La Coctelera

15 Noviembre 2009

Teníamos veinte años y éramos un par de tontos.

Cosa que no quiere decir, para nada, que todos los que tienen veinte años sean tontos, que nadie se me enfade. Pero entonces, hace ya quince años, yo lo era, y mucho.

Y él también, ahora estoy casi segura. Si solo la mitad de lo que pasó era verdad, y no imaginaciones mías...

Desvarío, como tantas veces. Me cuesta más de lo que pensaba escribir sobre esto. Explicar lo tontos que podemos ser a los veinte años. Y hacerlo público. Eso si que me está costando. Pero quiero hacerlo.

Teníamos veinte años y éramos tontos. De remate.

Ya lo conocía de antes. Íbamos al cole juntos. Él era un año mayor (así que no era un tonto de veinte años, si no de veintiuno). Tenía un amigo muy guapo, y cuando me llegó la edad del pavo (que todos la hemos tenido, no disimuléis) muchas veces me esperaba en la entrada para verlo salir. Al guapo. Pero él siempre estaba a su lado, así que aprendí a conocerlo de lejos, sin darme cuenta.

Un día, cuando volvía a casa con mis amigas, apareció corriendo por detrás y me golpeó fuerte en la espalda.

Y eso es todo. No recuerdo nada más de él en esos años pavos que todos tenemos. Apenas su nombre, que tenía un amigo muy guapo y que era un poco bruto (como la mayoría de niños de catorce años, me temo).

Luego llegaron los horribles años de instituto y no volví a pensar ni un solo segundo en él, ni en su amigo guapo.

Más vale correr un tupido velo sobre esos años. Para la mayoría de la gente están llenos de buenos recuerdos. Yo prefiero olvidarlos.

Después llegó la universidad, y la cosa mejoró bastante.

Y fue entonces cuando volvió. Sin su amigo el guapo (la verdad es que no había vuelto a pensar en el guapo hasta que no me he puesto a escribir esto).

Compartía coche con una amiga, y un día me dijo que un vecino suyo vendría con nosotras también. Se rió mucho al verme. Me recordaba.

Lo cual, ahora que lo pienso, es bastante curioso, teniendo en cuenta lo que nos conocíamos...

Digamos que empezamos de nuevo. Sin el pavo de los catorce años. Ya no era ningún bruto (quizás no lo fuese nunca).

Me sorprendió encontrar en él una de las personas más estupendas que he conocido nunca. Era divertido, bueno, generoso y alegre.

Era uno de los mejores amigos que había tenido hasta entonces.

Nunca fue particularmente guapo (ya he dicho que el guapo era otro). Alto, delgado, moreno, con un aire un poco desgarbado y la nariz de una forma bastante curiosa, lo que le daba un aspecto gracioso y tierno a la vez.

Pero cuando sonreía, siempre conseguía iluminarlo todo. Te podías sentir la persona más importante del mundo, si aquella sonrisa era para ti.

Fue para mí más de una vez.

Solo para mí.

Que importante me sentía cuando me miraba llenándolo todo con la luz de aquella sonrisa...

Hace unas semanas me volví a encontrar con él.

Hacía ya quince años que no le veía. Aunque esta vez no puedo decir que no volviera a pensar ni un segundo en él...

Quince años es mucho tiempo. Estaba cambiado.

Lo vi venir calle abajo bajo su paraguas. Llovía bastante.

Me pareció que estaba cansado y envejecido. Me di cuenta de que tenía bolsas bajo los ojos, y más arrugas de las que recordaba, y algunas canas más de la cuenta (como si el tiempo no pasara por ti, María...)

Iba despistado. Le llamé.

Se giró. Me miró. Me reconoció.

Y sonrió.

Y su sonrisa volvió a iluminar el mundo, como hace quince años.

Borró de un plumazo las bolsas, las arrugas, las canas. Y el cansancio, la tristeza y la lluvia.

Pero eso fue todo.

Llovía. Los dos llevábamos prisa.

O tal vez los dos tontos de veinte años que aún llevamos dentro pensaron que al otro no le iba a interesar hablar de este hueco de quince años.

Por un instante pareció que pararíamos y volveríamos a hablar, como entonces, a compartir confidencias e historias, bromas y risas.

Compartimos muchas cosas, a los veinte años.

Menos de las que podrían haber sido...

