a conocerlo de lejos, sin darme cuenta.

Un día, cuando volvía a casa con mis amigas, apareció corriendo por detrás y me golpeó fuerte en la espalda.

Y eso es todo. No recuerdo nada más de él en esos años pavos que todos tenemos. Apenas su nombre, que tenía un amigo muy guapo y que era un poco bruto (como la mayoría de niños de catorce años, me temo).

Luego llegaron los horribles años de instituto y no volví a pensar ni un solo segundo en él, ni en su amigo guapo.

Más vale correr un tupido velo sobre esos años. Para la mayoría de la gente están llenos de buenos recuerdos. Yo prefiero olvidarlos.

Después llegó la universidad, y la cosa mejoró bastante.

Y fue entonces cuando volvió. Sin su amigo el guapo (la verdad es que no había vuelto a pensar en el guapo hasta que no me he puesto a escribir esto).

Compartía coche con una amiga, y un día me dijo que un vecino suyo vendría con nosotras también. Se rió mucho al verme. Me recordaba.

Lo cual, ahora que lo pienso, es bastante curioso, teniendo en cuenta lo que nos conocíamos...

Digamos que empezamos de nuevo. Sin el pavo de los catorce años. Ya no era ningún bruto (quizás no lo fuese nunca).

Me sorprendió encontrar en él una de las personas más estupendas que he conocido nunca. Era divertido, bueno, generoso y alegre.

Era uno de los mejores amigos que había tenido hasta entonces.

Nunca fue particularmente guapo (ya he dicho que el guapo era otro). Alto, delgado, moreno, con un aire un poco desgarbado y la nariz de una forma bastante curiosa, lo que le daba un aspecto gracioso y tierno a la vez.

Pero cuando sonreía, siempre conseguía iluminarlo todo. Te podías sentir la persona más importante del mundo, si aquella sonrisa era para ti.

Fue para mí más de una vez.

Solo para mí.

Que importante me sentía cuando me miraba llenándolo todo con la luz de aquella sonrisa...

Hace unas semanas me volví a encontrar con él.

Hacía ya quince años que no le veía. Aunque esta vez no puedo decir que no volviera a pensar ni un segundo en él...

Quince años es mucho tiempo. Estaba cambiado.

Lo vi venir calle abajo bajo su paraguas. Llovía bastante.

Me pareció que estaba cansado y envejecido. Me di cuenta de que tenía bolsas bajo los ojos, y más arrugas de las que recordaba, y algunas canas más de la cuenta (como si el tiempo no pasara por ti, María...)

Iba despistado. Le llamé.

Se giró. Me miró. Me reconoció.

Y sonrió.

Y su sonrisa volvió a iluminar el mundo, como hace quince años.

Borró de un plumazo las bolsas, las arrugas, las canas. Y el cansancio, la tristeza y la lluvia.

Pero eso fue todo.

Llovía. Los dos llevábamos prisa.

O tal vez los dos tontos de veinte años que aún llevamos dentro pensaron que al otro no le iba a interesar hablar de este hueco de quince años.

Por un instante pareció que pararíamos y volveríamos a hablar, como entonces, a compartir confidencias e historias, bromas y risas.

Compartimos muchas cosas, a los veinte años.

Menos de las que podrían haber sido...

Siempre fuimos un par de tontos.

No creí que me afectase tanto, algo tan minúsculo como eso. Hola y adiós. Y la luz de una sonrisa que aún tiene veinte años.

Pero desde ese día, no dejo de recordar. Cosas que fueron y que pudieron haber sido, si no hubiésemos sido tan tontos. Pequeños recuerdos dulces que te iluminan en la noche con la luz de esa sonrisa de hace quince años.

Y muchas sensaciones.

Escalofríos, y una alegría repentina e inexplicable, y un revoloteo de mariposas en el estómago sin ninguna razón aparente, y la huella que deja un aliento cálido en el cuello, o unos dedos suaves en el pelo.

Recuerdos de una caricia mal disimulada en el pelo, poco más que un vuelo de mariposas (como las que te danzan sin razón en el estómago y revolotean agitadas contra el pecho).

Recuerdos del asiento trasero del cochecito de mi amiga, de vuelta a casa, donde compartimos risas y susurros, y algunos secretos, y el aliento cálido acariciando la piel suave del cuello, y el descubrimiento de unos ojos verdes.

Recuerdos de muchos caminos juntos, cuando no podíamos compartir el coche con mi amiga. Trenes, autobuses, calles con los árboles en flor.

Por la mañana el camino solía ser silencios. Nunca me importó el silencio. A la vuelta, el vagón del tren se llenaba de palabras, de risas incontroladas, de confidencias.

Recuerdo un vagón de tren, y dos cabezas muy juntas sobre un hermoso libro de arte, compartiendo como nunca más he vuelto a compartir, como si no hubiese nadie más en el tren, en el mundo.

Solo las dos cabezas sobre el libro de arte.

Y los ojos verdes.

Y el aliento cálido sobre la piel del cuello, murmurando secretos.

Y aquella sonrisa de veinte años que podía iluminarlo todo.

Y no puedo evitar seguir recordando todas aquellas cosas que no fueron nunca. Que podrían haber sido si un hubiésemos sido tan tontos.

Los labios rozando con suavidad el cuello.

Las manos como un vuelo de mariposas superando la tímida frontera de los cabellos, buscando secretos y misterios sobre el resto de la piel.

Las palabras y los susurros compartidos hablando de deseos, de esperas, de ansiedades, de pasión y de alegría.

Los ojos verdes que solo me miran a mí, la sonrisa que solo ilumina mi mundo.

Que tontos éramos a los veinte años...

Que ganas de volver atrás y explicártelo todo.

Decirte que aún te echo de menos.

Y que el encuentro del otro día, inesperadamente, lo volvió a despertar todo. Todo lo que yo creía definitivamente muerto.

Yo, que voy de dura y cínica por la vida en lo que se refiere a las cosas del amor.

Aunque luego me emocione con una estúpida película romántica.

Me gustaría saber que me está pasando. A lo mejor es que me hago vieja.

O que no he crecido lo suficiente.

Que aún soy una tonta de veinte años, y que te echo mucho de menos.

Que ansío el roce de esos labios en el cuello. Y la sonrisa. Y volver a compartir la risa, como entonces. Últimamente, me cuesta reír.

Que tonta...

(Y ahora se me ocurre pensar que, tal vez, por una extraña casualidad, algún día llegues a leer esto, y quizás ni siquiera sepas que habla de ti. Pero también podría ser que si que lo sepas, que recuerdes esos veinte años como yo los recuerdo, y que también te sientas un poco tonto, y un poco melancólico, y un poco feliz, y un poco triste, y un poco enamorado, aunque solo sea un poquito, aunque solo sea enamorado de un recuerdo, como yo me siento ahora...)