La Coctelera

Cuando yo me muera...

 

Cuando yo me muera...

Que nadie se asuste. No me estoy muriendo. No más de lo que nos estamos muriendo todos. Ni tengo ningunas ganas de morirme. La vida es demasiado buena, aunque a veces no lo sea. Me gusta demasiado el aroma del mar, me gusta demasiado la música, y reír, me gustan demasiado las caricias y los besos, y comer, y beber, y amar. Me gusta demasiado la vida...

Fue Anna quien me hizo pensar en esas cosas, una noche, hablando de funerales, de irlandeses y de cómo nos las apañamos para superar la pena.

Y pensé...

Que cuando yo me muera, quiero que haya lágrimas, porque no hay nada más triste que un funeral sin lágrimas.

Pero también quiero que haya risas, porque la vida sin risas no vale la pena.

Cuando yo me muera quiero que se celebre mi vida, no que se lamente mi muerte. Que se celebre lo que fui, y lo que hice, y lo que viví. Que los que se quedan atrás recuerden. Quiero que haya recuerdos, cuando yo me muera. Buenos recuerdos.

Quiero palabras, y bromas, chistes y cuentos, muchos cuentos. Todos sabéis cuanto me gustan los cuentos...

Cuando yo me muera, quiero un velatorio irlandés, que esos sí que saben hacer bien las cosas. Empezará al ponerse el sol, y se alargará toda la noche, y será una noche clara de verano, en un pub donde se pueda oír el rumor del mar, o en una taberna marinera. Habrá ron, y whiskey, Guinnes y Bulmers, habrán mojitos y cremats, y quiero que alguien haga una buena queimada, en la arena, y que no se olvide del conjuro.

Tiene que haber conjuros y magia, esa noche. Y si es posible, que todo el mundo acabe borracho, de alcohol, y de risas, de mar y de lágrimas.

Y sobre todo, borracho de música.

Tiene que haber música, cuando yo me muera.

Me pido una Big Band que toque "When the Saints go Marching In", como en los funerales de Nueva Orleans (que también saben lo que se hacen).

Me pido a los Dubliners, los originales, los primeros, con Luke Kelly el pelirrojo para las tristes baladas celtas. Ya se que Luke Kelly hace tiempo que se partió a buscar el Campo del Violín, pero no importa. Que vuelva durante un tiempo para mi funeral, que se de un paseo por este lado de las cosas, y que cante "I Know my Love" y "Peggy Gordon" y "A Song for Ireland" como solo él sabía hacerlo. Y ya puestos, quiero que canten "The Irish Rover" con The Pogues, y "The Wild Rover" cuando ya estén ciegos de whiskey y cerveza negra. Y "Molly Malone", y "Danny Boy", y "In Heaven There is no Beer"...

Puestos a volver por un rato, estaría bien que apareciesen también Nina Simone y Ella Fitzgerald, cantando "Summertime" con la Big Band de Nueva Orleans.

Cuando yo me muera también tiene que haber habaneras. Me gustan las habaneras, porque huelen y saben a mar, porque tienen ritmo de olas y perfume de ron. Quiero unos guapos marineros vestidos de blanco que canten "El Meu Avi" y las "Habaneras de Cadiz", quiero que todos los que vengan a decirme adiós canten "Allá en la Habana" y "La Barca Xica" y "La Gavina", hasta que vuelva el día.

Y cuando al fin se decida a levantarse, el sol tiene que encontrar a todo el mundo durmiendo la mona debajo de las mesas, todos saciados de bebida, de comida, de palabras, de música, de risas, de lágrimas, de amor, porque esa noche será una noche para hacer el amor, que es la mejor manera de celebrar la vida.

Luego coged mis cenizas y partid mar adentro en un barco de vela. Después de tanta música y bebida, seguramente habrá silencio. No está mal, un poco de silencio. Dejad que ahora canten las olas y las gaviotas. Ellas saben las mejores habaneras.

Llegaréis al punto exacto a mediodía, y lo sabréis porque yo os lo diré, un lugar perfecto en el que el mar se habrá vuelto de plata, donde el aire será más dulce, y más cálido, donde navegarán viejos barcos piratas. Ahí es donde deberéis dejarme ir, pero no lo hagáis sin unas palabras de despedida. Me gustan las palabras. No quiero palabras tristes, aunque haya lágrimas. Quiero alegría, en mi último momento en  la tierra.