Siempre fuimos un par de tontos.

No creí que me afectase tanto, algo tan minúsculo como eso. Hola y adiós. Y la luz de una sonrisa que aún tiene veinte años.

Pero desde ese día, no dejo de recordar. Cosas que fueron y que pudieron haber sido, si no hubiésemos sido tan tontos. Pequeños recuerdos dulces que te iluminan en la noche con la luz de esa sonrisa de hace quince años.

Y muchas sensaciones.

Escalofríos, y una alegría repentina e inexplicable, y un revoloteo de mariposas en el estómago sin ninguna razón aparente, y la huella que deja un aliento cálido en el cuello, o unos dedos suaves en el pelo.

Recuerdos de una caricia mal disimulada en el pelo, poco más que un vuelo de mariposas (como las que te danzan sin razón en el estómago y revolotean agitadas contra el pecho).

Recuerdos del asiento trasero del cochecito de mi amiga, de vuelta a casa, donde compartimos risas y susurros, y algunos secretos, y el aliento cálido acariciando la piel suave del cuello, y el descubrimiento de unos ojos verdes.

Recuerdos de muchos caminos juntos, cuando no podíamos compartir el coche con mi amiga. Trenes, autobuses, calles con los árboles en flor.

Por la mañana el camino solía ser silencios. Nunca me importó el silencio. A la vuelta, el vagón del tren se llenaba de palabras, de risas incontroladas, de confidencias.

Recuerdo un vagón de tren, y dos cabezas muy juntas sobre un hermoso libro de arte, compartiendo como nunca más he vuelto a compartir, como si no hubiese nadie más en el tren, en el mundo.

Solo las dos cabezas sobre el libro de arte.

Y los ojos verdes.

Y el aliento cálido sobre la piel del cuello, murmurando secretos.

Y aquella sonrisa de veinte años que podía iluminarlo todo.

Y no puedo evitar seguir recordando todas aquellas cosas que no fueron nunca. Que podrían haber sido si un hubiésemos sido tan tontos.

Los labios rozando con suavidad el cuello.

Las manos como un vuelo de mariposas superando la tímida frontera de los cabellos, buscando secretos y misterios sobre el resto de la piel.

Las palabras y los susurros compartidos hablando de deseos, de esperas, de ansiedades, de pasión y de alegría.

Los ojos verdes que solo me miran a mí, la sonrisa que solo ilumina mi mundo.

Que tontos éramos a los veinte años...

Que ganas de volver atrás y explicártelo todo.

Decirte que aún te echo de menos.

Y que el encuentro del otro día, inesperadamente, lo volvió a despertar todo. Todo lo que yo creía definitivamente muerto.

Yo, que voy de dura y cínica por la vida en lo que se refiere a las cosas del amor.

Aunque luego me emocione con una estúpida película romántica.

Me gustaría saber que me está pasando. A lo mejor es que me hago vieja.

O que no he crecido lo suficiente.

Que aún soy una tonta de veinte años, y que te echo mucho de menos.

Que ansío el roce de esos labios en el cuello. Y la sonrisa. Y volver a compartir la risa, como entonces. Últimamente, me cuesta reír.

Que tonta...

(Y ahora se me ocurre pensar que, tal vez, por una extraña casualidad, algún día llegues a leer esto, y quizás ni siquiera sepas que habla de ti. Pero también podría ser que si que lo sepas, que recuerdes esos veinte años como yo los recuerdo, y que también te sientas un poco tonto, y un poco melancólico, y un poco feliz, y un poco triste, y un poco enamorado, aunque solo sea un poquito, aunque solo sea enamorado de un recuerdo, como yo me siento ahora...)

 

 

 

 

10 Noviembre 2009

"Los días al final se acaban, así que no pienso desperdiciar ninguno en no ser yo"

(Fellini, el gato sábio de Enriqueta)

 

Por Liniers

Este tío es macanudo...

9 Noviembre 2009

Observo el mundo a través de un trocito de papel de celofán (Me gusta cambiar el color del papel, y el de las cosas que veo)

Me pierdo en la sección infantil de la librería, mirando los dibujos de los libros más grandes y con los colores más brillantes (Y a veces me llevo alguno)

Leo cuentos de hadas (Y me los creo, igual que antes)

Bailo danzas tontas para la luna (Y ella se ríe...)

Diseño complicadas cabañas para poner en los árboles (Pero no las construyo nunca)

Hago muecas delante del espejo (Siempre se me escapa la risa)

Pinto flores (Es más divertido si las pintas con ceras en un papel muy grande)

Finjo ser otra persona (Y a veces me lo creo)

Me pregunto cosas raras (Y me las respondo)

Puedo llegar a creerme hasta diez cosas imposibles antes del desayuno (Y me siento una reina de ajedrez)

Me invento palabras nuevas (Pero aún no se que quieren decir)

Juego a ser un árbol mecido por el viento (Aunque sople un huracán, me gusta sentir el viento en el pelo, y en las ramas)

Vuelo por encima de los tejados y de los árboles (Pero solo si hay luna llena)

Recito poemas infantiles (Estos eran tres gatitos que perdieron sus mitones...)

Aúllo en la oscuridad (Y luego finjo que no he sido yo y le echo la culpa al perro)

Colecciono cosas tontas (Como piedras, plumas, canicas, bolas de nieve o pelos de gato)

Hago pompas de jabón (Y las miro brillar a la luz del sol de la tarde)

Escrivo con faltas de hortojrafia (Es mucho mas dibertido)

Invento hechizos (Que nunca funcionan)

Corro por la cuesta abajo y salto en todos los charcos del camino (Mientras canto una canción totnta o grito bien fuerte)

Me vuelvo invisible (Aunque no suele ser voluntario)

Persigo a las libélulas y las abejas (A las avispas es mejor dejarlas en paz)

Hablo con los pájaros (Ahora son los petirrojos. En verano, las golondrinas. Los cuervos y las palomas están siempre)

Intento encontrarle un sentido al camino de las estrellas (Estoy en ello)

Miro los dibujos de los cuentos y me invento las historias (Cuando da pereza leer, o cuando las historias son demasiado aburridas. Siempre acaba saliendo algún pirata)

Pinto de muchos colores (El mundo real es demasiado gris)

Me disfrazo (No pienso decir de qué)

Me asusto de lo ruidos en la noche (Y me gusta)

Lloro, grito muy fuerte, río a carcajadas, vuelvo a llorar, hablo sola (Te he dicho que no estoy loca)

Escribo listas absurdas (¿Será que aún no he crecido del todo?)

25 Octubre 2009

 Esto era una jovencita.

Vivía con su madre en una casita blanca junto al bosque, rodeada por un jardín de flores rojas; amapolas, anémonas de Caén y flores de granado.

En el bosque no había flores.

Había árboles viejos y retorcidos con el corazón podrido, oscuro y cruel.

Había fieras salvajes, animales extraños con los ojos pálidos de vivir entre tinieblas, arañas, zorros y murciélagos.

Había criaturas sin nombre, más viejas que los mismos árboles.

Y en el corazón del bosque vivía la abuela, en una cabaña de troncos y barro.

La gente decía que era una bruja, y no se atrevían a mirarla a la cara cuando la veían por el pueblo.

La jovencita no estaba muy segura de que realmente fuese su abuela, pero ella no le tenía miedo. El día en que tuvo su primer periodo, la anciana del bosque apareció en su casa y le regaló una capa y una caperuza rojas como la sangre.

Pero nadie la llamó nunca Caperucita Roja.

Un día, su madre la llamó.

-La anciana del bosque está muy enferma. Te he preparado una cesta con algunas hierbas medicinales, un poco de leche, pan y miel. Ahora ponte tu caperuza y ve. Y no hables con nadie, ni abandones el camino, o ya nadie podrá ayudarte.

Así que la jovencita cogió la cesta y se adentró en el bosque. Y, aunque afuera era aún mediodía, dentro, bajo las copas de los árboles, reinaba una oscuridad verde.

Había murmullos, en el bosque. Sonidos extraños, risas ahogadas, palabras amenazadoras. La jovencita no sabía si eran los árboles los que hablaban, o si se trataba de los animales salvajes, o de las otras cosas que más valía no conocer.

Pero las podía oír, palabras de ira, de rencor, de rabia.

"Vete de aquí. Tú no perteneces al bosque. Demasiado joven, demasiado tierna, demasiado roja. No nos gusta ese color. Vete de aquí."

Alguien se acercaba por el camino.