Y cuando ya me haya ido del todo, a buscar islas y estrellas marinas, antes de volver a casa, quiero que todos los que alguna vez me quisieron, mi familia, mis amigos, Luke Kelly, Nina Simone, los Dubliners, Ted Neeley, Ella Fitzgerald, la Big Band, los grupos de habaneras y Eric Iddle canten aquello tan divertido de "Always look on the bright side of life..."

Quiero que ese sea un día para celebrar la vida.

Cuando yo me muera quiero que se me eche de menos. Que se me recuerde, para que sea como si no me hubiera ido.

Que nadie pueda olvidar nunca el día en que me dijeron adiós...

Cristales

Amin nació frágil cómo el cristal. Nada más llegar al mundo ya perdió un dedo, y desde entonces tuvo que vivir sólo con nueve.

Su madre murió en el parto y su padre, el Visir, asustado, decidió apartar a su único hijo de todo peligro. Por eso mandó construir una torre, más alta y hermosa que ninguna de las de Bagdad. Y en la punta de la torre puso una esfera del cristal más claro. Y en aquella torre, encerrado en la esfera, vivió por siempre Amin. O así debería haber sido.

Aquella misma noche una de las nodrizas encontró en el suelo, junto a la cama donde nació Amin, algo que parecía un pedacito de cristal rosa. Pensando que sería algo de mucho valor lo recogió con cuidado y se lo llevó a su señor, el Visir. Él lo reconoció enseguida. Aquel dedito roto fue lo único que el visir tocó nunca de su hijo. Lo puso en una caja de plata, y la caja en la prisión de cristal de Amin. Y allí se quedó para siempre. O así debería haber sido.

La torre de Amin se elevaba, blanca, por encima de los tejados de Bagdad. En la noche la esfera de su punta brillaba cómo una luna pequeña, y todos en la ciudad la podían ver, a lo lejos, arriba. Y Amin no era más que una sombra casi transparente en medio de la luz.

El Visir ordenó que su hijo creciera rodeado de las mayores comodidades y lujos, que tuviera todo lo que pudiera desear antes de desearlo. Así que su esfera estaba repleta de maravillas, los suelos cubiertos de mullidas alfombras tejidas con todos los colores que nunca han existido, y por todas partes había blandos cojines de plumas, y tejidos de seda y terciopelo, y brocados, y joyas suavemente pulidas, y los más hermosos juguetes, y libros que enseñaban a Amin todas las cosas que nunca vería. Porque el Visir no quería que su hijo creciera ignorante del mundo que le rodeaba. Es por eso que la esfera era de cristal, para que Amin nunca dejase de ver las maravillas de Bagdad extendiéndose a sus pies, ni las incontables estrellas sobre su cabeza. Pero el joven pronto pasó a considerar todo aquello que había fuera de la esfera como simples imágenes que no se podían tocar y que no eran más reales que los dibujos de sus libros, o que las figuritas danzantes que los magos de la corte creaban para divertirle. Así que no tardó en dejar de prestarles atención.

Amin tenía muchos sirvientes, tantos como necesitase para no tener que hacer nada por si mismo y no romperse. Pero el Visir tenía tanto miedo de perder a su hijo que mandó que todos, hombres y mujeres, fuesen cubiertos de la cabeza a los pies con una ropa amplia que no dejaba ver nada de su forma humana, ni siquiera los ojos. De esta manera creía que lo mantendría alejado de todo mal, y que ni siquiera el polvo de la calle podría entrar en la esfera y hacer daño a Amin.

Así que el único rostro humano que vio nunca fue el suyo, reflejado en el agua de la fuente que brotaba del centro de su esfera, o en el cristal de las paredes. O así debería haber sido.

Nadie tocó nunca a Amin. No más de lo necesario. Ni siquiera cuando era pequeño. Le daban de comer metido en su cunita de plumas blancas, y de mayor aprendió enseguida a hacerlo solo. En realidad pronto aprendió a no necesitar a nadie, porque no soportaba la visión de aquellos sirvientes silenciosos y sin forma. Y sin embargo ellos siguieron viniendo, cada día.