Primero creyó que se trataba de algún animal enorme.

Luego pensó que era un hombre alto con el pelo negro.

Era un lobo. Era el Lobo.

Sonrió al verla, roja como una amapola, como una anémona de Caén, como una flor de granado. Hermosa como sangre derramada.

El Lobo tenía largos dientes amarillos y ojos dorados y fríos.

La jovencita dejó de caminar.

El Lobo se acercó a ella. Olfateó su aroma joven, tierno y dulce.

-¿Dónde vas, preciosa?

El aliento cálido olía a carne, a sangre y a hambre.

La jovencita dio un paso atrás, intentando alejarse del Lobo, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por los ojos salvajes y la voz ronca de la bestia.

-Voy a casa de la anciana. Está enferma.

La sonrisa del Lobo creció hasta convertirse en una mueca hambrienta. Su voz se volvió más dulce aún. Los ojos le brillaban ansiosos. Su respiración se volvió agitada.

-Si vas por aquel camino blanco, llegarás mucho antes-susurró.

La jovencita no recordaba haber visto el camino blanco hasta que no se lo señaló el Lobo, aunque brillaba en la oscuridad del bosque con una luz pálida.

Casi creyó oír la voz de su madre: "No abandones el camino o ya nadie podrá ayudarte".

Pero tomar el camino blanco no era, en realidad, abandonar el camino...

¿Verdad?

El Lobo se había ido.

La jovencita tomó el camino blanco, una hermosa gota de sangre sobre la nieve.

El Lobo no fue por el camino blanco. Corrió con todas sus fuerzas por el camino verdadero, y llegó antes a la casa de la anciana.

-Entra, mi niña. Está abierto-dijo la anciana cuando el Lobo llamó a la puerta.

Y el Lobo entró, y se abalanzó sobre la anciana, que estaba débil y enferma, y la ahogó con su propia almohada. La carne de la anciana era demasiado vieja, dura y reseca para su gusto, pero aún así, el Lobo la troceó y la colocó en una bandeja de plata, y con su sangre llenó una botella.

Luego se metió en la cama de la anciana, a esperar.

La jovencita llegó un rato después, cansada y asustada de las cosas que había visto en el camino blanco.

Llamó a la puerta.

-Abuela, soy yo.

Una voz vieja le contestó desde dentro.

-Entra, mi niña. Está abierto.

La cabaña estaba casi a oscuras, alumbrada apenas por la luz roja de las ascuas del hogar. En la cama estaba la anciana.

Sus ojos eran amarillos.

Olía a sangre, a carne.

La jovencita sintió la angustia del hambre en la boca del estómago.

-Pasa, pasa, mi cielo. Debes estar hambrienta. En la mesa hay carne y vino, toma todo lo que quieras.

Y la jovencita fue hasta la mesa, y comió, y bebió, y el sabor de la carne cruda y del vino rojo le pareció a la vez extraño y delicioso.

El gato negro la miraba comer desde la repisa de la chimenea. Cuando ella alargó la mano para acariciarlo, el animal le enseñó los dientes y le bufó.

-¡Zorra!-maulló-Has comido la carne de tu abuela, te has bebido su sangre...

Pero la jovencita no podía entender el lenguaje de los gatos, y se dirigió a la cama, en la parte más oscura de la cabaña.

-Tengo mucho frío, mi vida-dijo la voz en la oscuridad- Quítate la ropa y métete conmigo en la cama.

Y la jovencita se quitó la capa roja, y miró alrededor, pero no había dónde dejarla.

-Abuela, ¿dónde pongo mi capa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la falda, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi falda?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las enaguas, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis enaguas?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó las medias, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mis medias?

-Tíralas al fuego, pues no las vas a necesitar más.

Y la jovencita se quitó la camisa, y preguntó:

-Abuela, ¿dónde pongo mi camisa?

-Tírala al fuego, pues no la vas a necesitar más.

Y ya sólo le quedaban los calzones, y la jovencita miró a la oscuridad tapándose los senos redondos con los brazos. Buscaba los ojos de la anciana, pero allí no había nada.

-Abuela-murmuró-¿Qué hago con mis calzones?

-Quítatelos, mi sangre-la voz de la oscuridad sonaba baja y ronca-y arrójalos al fuego...pues no los necesitarás... nunca más.

Y la jovencita se quitó despacio los calzones, y mientras lo hacía, dos ojos como lunas amarillas brillaron en la oscuridad.

Y arrojó los calzones al fuego, y ardieron con una luz verde y amarilla que lamió su cuerpo desnudo igual que lo lamían los ojos ansiosos de la criatura que esperaba en la cama.

La jovencita se sentó junto al fuego y observó en silencio como las llamas devoraban sus ropas, hasta que no fueron más que un puñado de cenizas pálidas.

Y entonces la voz ronca y hambrienta habló de nuevo.

-Ven aquí.

Una mano apartó las mantas, y la jovencita se deslizó dentro de la cama, temblando, y miró a la criatura que allí había.

-Abuela-susurró-que ojos tan grandes tienes...

-Son para verte mejor, corazoncito-ronroneó el Lobo.

-Abuela-murmuró la jovencita-que manos tan grandes tienes...

-Son para acariciarte mejor, palomita-gimió el Lobo.

-Abuela-jadeó la jovencita-...que boca...tan grande tienes...

-Es para comerte mejor, mi vida.

Y la jovencita pudo ver por fin al Lobo, los ojos dorados, los dientes amarillos, la lengua rosada, el miembro erecto y oscuro, que ella misma acarició, aún hambrienta.

Sonreía cuando le abrió las piernas y lamió su sexo perfumado con la lengua larga y áspera.

Sonreía al oírla gemir de terror y placer.

Sonreía al penetrarla, una y otra vez, al derramar su semilla sobre la piel fresca de ella, sobre sus pechos perfectos, sobre los pezones duros y rosados, en sus labios rojos como las amapolas, como las anémonas de Caén, como las  flores de granado. Hermosos como la sangre recién derramada.

Y no dejó de sonreír hasta que no acabó de devorarla...

 

 

 

 

 

25 Octubre 2009

Hola.

Sigo aquí.

No me he muerto.

No me he ido a ninguna parte.

No ha pasado nada especial, ni interesante. Solo pequeños cambios, cambios lentos sin demasiada importancia.

O quizás sí, quizás sean importantes, pero yo no les doy la suficiente importancia precisamente porque son pequeños y lentos.

Solemos dar poca importancia a las cosas que pasan despacio. Nos olvidamos tan a menudo de las cositas dulces que pasan por nuestra vida...

Cosas que solo recordamos cuando todo se vuelve amargo.

Oh, no. No hay nada amargo en mi vida. No demasiado. No más que otras veces. El trabajo se está haciendo duro, este curso. Cuesta encontrarle el lado bueno, aunque tengo por compañeras a un puñado de buenas personas. Pero se hace difícil.

Algunas veces más que otras.

Y cuesta escribir.

Eso es lo que más me fastidia. La falta de tiempo, o la falta de ganas, o el cansancio. O las excusas tontas.

Simplemente, cuesta. Aunque lo intento. Hoy quiero empezar un cuento.

Pero ya veremos.

Desde que no ando por aquí me ha dado por hacer algunas cosas raras.

(Siempre he sido un bicho raro)

Aunque a lo mejor no es tan raro que me de por las labores. También el ganchillo tiene su lado creativo. Un punto artístico.

Fue mi abuela quién me enseñó ganchillo, cuando era pequeña, y no lo había vuelto a recordar hasta que no se murió. Y de repente, mis manos decidieron por su cuenta que querían tejer. Crear algo de colores vivos, algo que me evitase pensar demasiado, algo que me recordase la parte buena de esta historia triste que ha sido mi familia ultimamente. Algo que me hiciese pensar en infancias lejanas, y en mi abuela, que ya no está, pero nunca dejará de estar.

Mi abuela cuando era así, y yo era una pequeña missdelirio en sus brazos:

Hice una bufanda de cuadros con los colores del otoño. Luego descubrí que esos cuadros de ganchillo en inglés se llaman "granny squares", los cuadros de la abuela, y me pareció una casualidad muy apropiada.

Y luego un gorro con flores para llevar un poco de primavera al invierno, que es muy frío, y muy largo...

Y muy gris. El invierno necesita color, pero en las tiendas solo encuentras negro, gris, pálidos y tristes colores que no saben alegrar los días cortos y helados, que no saben que la lluvia necesita un poco de luz para ser más hermosa.