Su padre subía a verlo muy a menudo, hablaba con él, le explicaba cosas. Para Amin nunca fue otra cosa que una figura informe más. No podía soportar su presencia. No quería volverlo a oír, hablándole una y otra vez de su fragilidad, pidiéndole perdón. Pero siempre volvía, cada día, siempre cerca.

Amin estaba completamente solo. Y no sabía que lo estaba. Pero si sabía que quería huir.

Un día, un extranjero llegó a la ciudad. Lo cual, por cierto, no tenía nada de extraño, puesto que Bagdad era por entonces la ciudad más grande, rica y hermosa de todo oriente. Los viajeros recorrían largas distancias, durante días y noches, sólo por verla. Venían de países extraños y distantes, de tierras misteriosas, cargados de historias y mercancías que cambiaban en la plaza del mercado por otras historias y mercancías. Y luego se volvían a ir, la luz de Bagdad brillando por siempre en sus ojos, añorándola hasta que exhalaban el último aliento, hasta que la última chispa de la luz se apagaba.

Pero aún entre todos los extranjeros que llegaban allí cada día, aquel resultaba extraño.

Venía de las tierras donde el agua es sólo un sueño y no hay más que el azul del cielo y el dorado de la arena. Era un Hombre Azul del Desierto, y viajaba solo, lo cual resultaba aún más extraño. Sus ropas eran negras y estaban cubiertas por el polvo de muchos viajes y muchas tierras. Montaba un camello de mirada altiva y pelaje dorado cómo el desierto en el que nació, sin arreos ni adornos de ningún tipo, sólo un par de alforjas.

 Los ojos del extranjero eran oscuros, azules cómo la noche del desierto, y en ellos brillaba la luz de muchas estrellas.

Era alto, y oscuro, y se llamaba Nadir.

Nadir se dirigió al mercado. Cuando llegó buscó un lugar despejado, descargó las alforjas y extendió su contenido sobre una seda verde, en el suelo. Las alforjas de Nadir estaban llenas de maravillas; las piedras preciosas resplandecían cómo si acabasen de dejar el vientre de la tierra; el oro, la plata y el bronce tenían en ellos la luz de los astros, y había otras cosas. Objetos inesperados, pero deseados, justo lo que el caminante que se detenía a mirar necesitaba en aquel momento, o así lo creía, al menos. Había un cuerno largo, blanco y espiralado, y una botella con una ciudad dentro, y una flor de cristal, y un cofre oscuro sin llave, y una llave dorada sin nada que abrir, y una piedra agujereada. Y muchas lámparas, alfombras, mantas y joyas.

Pronto hubo mucha gente apretándose alrededor de Nadir, mirando con sorpresa los objetos maravillosos que centelleaban de una forma extraña a la luz del sol.

Una mujer se acercó tímidamente y señaló un broche con piedras azules.

-¿Qué me pides por esto?

-Tus palabras- la voz de Nadir sonaba oscura cómo una noche sin Luna tras las telas que ocultaban su rostro.

 La mujer le miró sorprendida, sin saber que decir.

-Cuéntame una historia que no haya oído nunca y el broche será tuyo.

La mujer se quedó pensativa un rato y por fin dijo:

-De acuerdo.

Nadir la invitó a sentarse frente a él. Sin decir nada preparó un té de menta, fresco y aromático cómo bosques lejanos, y lo sirvió en dos vasos altos de cristal adornados con arabescos dorados. Ofreció uno a la mujer y entonces ella empezó a hablar, con una voz suave y pequeña. Nadir la escuchó en silencio, y nadie supo decir si le gustaba o no la historia de la mujer, pues no podían ver su cara, sólo los ojos oscuros, que miraban a través de ella, más allá, a algún sitio donde nadie podía llegar.

Pero cuando la historia acabó Nadir cerró los ojos un momento y luego le tendió el broche de piedras azules a la mujer.

-Muchas gracias- dijo- La paz sea contigo.

No tardó en correrse la voz de que había un extranjero en la plaza del mercado que cambiaba los objetos más maravillosos por un puñado de palabras. La gente se agolpó durante todo el día a su alrededor, y Nadir los escuchó a todos, pero no todos se llevaron lo que deseaban. Muchos se fueron con las manos vacías, aunque sus historias eran impresionantes, magníficas, épicas, y las explicaban tan bien que la gente que escuchaba estallaba en aplausos al acabar. Pero Nadir sacudía la cabeza y les despedía con un “la paz sea contigo”. En cambio otras historias sencillas y dulces, ligeras cómo un suspiro, se llevaban la recompensa, sin que nadie supiera porqué. Aunque no siempre era la recompensa esperada. En algunas ocasiones, a algunas personas, y sin ninguna razón aparente, Nadir les daba algo inesperado, no lo que ellos deseaban cuando llegaron, pero si lo que necesitaban cuando se fueron.

Al anochecer casi no quedaba nada sobre la seda verde. La gente se había ido, y Nadir miró hacia arriba, al cielo azul oscuro, a las primeras estrellas. Y entonces vio iluminarse la esfera de Amin. Era una noche de Luna nueva, y la esfera de cristal casi parecía un pequeño sol, una estrella cercana, pero no inalcanzable.

Había un niño mirándole. Nadir se volvió hacia él y le preguntó:

-¿Qué deseas?

El pequeño le dedicó una sonrisa sucia y tímida, y alargó su dedo mugriento para señalar un pequeño tesoro, un cristal claro cómo una gota de agua que encerraba una flor con pétalos de fuego.

-¿Y que harías tú con algo así?

-Guardarlo. Tenerlo. Mirarlo. - contestó como si fuese la cosa más obvia del mundo - y luego regalárselo a mi amor verdadero.

Su pequeña cara manchada se puso repentinamente triste.

-Pero no tengo ninguna historia.

Nadir señaló la esfera luminosa:

-Dime que es aquello y el cristal será tuyo.

Y el niño contestó:

-Es la prisión de Amin.

-¿Quién es Amin?

-El único hijo del Visir.

-¿Y porqué está preso?

-Porque es frágil como el cristal.

Nadir calló durante un momento, pensativo. Luego se volvió de nuevo hacia el niño:

-Muchas gracias. La paz sea contigo. Siempre.- y le alcanzó el pequeño tesoro.

El niño lo tomó entre sus manos pequeñas y torpes, con el mismo cuidado con que habría cogido un pájaro recién nacido o un huevo de gorrión. -

Mi verdadero amor…- murmuró, como en un sueño. Se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad, llevando consigo un cristal de agua, una flor de fuego y el principio de su propia historia.

Nadir guardó todo lo que quedaba en la seda verde de nuevo en las alforjas, las cargó en el camello y empezó a caminar por las callejuelas oscuras de Bagdad, siguiendo el camino de luz que dejaba la esfera de Amin. Pero la ciudad pronto dejó de ser oscura. Se encendieron lámparas en todas las calles, las casas y los palacios, y de pronto Nadir se encontró andando en un laberinto de caminos de luz.

No le costó encontrar la torre blanca de Amin, porque la esfera brillaba más que ninguna luz de Bagdad. En la puerta había dos guardas, vigilando que nadie pudiera entrar o salir. Nadir les murmuró palabras de sueño, y de olvido, y los soldados se durmieron. Luego entró en la torre y empezó a subir, tan silencioso que ni las sombras le oyeron, pero él pudo oír las conversaciones de las sombras. Hablaban de un pasado tan lejano que ni siquiera existió, y de manzanas y cristales, y de su envidia de la luz. Nadir no les hizo caso. Subió por una escalera hecha de cuerno y hueso, recta como el huso de una rueca. Luego atravesó una puerta de cobre, con incrustaciones de perlas que formaban palabras sagradas, y hechizos. Nadir no les prestó atención. Detrás había una escalera en espiral, blanca como la concha de un caracol marino, y dentro de ella se oía el viento del mar y el canto de unas aves extrañas. Nadir no les hizo caso. Después encontró una puerta negra, de algo parecido al ébano, y tallados en su superficie se veían monstruos y dragones de ojos vigilantes. Nadir ni tan solo los miró.

Atravesó muchas puertas, subió muchas escaleras, pero no prestó atención a nada ni a nadie: sonidos y monstruos, guardias y sombras. Pasó entre ellos como un humo oscuro y nadie le molestó.

La última escalera era la más sencilla de todas: una escala de mano, de madera tosca, sin pulir, que llevaba a una trampilla en el techo.