Así que también me hice unos mitones de muchos colores, para combatir el frío y la tristeza. Cositas alegres con nombre anticuado, que me hacen pensar en un poema que me sabía de pequeña, sobre unos gatitos que perdieron sus mitones...

En medio de tanto color, también he tenido tiempo para un poco de blanco y negro. Pero blanco y negro alegre. El blanco y el negro de un amigo pequeño y suave.

Mi pingüino piloto. O eso dice una amiga. Mi hermano dice que tiene cara de Benito. Aunque para él, todos los pingüinos tienen cara de Benito, no preguntéis porqué...

O sea que esta pequeña tontería es Benito, el pingüino piloto.

Y ahora estoy liada con algo grande y cálido, una colcha de rayas de colores (me gustan mucho las rayas, me gustan mucho los colores) que solo lleva un palmo de vida, pero que cada vez que la cojo, y la acaricio despacio antes de empezar a tejer me hace pensar en Tita, la protagonista de "Como Agua Para Chocolate", que tenía un gran agujero negro en el alma por el que entraba todo el frío del mundo, y empezó a tejer una colcha de rayas, como la mía, para evitar el frío. Y tejió, y tejió, y tejió, hasta que la colcha la cubrió entera, y aún más y más, una colcha interminable para tapar un frío que no se acababa nunca.

A veces también yo siento mucho frío. Pero no creo que necesite una colcha interminable como la de Tita para taparlo. A veces, basta con un abrazo.

Y un poco de color...

10 Septiembre 2009

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10 sep 09 En: Delirios varios Viajes

Tengo que volver a Praga...

 

25 Agosto 2009

El Jardín de Cuervo es tan grande que no cabe en un solo artículo. En realidad es tan grande que no cabe en una sola idea. La idea del Jardín de Cuervo es inabarcable. Por eso los humanos que lo habitan (pequeñas y frágiles criaturas a las que él deja quedarse allí) han querido civilizarlo un poco, hacerlo más cercano, menos enorme.

Y han llenado las calles de flores. Los parques. Los jardines, Las farolas y los paseos.

Lirios y rosas para perfumar los rincones de las ciudades, los lugares en los que Cuervo les deja quedarse.

Aunque realmente, no se si lo han conseguido...

Civilizar el Jardín de Cuervo, quiero decir.

Disminuirlo, detenerlo, encerrarlo.

Me temo que es demasiado grande...

Inabarcable...

10 Agosto 2009

En realidad, la Tierra de Cuervo es un jardín.

El Jardín de Cuervo.

A Cuervo le gustan los colores. Al principio, el mundo era blanco. Y era muy hermoso, como cuando te levantas una mañana de diciembre para descubrir que la nieve lo ha cubierto todo con su manto luminoso. Pero aún más que eso, porque todo era blanco: los árboles, los ríos, los lagos, el mar, las montañas. Incluso los primeros habitantes de la Tierra de Cuervo eran blancos.

Sí, era precioso. Y aburrido. Mortalmente aburrido. Después de un tiempo, Cuervo se cansó de tanto blanco, de la uniformidad y la monotonía. A Cuervo nunca le ha gustado la uniformidad. Prefiere la variedad, la diferencia.

Y Cuervo pintó el mundo de colores...

Un jardín salvaje donde crecen los digitales de las hadas, y los nomeolvides azules, y racimos de frutos rojos como gotas de sangre...

...y flores misteriosas cubiertas de perlas de lluvia que aún las hacen brillar más (en el Jardín también hay hongos y setas: es el Jardín Salvaje de Cuervo)

Incluso junto a las cabañas de madera de las Primeras Naciones, al lado de los ríos, en el borde de los caminos, en el corazón del Gran Bosque.

Toda la Tierra de Cuervo es un jardín de flores y frutos.

El Jardín Salvaje de Cuervo...

Sobre En el cielo de mi boca

Solo soy yo. Soy Maria. Soy como soy. Soy como no soy. Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta. Soy lo que quiero, y lo que odio. Soy libre. No quiero raices. No quiero fronteras. Soy lo que soy, os guste o no. Esa soy yo. Escribiendo desde el cielo de mi boca... Y desde mi casa en el árbol. MySpace Layouts

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LOREENA MCKENNIT lyrics
(Obra de Selina Fenech, en www.selinafenech.com) Banniere J-B. Monge My Flower