Nadir levantó con cuidado la trampilla, sólo un poco, lo justo para ver que había al otro lado.

Y lo que vio fue el cielo cubierto de estrellas, ojos lejanos, joyas extrañas. Y, recortándose blanca sobre el fondo oscuro, la silueta de un muchacho, casi transparente, con ojos como un día sin nubes. Se rodeaba las rodillas con los brazos y había algo triste en él, mientras miraba las estrellas.

Nadir levantó la trampilla del todo y subió. Amin dejó de mirar las estrellas al oírlo, y se giró. Y entonces encontró los ojos de Nadir tras el shador negro, y los dos se reconocieron. Amin nunca había salido de la torre. Nadir nunca había estado antes en Bagdad. Pero aún así se reconocieron.

Amin aprendió aquella noche la forma exacta que tiene un cuerpo humano. Descubrió el tacto áspero de la piel de Nadir, su color de tierra quemada por el sol del desierto, su olor a polvo, a caminos, a países lejanos. Por primera vez en su vida vio que bajo la ropa de los demás también había ojos, boca, piel, carne y huesos. Por primera vez sintió el latido de otro, el ritmo de su vida corriendo bajo la piel.

Nadir descubrió, maravillado, que la piel de Amin era suave y fría como el cristal. Pero, al igual que el cristal, con el contacto de otro, con el roce de una mano, se volvía cálida. Vio que sus ojos como un día sin nubes eran capaces de reflejar lo que veían igual que un espejo. Aprendió sus gestos, cada una de las formas de su cuerpo, y cómo reaccionaban al contacto de sus manos. Y se encontró de pronto con el latido de Amin, y descubrió que era fuerte, y firme, y que al fondo tenía una melodía de aves marinas. Como el viento silbando en una caracola.

Y hablaron. Los dos. Mucho.

Al alba la luz rojiza inundó la esfera de cristal, y a Nadir y Amin, el uno junto al otro.

Amin habló despacio:

-Me llamo Amin, y soy el hijo del Visir.

-Lo sé - dijo Nadir.

-Si, claro que lo sabes. Pero yo no sé quien eres tú.

-Nadir.

Amin se quedó pensativo.

-Es un nombre extraño ¿Porqué te llamas así?

Nadir se encogió de hombros. Amin pensó que parecía un poco triste, y notó que no podía dejar de mirarlo.

La voz oscura de Nadir sonó casi negra cuando volvió a hablar:

-El Nadir es lo opuesto al Cenit. Así cómo el cenit es luz, el nadir es oscuridad. Es lo oculto, la noche, el misterio, el negativo. Nada, porque nadie puede verlo. La parte oscura de las cosas. La otra cara de la Luna. Lo inexistente, lo negado. Misterio. Noche. Eso es lo que soy.

Luego quedaron los dos en silencio, hasta que Amin se levantó y se dirigió al otro lado de la esfera. Volvió al momento, llevando en la mano una cajita de plata, redonda y lisa como la Luna, y se la dio a Nadir. Dentro había algo que parecía un pedacito de cristal rosa.

-¿Qué es?

Amin sonrió, burlón, y le enseñó una mano, con solo cuatro dedos:

-Un poco de mí. Para ti.

Nadir también sonrió. Le gustaba la sonrisa de Amin. Era como ver salir el sol en una mañana nublada. Luz. Echaba tanto de menos la luz.

Tomó la mano mutilada de Amin y la acarició con suavidad.

-Un poco de ti…- murmuró.

Amin asintió:

-Soy frágil como el cristal. Por eso estoy aquí encerrado, para que nadie me toque y no acabar convertido en pedazos.

-Pero yo te he tocado…

Amin sonrió.

-Sí…

Nadir volvió cada noche a la torre. Volvía a dormir a los guardas y subía atravesando puertas y escaleras, sonidos y sombras, hasta llegar a Amin. Luego pasaban la noche descubriéndose. Y hablando. Nadir le explicaba a Amin todos los sitios en que había estado, le hablaba de sus gentes, de las lenguas que hablaban, de sus costumbres y sus historias.

A Amin le gustaba escucharle, le gustaba su voz porque, aunque era oscura, tenía la claridad del cristal.

Amin le hablaba a Nadir de las cosas que había en sus libros, los cuentos, las plantas, los animales, los países reales o imaginados. Y también le hablaba de él, de su vida minúscula en la esfera, de los sirvientes sin forma, de su madre muerta y de su padre.

A Nadir le gustaba escucharle, le gustaba su voz porque, aunque era clara, tenía la oscuridad de un pozo de aguas heladas.

Una noche Nadir explicó la historia de un ángel de alas negras. Luego Amin le habló de la nieve:

- En las tierras lejanas del norte cuando llega el invierno el frío es tan intenso que el agua se vuelve sólida. Incluso cambia de color, y de forma. Cada gota se convierte en una estrella blanca, perfecta, única, pero tan frágil que hasta el más leve aliento puede acabar con ella. Y aún así todas juntas son capaces de cubrir la tierra de blanco, de cambiarle la cara al paisaje y de confundir y matar a los hombres más fuertes. Pero cuando vuelve el calor la nieve vuelve a ser agua, y se desliza cantando por las laderas de las montañas, devolviendo la vida a la tierra dormida. Y trae de vuelta las flores, y la hierba, y los árboles, y los pájaros, y el olor de la primavera...

Amin calló de repente, y su cara se contrajo como si le hubiesen golpeado.

Nadir le observaba pensativo:

- Debes haber estado en muchos lugares extraños, haber visto muchas cosas, antes de que te encerraran aquí.- dijo al fin.

- Siempre he estado aquí- murmuró Amin con una mueca amarga.

- ¿Entonces?

- Libros, sólo libros. Papel, imágenes que no se pueden tocar, palabras que no se pueden saborear. Nunca he visto nada, nunca he sentido nada. Nieve, hierba, agua, primavera, frío, nada. Y nunca lo sentiré.

- Entonces vete- le interrumpió Nadir-Huye. Ven conmigo.

Pero Amin sacudió la cabeza, se abrazó las rodillas y miró hacia fuera, al cielo estrellado. Y ya no habló más.

Nadir se fue pronto aquella noche. En su cabeza bailaban ángeles de alas negras, estrellas blancas cubriendo un prado verde, al norte, y un muchacho frágil como el cristal de mirada triste. Y mientras bajaba las escaleras su voz oscura resonaba en la torre, como un murmullo entre las hojas de los árboles, como la canción del viento:

- ... así como Nadir es oscuridad, Amin es luz... mi luz... mi Amin. Así como Nadir es piedra, Amin es cristal... tan frágil. Aún más frágil de lo que él cree... si Amin pudiera huir...

Pero Amin tenía miedo. Nadir se lo pedía de nuevo cada noche, y cada noche él le decía que no. Y cada noche sus ojos eran más tristes, y la voz de Nadir más oscura.

Hasta que, por fin, un amanecer, Nadir dijo:

- Si acabo con tu miedo ¿vendrás conmigo?

Amin lo miró durante un rato, sin decir nada. Sentía el miedo crecer dentro de él, pesado, duro, como un pedazo de obsidiana del color de las nubes de tormenta. Sentía que no podía, ni quería dejar de mirar a Nadir.

- ¿Y si no voy?

- Entonces me iré solo. Soy un Hombre Azul del Desierto. No estoy hecho para vivir en una ciudad, aunque sea la hermosa Bagdad.- pero su voz sonaba amarga, y sintió que no podía dejar de mirar a Amin.

Amin suspiró:

- Sí, iré contigo.

Entonces Nadir alargó la mano y la hundió en el pecho de Amin, atravesándolo como si fuese agua. Y cuando la sacó en ella había un pedazo de obsidiana, negra y pesada. Mientras Amin aún la miraba los dedos de Nadir se cerraron, apretando, y la obsidiana se deshizo entre ellos como si sólo fuese humo. Y no quedó nada de ella, ni del miedo de Amin.

- Si era tan fácil ¿porqué no lo hiciste antes?

- Esperaba que tu mismo lo hicieras. O, tal vez, que vinieses conmigo a pesar de todo.

-¿Y porqué nadie más lo hizo? Llevo con miedo toda mi vida... y ni tan sólo mi padre...

- Quizás es que sólo yo podía hacerlo...

La noche siguiente Nadir llegó más pronto que nunca, y trajo ropas negras como las suyas para Amin. Y esa misma noche los dos bajaron, atravesando puertas y escaleras, sonidos y sombras. Los guardas no dormían, pero los miraron sin verlos, así que nunca supieron como había huido Amin.

Nadir evitó el laberinto de luz, y guió a Amin por el laberinto de sombras. Pero, aún así, Bagdad es luminosa, y los ojos de Amin lo reflejaban todo, lo devoraban todo, como los de un recién nacido. Vio a unos niños jugando a la guerra, y a una anciana cantando una canción de amor. Vio a unos amantes abrazándose en un rincón oscuro, y a dos perros que se peleaban por un pedazo de carne seca. Vio altos y hermosos palacios cubiertos de mosaicos y joyas, y las ruinas que ocultaban. Lo vio todo, lo sintió todo, lo bueno y lo malo, lo claro y lo oscuro y decidió entonces que no quería dejar de verlo nunca.

Atravesaron Bagdad por la oscuridad, envueltos en ropas negras, pero aún así hubo quien dijo que los había visto, deslizándose como sombras, los ojos de Amin tragándose toda la luz, los ojos de Nadir llenos de estrellas, hasta llegar a las puertas de la ciudad.

Y se fueron. Y nadie pudo detenerlos. Y nadie supo nunca que fue de ellos. No hay ninguna historia que lo cuente, pero sí muchas suposiciones.

Tal vez Amin acabó roto en mil pedazos, mezclado con la arena del desierto, y Nadir murió de pena.

Tal vez cuando descubrió las maravillas del mundo, Amin decidió irse a buscar gente nueva y acabó abandonando a Nadir.

O tal vez no.

Mi historia acaba cuando Nadir y Amin dejan Bagdad. Pero me gusta pensar que siguieron juntos, para siempre. Quizás primero estuvieron viviendo un tiempo en el desierto de Nadir, en una jaima bajo las estrellas, y luego viajaron de un lado a otro, para que Amin pudiese ver todo lo que nunca había visto. Y tal vez Amin dejó de ser frágil como el cristal, y se convirtió en algo parecido al acero templado, y Nadir reflejó un poco de su luz, como la luna refleja la luz del sol.

Y más tarde encontraron un lugar entre lugares, fuera del tiempo y del espacio donde pudieron estar juntos para siempre, y aún están allí. O eso me gusta creer.

¿Quién sabe? Tal vez fue así, o tal vez es todo mentira. Me gustaría saber la verdad, pero nadie conoce el final de todas las historias.

Y esta se acaba aquí.

En tren

En un tren pueden pasar muchas cosas. Cosas grandes y cosas pequeñas. Cosas importantes y cosas sin ninguna importáncia.

En un tren te puede cambiar la vida o simplemente, bajarte en la próxima estación.

A mi también me pasan cosas en los trenes.

Cosas tontas, pequeñas, sin importáncia. Pero a veces, esas cosas son las que te hacen sentir un poco mejor.

Para que quede claro antes de empezar con esta historia sin importancia: no soy guapa. Nunca lo he sido. Nunca lo seré. Tampoco es que sea fea feísima, supongo, aunque tengo tendencia a salir con caras raras en las fotos. Pero el caso es que nunca he resultado sexi, llamativa, espectacular.

Punto aclarado.

Aunque supongo que hará falta aclarar otra cosa. Precisamente por lo dicho antes, no estoy muy acostumbrada a que me miren. Antes, incluso me hacía sentir mal. No me gustaba que me mirasen, ni bien ni mal. Prefería pasar desapercibida.

Bueno, quien me conoce sabe lo mucho que he cambiado últimamente...

Pero ahora subamos al tren.

El tren del sábado, camino de Barcelona (una mañana divertida, por cierto, ya la explicaré en otro momento...)

Un tren diferente al que siempre cojo. Un camino diferente, más verde, más alegre. A lo mejor soy yo la que es diferente.

Las mismas cosas se pueden ver de maneras tan distintas. Y siempre depende, únicamente, de tí.

El tren también.

Y la gente.

Sube un hombre, joven. Ojos oscuros. Barba. Ropa de trabajo.

Bonita sonrisa.

Se sienta delante de mí.

Voy despistada (siempre con la cabeza en las nubes). No le hago mucho caso.

Pero lo siento, de pronto. Los ojos fijos en mí.

Me mira. A los ojos, primero. La mirada oscura se desliza suavemente. El pañuelo rojo, las letras de la camiseta. No es una mirada molesta, es suave, como una carícia. Se detiene un poco más de la cuenta en el escote, y sonríe, un poco. Una media sonrisa traviesa. No le importa que yo me haya dado cuenta. No deja de mirar, de acariciar. No deja de sonreir.

Y, curiosamente, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta. Me gusta que me mire de esa manera. Me gusta la sonrisa traviesa, los ojos oscuros como una caricia.

Un escalofrío.

El tren llega a la última estación.

Voy hacia el metro. Él viene detrás, a unos centimetros.

Me sostiene la puerta para dejarme salir.

"Grácias".

Sonrisa traviesa.

Sigo hacia el metro.

Sale de la estación.

Que lástima...

Pero son esas cosas las que hacen que el día sea un poco más luminoso.

Inyecciones de autoestima. Que buena falta me hacen...

Primavera (Miquel Martí i Pol)

 PRIMAVERA 
Heus ací: 
Una oreneta, 
la primera, 
ha arribat al poble. 

I l'home que treballa al camp, 
i la noia que passa pel pont, 
i el vell que seu en un marge, fora vila, 
i fins aquells que en l'estretor de les fàbriques 
tenen la sort de veure una mica de cel 
han sabut la notícia. 

L'oreneta ha volat, 
una mica indecisa, 
ran mateix de l'aigua del riu, 
s'ha enfilat pont amunt, 
ha travessat, xisclant, la plaça 
i s'ha perdut pels carrers en silenci. 

I la mestressa que torna de comprar 
ho ha dit als vailets de l'escola, 
i aquests, a les dones que renten al safareig públic, 
i elles ho han cridat 
a l'home que empeny un carretó pel carrer, 
i l'home ho ha repetit qui sap les vegades 
i n'ha fet una cançó 
al ritme feixuc de la roda. 

Heus ací el que diu: 
La primavera ha arribat al poble. 
 

Abril, segunda parte

También me gusta abril cuando al oro de las primaveras y las abejas se le abrazan el morado de las violetas que ya se van y el rojo de las amapolas que están por venir.

Una preciosa combinación de colores para este catorce...

(Que més más bonito para hacer nacer una república...)

Abril

(Me gusta abril, cuando se vuelve de oro...)

 

Ayer me fui a pasear por el bosque, en busca de un hombre con las cejas juntas.

Pero era domingo, y había mucha gente, así que supongo que todos los lobos debían de estar escondidos en el Mundo de Abajo.

Cerca de casa no es un lugar demasiado apropiado para ellos. Pocos árboles, mucha luz, gente y coches. Tampoco les gusta demasiado el bosque de aquí al lado, aunque sea un precioso bosque mediterraneo, con altos pinos perfumados y tomillo, y romero, y brezos que parecen cubiertos de ceniza, de tantas flores como tienen. Es un lugar tranquilo y soleado, un lugar limpio ue huele a polvo y resina caliente, a verano y a infancia.

Pero a los hombres con las cejas juntas les gusta más el otro bosque, el que encuentras si sigues caminando un rato más (pero no dejes nunca el sendero, o ya nadie podrá ayudarte). Ese bosque es muy diferente. Más sombrío, más húmedo, más extraño. Hay grandes helechos cubriendo el suelo, y robles retorcidos, y regueros de violetas pálidas y aromáticas, y círculos de setas para que bailen las hadas.

Es el bosque sombrío el que les gusta a los lobos. Así que allí es donde hay que ir a buscar un hombre con las cejas juntas.

Menos el domingo.

Demasiada gente.

A ver si entre semana...

(Y  quien sepa de que estoy hablando, tendrá un premio. Un bebé de barro encontrado en un nido de cigüeña...)

El primer dia de primavera

Anoche pude oir por primera vez este año la canción de las ranas del barranco.

Es primavera...

Así que, aunque esté nublado, seamos felices.

Esto solo pasa una vez al año...

Moon River

Se pone una de un tontorrón cuando se acerca la primavera...

Pero bueno, ya se sabe. Nada malo te puede pasar en Tiffany's.

Y menos si eres Audrey y te miran con esos preciosos ojos azules...